domingo, 3 de febrero de 2019

Mi novateada en el Arizona Trail (Grand Canyon a Flagstaff, EEUU, 27-29 Oct 2018)

Este relato es una continuación, el episodio anterior se puede ver aquí: ¡Hacia la Nación Navajo!


Me despido de mi amigo. Hemos estado pedaleando juntos por más de tres semanas y después de los primeros 10 km en el Arizona Trail decide que esto es demasiado para él y no cree que su bici vaya a seguir en una pieza por mucho tiempo. Ha tenido problemas con su bici desde el día 1. Así que después de quedar de acuerdo de reunirnos en Flagstaff en un par de días, se devuelve a la carretera, y yo continúo en la angosta línea entre los pinos que es el Arizona Trail (AZT).

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Después de partir caminos con mi compañero de ruta, continúo pedaleando, luego un momento después me cruzo con un caminante que tiene finta de haber estado en el AZT por mucho tiempo, salvo por su cara afeitada al ras. Le digo “hola” y él rápidamente procede a preguntarme cómo llegué ahí. “Eh… ¿cómo llegué al Arizona Trail?”, le pregunto, no entendiendo bien a qué se refiere, “He estado siguiendo mi GPS”. Luego pasa a una sesión de reniego, hablando alto y con malas palabras incluidas, acerca de estar perdido en el mismo tramo por las últimas dos horas debido a la falta de señalización. Yo me pregunto cómo es que él llegó aquí sin GPS para empezar, pero decido no externarle mi duda y sólo le muestro el mapa en mi celular. Él menciona haber estado en tal y tal lugar, lo cual me indica que está familiarizado con el Trail, luego me agradece y continúa su camino, y yo hago lo mismo. Mientras pedaleo empiezo a asimilar que estoy, por primera vez en semanas, pedaleando en solitario y que depende de mí y nadie más el decidir avanzar o parar. Estoy disfrutando tanto esta sensación junto con la mezcla de terracería y single track que sólo quiero rodar lo más que pueda e ignoro el hambre, sólo comiendo galletas en las pausas que hago para tomar fotos. Me mantengo en movimiento hasta que me doy cuenta que estoy chocando con piedras en el camino más seguido de lo normal porque ya no puedo ver bien, el sol ya se ha escondido. Hago acampada a unos metros de distancia del Trail, prendo una fogata, e intento compensar por lo que no comí durante el día.

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Mientras estoy comiendo, la soledad se asienta en mí. No tengo a nadie con quien hablar, ninguna voz más que la mía, ningún ruido salvo el crepitar del fuego y el sonido de mi masticar. Y me encanta. Mi mente empieza a juguetear con pensamientos largamente pospuestos y reflexiono cómo unos años antes, estar solo casi me hace regresar a casa durante la tercera semana de mi primer viaje largo en bici, incluso tras años de estar soñando con ello. Sin embargo, estar solo se ha convertido en una de las razones principales para volver a viajar. Y ahora heme aquí, agradecido de no tener a nadie alrededor. Al principio brinco y reacciono a cada ruidito, sólo para darme cuenta de que es el sonido de mi chamarra o el silbar de mi propia respiración porque hay algo obstruyendo mi fosa nasal. Mientras leo frente a la fogata una pequeña luz aparece en la distancia escondida entre los árboles: ¿otro caminante? ¿algún vehículo? ¿un coyote? Mi gusto por leer historias de terror no ayuda para nada. Pero después de un rato la luz se vuelve más grande y resulta ser la Luna llena saliendo de su escondite. “Estás algo tarde, ¿no lo crees?”, digo en voz alta para dejar salir los nervios. Me río de mí mismo y me voy a dormir.

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El día siguiente pasa mayormente pedaleando de subida hacia una montaña con el pico nevado que se levanta en el horizonte. El camino es un poco más agreste que ayer y me grito a mí mismo por mi inhabilidad para sacarle vuelta a las piedras, en vez de estrellar mi llanta frontal en ellas. Jamás he hecho bici de montaña, y una década de calles llenas de baches en mi ir y venir diario parece no ser suficiente.

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Según voy ganando altitud, el camino se convierte en single track y los pinos empiezan a crecer más pegados unos a otros. Contrario a ayer, hoy son apenas las 3 de la tarde y ya estoy exhausto. Me esfuerzo por un rato más y a las 5 pm decido dar por terminado el día y acampo rodeado por un bosque que parece haber estado en llamas hace no mucho tiempo: los árboles están básicamente carbonizados de la superficie, aunque aún viven. Por esta razón decido no hacer fogata y cenar lo que sea que no necesite cocinarse. Acomodo mi casa de campaña con vista directa a las montañas San Francisco, y la hermosura de esta vista me hace comprender por qué varios grupos nativos distintos consideran este un lugar sagrado. Con el sol ya escondido, la temperatura está bajando rápidamente así que me meto en mi sleeping con la intención de leer un poquito, pero todo lo que logro es quedarme dormido con la lámpara prendida en mi cabeza y los lentes puestos.

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Horas después me despierta el ruido de mi casa de campaña y afuera aún está oscuro. El viento está soplando y me siento como si estuviera dentro de una bolsa de mandado siendo sacudida, pero me rehúso a salir de mi sleeping hasta que el sol salga, así que sólo me quedo ahí acostado con mis ojos cerrados pensando que estoy a sólo 11 km del punto más alto de la ruta y de ahí deberían ser 35 km de bajada hacia Flagstaff. Un par de horas después, tras comer y empacar, le doy gracias al lugar que fue mi casa por una noche y vuelvo al camino, un continuo zigzagueo entre un espeso bosque de árboles Aspen donde a veces mis manubrios apenas la libran para pasar entre ellos. Algunos de los árboles han caído sobre el Trail y decido que es más fácil para mí sacarles la vuelta que levantar mi bici. De repente desde atrás de mí aparece un tipo en una bici de montaña y dice “¡Sólo tienes que brincarlo!”, pasa fácilmente por encima del árbol caído y continúa su camino, para no volver a ser visto jamás.

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Un par de horas después llego al punto más alto de la ruta, unos 2700 metros, y me detengo para un segundo desayuno mientras me preparo para disfrutar de una bajada bien merecida. Monto la bici de nuevo y empiezo a rodar, pensando en la hamburguesa que me comeré cuando llegue a la ciudad. El Trail es más o menos plano por un ratito, hay algunas piedras sobre el sendero pero noto que estoy empezando a agarrarle la cura a esto de sacarles la vuelta, por lo menos con mi rueda frontal; la rueda trasera aún pasa por encima de la mayoría pero hey, ya es un avance. Luego comienza la bajada. Mis ruedas giran el momento que dejo de apretar los frenos y aumenta la cantidad de rocas en el sendero, aumentando también las veces que choco con ellas y haciéndome olvidar el sentimiento de logro que tenía hace un momento. Varias veces consigo evadir un obstáculo sólo para ir a estrellarme con otro, haciéndome parar por completo y casi arrojándome por encima del manubrio un par de veces. En algunas ocasiones simplemente ni siquiera lo intento, y desmonto para caminar mientras pienso qué geniales son las personas que pueden recorrer este camino en modo carrera.

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Entonces, un silbido empieza a salir de mi llanta delantera. Me detengo y encuentro un pequeño agujero en la llanta por donde se está saliendo el aire. Saco la botella de sellador de mi mochila, me siento en el suelo y quito la válvula de la rueda, la cual coloco entre mis labios para no perderla en este suelo completamente cubierto de hojas. Mientras estoy echando sellador dentro de la llanta, un hombre aparece en el Trail en la dirección de la cual yo vengo. Vestido en pantalones planchados, tirantes y camisa de botones, camina confiadamente sendero abajo y lo saludo medio esperando que me pregunte si he visto su caballo. Pero me responde el saludo y me pregunta si estoy bien. Yo le digo que sí, que sólo debo reparar una ponchadura y debería poder seguir después de eso. Él continúa su camino, desapareciendo entre los árboles. Vuelvo a mis asuntos y una vez que el sellador está adentro, intento agarrar la válvula pero me doy cuenta de que ya no está en mi boca. Pongo en reversa los últimos 30 segundos de mi vida tratando de recordar qué hice con ella, pero todo lo que logro recordar es que, quizá, me la saqué de la boca para hablar con el Señor Elegante. Busco en mis piernas, en la bolsita de mi camisa, incluso me esculco la barba, y muevo las hojas alrededor mientras al mismo tiempo trato de no moverlas demasiado para no alterar la escena. Empiezo a entrar en pánico mientras pienso que debería de agregar “válvula” a la lista de partes extras en mi próximo viaje, porque por ahora, no tengo ninguna. Después de unos minutos de miedo, levanto una hoja y la veo, la pinshe válvula que sabrá dios cómo fue a dar ahí, porque aparentemente se me borró la cinta cuando el Hombre Elegante hizo su aparición. Inflo la llanta y continúo mi camino.

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Unos minutos después, el Hombre Elegante aparece de nuevo, esta vez viniendo en sentido contrario. Se hace a un ladito para dejarme pasar y le digo “¡Lo arreglé!”, él me responde con un “Good!”, y me alejo tratando de hacer parecer que sé lo que estoy haciendo. Después de unos 12 kilómetros y más de dos horas de rodar (“rodar”) con todos los músculos tensos, me cruzo con pavimento. Veo que el Trail continúa al otro lado del camino, pero a esta altura he decidido que esto es demasiado arriesgado y peligroso para mí, y tras confirmar que este camino conecta con Flagstaff, le digo adiós con la mano al AZT y tomo el pavimento, pensando en la hamburguesa que me comeré cuando llegue a la ciudad.

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viernes, 4 de enero de 2019

Hacia la Nación Navajo (18-22 Oct 2018)


Esta historia es continuación inmediata de la anterior, que puedes encontrar en: Houston, tenemos un problema

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*Nota: he cambiado nombres de algunas de las personas incluidas en esta historia.


Jueves 16 de octubre 2018

La mañana empieza con la incertidumbre de saber si Dustin podrá hacer llegar las cámaras para Keanu hoy mismo o si habrá que esperar. Dustin, como siempre, nos comunica buenas noticias: cuando fue a la oficina de correos se encontró a una prima suya quien al enterarse de la situación decidió ser ella la mensajera. No sé si tenía ganas de manejar o cuál fue su motivo, el caso es que un par de horas después apareció frente a la puerta de nuestro cuarto de hotel con una caja con tres cámaras, una botella de sellador y una lona que ayudaría a prevenir que Keanu tuviera otra noche como la de anoche. Keanu le ofrece dinero para gasolina pero ella dice que con un café le basta, nos toma una foto y se va. Ruth, otra ángel del camino.

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Con nuestras bicis ya listas voy a recepción a entregar la llave y el libro prestado (que ni leí, por supuesto) y empezamos nuestro andar hacia la Nación Navajo. Tomamos la carretera principal por unos minutos pero luego nos desviamos hacia la izquierda y muy pronto llegamos a lo que se convertiría en un patrón por los siguientes días: caminos de tierra compactada que hacen el andar más fácil de lo que yo esperaba, cúmulos de casas que aparecen en medio de la nada, y el eventual transitar de una troca que nos saluda al pasar.

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Casita en medio de la nada con Monument Valley de fondo.

Quizá antes de continuar deba dar un poco de contexto sobre el lugar al cual estoy a punto de entrar. Los Navajo son actualmente el segundo grupo nativo más grande en los EUA, y la mayor parte de ellos viven dentro de la Reservación Navajo, la más grande del país, ubicada en el este de Arizona y Utah y oeste de Nuevo México. Su idioma nativo, el Navajo, sigue siendo dominante en la región, pero la mayoría también habla inglés. Para no hacer de esto una tesis (internéts tiene muchos recursos al respecto) los Navajo fueron, para no sorpresa de nadie, tratados horriblemente por el gobierno de EEUU durante mucho tiempo, incluyendo esclavitud, caminatas forzadas para “reubicarlos” (como a los Yaquis en México), minería de uranio y campañas de abierto exterminio en un estado de guerra contra el ejército estadunidense. Por esto, no es sorpresa que la gente blanca de hoy en día la piense dos veces para adentrarse en las Reservaciones tanto de los Navajo como de otros grupos nativos esparcidas a lo largo del país, donde aún hoy le pasan cosas a personas que entraron a un lugar donde no debían. Y esta es, imagino, una de las razones por las cuales no encontré información sobre el viajar por territorio Navajo. Porque, pues, simplemente no se hace.

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Aún babeo cuando veo esta foto.

Con toda esta información zumbando como mosquitos dentro de mi cabeza, rodamos las primeras dos horas en un silencio acordado no con palabras, sino por la imponencia del desierto que nos rodea y el hecho de estar rodando hacia tierras desconocidas y rodeadas de información confusa. En el horizonte a nuestra derecha podemos ver la silueta de Monument Valley, uno de los paisajes más icónicos de Utah. Pedaleamos entre rocas del tamaño de edificios de varios pisos forjadas por millones de años de erosión y asimilando la sensación de insignificancia que ello me hace sentir.

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Keanu de escala.

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¡Adiós, Utah!

Eventualmente cruzamos una línea en el GPS que indica que hemos salido de Utah para entrar a Arizona, y aunque nada en el camino señale algún tipo de división nosotros lo conmemoramos con un high five. Casi al final del día aparece pavimento y hacemos un último esfuerzo para llegar a Dennehotso, aunque no sé para qué si igual no conocemos a nadie ahí ni sabemos nada del lugar. Llegando al pueblo una troquita se detiene y un señor sonriente nos pregunta de dónde venimos, y aprovechamos para preguntare por un lugar para acampar. Tras dudar un poco el señor nos señala a una casa y nos dice que las personas de ahí son los dueños de la iglesia y que quizá puedan hacer algo por nosotros. Al llegar a la casa nos recibe April quien tras oír nuestra historia nos pone en el teléfono con Charlene. Keanu le explica lo que buscamos, luego devuelve el teléfono a April y después de unos minutos vuelve con una llave y nos dice que la sigamos. Nos abre la puerta de la iglesia y nos dice que pasemos contoy bicis y que nos acomodemos mientras ella va a cortar leña para la estufa. Yo le digo que no hace falta, que con ponernos fuera del viento ya ha hecho suficiente y que aparte traemos una estufa de gas para cocinar. Nos da las buenas noches y cierra la puerta al irse, dejándonos contentos de no tener que pasar al aire libre una noche con vientos helados.

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Iglesia de Dennehotso.

Viernes 17 de octubre 2018

En la mañana mientras estamos en nuestra rutina de empacar/desayunar, entra un hombre con finta de tener prisa; nos saluda y nos pregunta qué tal dormimos, luego nos pide que cerremos con seguro al salir y que nos vaya bien. Un rato después y haciendo lo que nos pidió nos despedimos del espacio que fue nuestra casa por una noche y remontamos el camino. La terracería empieza en cuanto salimos de Dennehotso y nos encontramos rodando por un camino rodeado de dunas de arena color amarillo rojizo. Keanu comenta que son las primeras dunas que ve en su vida. El rodar es fácil por lo compactado de la tierra, y más adelante un letrero nos explica que este camino es mantenido para uso del camión escolar, “use bajo su propio riesgo”.

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Casas aparecen de nuevo en lugares inesperados, y a veces un pozo de agua para ganado. Las vacas son la población más abundante, pero también hay pequeños grupos de caballos y dos burros que no se separan uno del otro. Algunas horas después aparece un camino pavimentado que nos lleva a un pequeño poblado llamado Rough Rock. No veo a nadie afuera y si no fuera por un par de carros en movimiento casi podría decirse que el pueblo está vacío. La línea en mi mapa señala directo a la montaña detrás de Rough Rock, indicando que es hora de poner las piernas a trabajar. Me pongo los audífonos y comienzo el ascenso dejando a Keanu atrás, dispuesto a disfrutar esta subida al máximo. En las partes más inclinadas y cortas siento ganas de pedalear parado sobre los pedales y al principio me contengo, pensando en que debo guardar piernas para más tarde, pero no pasa mucho tiempo para que la emoción me gane y me veo pedaleando cuesta arriba con todas mis fuerzas, total, que tiempo para descansar ya habrá después.

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No pasaréis.

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Pinos aparecen de nuevo contrastando con las dunas que pasé hace rato, y más pronto de lo que pienso llego a un tramo plano y al ver el mapa veo que la subida ha terminado y empieza la bajada. Aunque muero de ganas por continuar decido esperar a Keanu, distrayendo la ansiedad con música y tomándole fotos a mi bici. Media hora después aparece él y sin darle tiempo a nada monto mi bici y le digo “De aquí todo es bajada, ¡vámonos!”, y empiezo a avanzar. El descenso es una línea más o menos recta que atraviesa granjas dispersas, y el terreno a ratos sacude mi bici y rodo lo que traigo en ella pero yo la obligo a no desacelerar y pasarle por encima a lo corrugado del camino, total que para eso me la dieron. Perros pastores me ladran al verme pasar gritándome que ni se me ocurra acercarme a sus ovejas. Yo sigo sorprendido de lo diferente que es esta zona de la Reservación comparado a la que iniciamos esta mañana, donde todo era arena, hasta que llego al pavimento y esto me saca del trance en el que estaba. Me hago a un lado del camino para esperar a Keanu mientras me doy cuenta de que ya está siendo hora de buscar dónde acampar. Quince minutos después aparece mi amigo y le sugiero tomar un camino que lleva detrás de un cerrito para pasar la noche. Pronto encontramos un lugar protegido del viento y con mucha leña en el suelo alrededor, prendemos un fuego y mientras la cena está lista cada quién hace su tendido. La noche está tranquila y el cielo limpio, así que sólo tiro mi sleeping en el suelo y me ahorro armar la casa de acampar. Nos hacemos una abundante cena con la expectativa de que mañana llegaremos a un lugar con mercado, y después nos vamos a dormir con las estrellas sobre nuestros rostros.

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Sábado 18 de octubre 2018

En la mañana repetimos lo abundante en el desayuno y comenzamos nuestro andar por una carretera angosta pero con poco tráfico y conductores respetuosos. Un carro se detiene y quien creo son madre e hija se asoman por las ventanas y nos saludan, luego la hija se baja del carro y viene hacia nosotros con dos botellas de agua. Desde la distancia la mamá pregunta sobre nuestro ir y venir y yo le respondo en voz muy alta para que me alcance a escuchar, hasta que unos segundos después caigo en cuenta que no tengo por qué estar gritando y me acerco a la ventana de su carro. La mamá cuenta que su papá anda mucho en bici y que ella acaba de terminar su trote matutino así que saben de eso de tener sed. Señala hacia una casa gris en la distancia y dice que la próxima vez que pasemos por ahí nos sintamos libres de ir a tocar la puerta, y después de darle las gracias ellas siguen con su camino.

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Mientras avanzamos noto que la vegetación va desapareciendo dando paso a tierra y arbustos chaparritos, y poco después de mediodía llegamos a la ciudad llamada Pinon y vamos al supermercado local, que está lleno de gente entrando y saliendo. Nosotros nos dejamos seducir por la pizza local y sus promociones, y después vamos al mercado a reabastecer nuestras mochilas. Cuando vamos a pagar el cajero nos pregunta inmediatamente de dónde somos (así de claro está que no somos locales) y se muestra interesado en el proyecto. Ya estando nosotros afuera, mientras buscábamos dónde poner tanta comida que compramos sale el mismo cajero y nos ofrece un taco navajo, que es como una pizza chiquita y que tampoco sabemos dónde acomodar. Varias personas se acercan y nos preguntan cosas y nos dan sus buenos deseos, luego salen dos mujeres que, después de hacernos las mismas preguntas, una de ellas, con playera del departamento de bomberos, nos dice que nos conviene estar lejos de ahí para cuando oscurezca porque es cuando salen los gángsters y que de hecho tenemos suerte de estar sentados donde estamos. “Además, aquí no hay sheriff para protegerlos”, agrega. Me pregunta hacia dónde vamos y al enterarse de la ruta nos dice que estaremos bien cuando lleguemos al lado Hopi de la Reservación. El grupo nativo Hopi vive en un área contenida completamente dentro de la Reservación Navajo, y el límite geográfico está a unos 15 km de aquí.  No siento que lo diga con mala intención, se nota que lo dice por nuestro bien, y nosotros les agradecemos por la información. Dejamos de tontear tanto para concentrarnos mejor en empacar, y como a las 4 pm retomamos el camino.

Rodamos primero por un camino arenoso que se opone a que nos alejemos de Pinon a la velocidad a la que nos gustaría, pero pronto se compone y avanzamos a un ritmo más estable. La tierra se acaba y aparece el pavimento, pasamos por una escuela llamada Hard Rock que es la señal de que ya estamos en territorio Hopi, y justo antes del atardecer tomamos un caminito a la derecha que se pierde entre pinos no tan altos pero lo suficiente para escondernos de ser vistos. Hacemos la fogata más grande de todo el viaje, recalentamos la pizza que todavía nos queda de mediodía, y con un cielo limpio de nubes nos ahorramos el armar las casas y nos tiramos en el suelo “a cappella”.

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Domingo 19 de octubre 2018

La mañana empieza con el ritual silencioso de reencender la fogata y hacer desayuno. Retomamos el camino y no mucho después llegamos a una pequeña tienda, donde compro algunos dulces y uso el baño. La mujer que nos atiende nos pregunta a dónde vamos y al oír nuestra respuesta nos dice que ese camino lo cerraron pero que los locales hicieron brecha por alrededor del cerco. Al llegar vemos que la lluvia abrió una zanja y efectivamente hay un letrero de “Camino cerrado” pero hay un camino que le saca la vuelta y por ahí nos vamos. Más adelante una troca que viene en dirección opuesta se detiene y nos hace señas y también nos detenemos. Un hombre y dos niños nos saludan y el hombre nos dice que más adelante hay un grupo de vacas que son de su hermano, y que entre las vacas hay dos toros y que tengamos cuidado porque podrían atacarnos.

En mis viajes en bici me han advertido de muchas cosas (mayormente personas advirtiéndome de otras personas) pero jamás me habían advertido sobre un toro, así que le pregunto al señor qué es lo más adecuado por hacer. El señor me responde con un “Haul ass!” que es el equivalente inglés a “¡Dale en chinga!”, y agrega que no los vió cuando pasó por lo cual probablemente estén acostados.

Así que, después de darle gracias por el aviso, empiezo a andar dispuesto a hacer un sprint hasta zona segura, y le digo a Keanu que se mantenga cerca. Agarro velocidad y llego a la zona donde están las vacas, algunas me voltean a ver mientras yo busco algo con cuernos que tenga finta amenazante. No lo veo pero algo me dice que para cuando lo vea ya será demasiado tarde así que me paro en los pedales y acelero, y luego volteo para ver dónde está Keanu, y descubro que se ha quedado muy atrás. Ahora mi miedo es que me vean pasar a mí y lo ataquen a él, pero afortunadamente nadie apunta sus cuernos hacia nosotros y llegamos a zona segura, la carretera. Giramos hacia la derecha con rumbo noroeste sobre una carretera súper angosta que no me inspira confianza, y le explico a Keanu que la forma más segura de rodar aquí es los dos pegados uno tras del otro, para que los carros sólo tengan que rebasarnos una vez a ambos, en vez de primero a uno y luego al otro. Lo echo adelante para irme a su ritmo y después tomo mi turno enfrente para romper el aire, pero Keanu empieza a quedarse atrás y yo desacelero para que me alcance; es mejor que ruede detrás de mí porque necesita menos esfuerzo. Sin embargo no logro encontrar un ritmo al cual pueda mantenerse y estoy volteando para atrás a cada rato para ver dónde viene.

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Un carro nos rebasa sin esperar a que otro pase, casi rozándonos los codos, y es cuando reviento: digo en voz alta que no pienso pasar todo el día en esa carretera y acelero hasta llegar a mi ritmo normal y me enfoco sólo en mi propio pedalear. Estoy a 60 km de Tuba city y quiero llegar ahí antes de las 4 pm porque tengo que resolver el asunto de dónde pasar la noche. Los kilómetros van pasando mientras mis piernas no dejan de girar los pedales y de vez en cuando me echo a la boca uno de los dulces que compré en la mañana. La voz que me dice que guarde piernas para después vuelve a aparecer, pero la silencio poniéndome los audífonos. Me siento bien, mi respiración está tranquila, y con la música sonando en mis oídos ahora siento que podría pedalear por el resto de mi vida sin parar. En ese estado de euforia, un par de horas después llego a los últimos 10 km antes de Tuba y alcanzo a ver la ciudad desde la distancia. Una bajada a 65 km/h y luego una última subida, y de repente me encuentro rodeado de casas. Me voy a la primera gasolinera que veo, desmonto la bici, y me pongo a caminar en círculos para desfogar la energía sobrante. Ya más tranquilo prendo mi celular y le mando mensaje a Keanu para decirle dónde estoy.

Mientras aprovecho que tengo señal para reportarme con mi familia, sale un empleado de la tienda y me saluda, señala mi panel solar y platicamos sobre paneles solares. Antes de que se vaya a continuar con su jornada le pregunto cómo se llama, y me dice “Terry” mientras señala a una plaquita en su playera que tiene su nombre. Le doy el mío y se va, y rato después vuelve y me dice “Mete esto en tu mochila, te va a servir si llueve”, mientras me extiende un rollo de bolsas negras. Lo tomo, le doy las gracias y le pregunto por algún lugar para acampar. Terry se queda pensando por un momento y luego me dice que podría mandarme a tal o cual lugar pero que todos los campgrounds en la ciudad son invadidos por borrachos durante la noche y se roban cosas, así que mejor debería irme a su casa y que puedo acampar en su patio. Le menciono que estoy esperando a un amigo y me dice que los dos somos bienvenidos y me da instrucciones de cómo llegar, aunque primero debe avisarle a su esposa. En ese mismo momento saca su celular, le llama y escucho la conversación porque la pone en altavoz. Cuando cuelga, a pesar de haber escuchado todo, todavía le pregunto si su esposa está de acuerdo y me dice que sí, que no es la primera vez que han hospedado a transeúntes.

Keanu aparece una hora después, estoy contento de verlo y le explico lo que acaba de pasar. Terry aparece diciendo “Por fin te alcanzó tu amigo”, los presento y luego Keanu y yo nos vamos a buscar dónde comer.

Más tarde vamos a casa de Terry aunque él estará trabajando hasta las 9 pm, pero su esposa, Carolee, nos recibe y nos indica un lugar bajo un árbol de duraznos donde hacemos nuestro tendido, pero esta vez con techo, porque se supone que va a llover y las nubes en la distancia parecen confirmar el pronóstico. Mi plan original de esperar despierto hasta que Terry volviera se ve saboteado por un ataque repentino de sueño y me voy a dormir todavía pensando en lo sucedido durante el día y en lo agradecido de estar donde estoy.

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Lunes 20 de octubre 2018

Me despierto varias veces durante la noche, primero por la lluvia, luego por un perro husmeando alrededor de mi casa, luego por algo que soñé. A la tercera noto que el sol está por salir así que ya no intento volver a dormir y salgo a hacer pipí. Terry está sentado frente a la puerta del patio con una taza humeante en la mano y le doy los buenos días, él me responde señalando a la lona bajo la que todavía duerme Keanu y me dice “Tu amigo necesita una casa de campaña”. Me ofrece una taza de café que yo acepto con gusto, y Terry me platica cosas sobre su vida. Keanu sale de su tendido y toma su respectiva taza, uniéndose a la conversación. No mucho después se une otro personaje a la escena: Henry, amigo de Terry y Carolee quien, al igual que ella, es nativo Hopi. “Hopi” es la versión cortita de “Hopituh Shi-un-mu”, que es como se llaman a sí mismos, y que significa “la gente pacífica”, nombre que se dieron como una manera de poner contraste entre su grupo y los grupos nativos vecinos que eran principalmente conocidos por su afición a la confrontación. Ser Hopi implica seguir este concepto que consiste en un estado de reverencia y respeto por todas las cosas.

Henry tiene piel morena, cabello negro y largo, y una camiseta con el famoso logo de Adidas pero en vez de decir “adidas” dice “Native”. Henry, atraído inicialmente por la presencia de bicis en el patio vecino, toma las riendas de la conversación contándonos sobre su vida personal y la vida dentro de la Reservación, ambas fuertemente marcadas por la pobreza y el consumo de alcohol y drogas. Desde hace tiempo él se encuentra mejor, no sin antes haber tocado fondo parado a la orilla de un puente en Los Ángeles, dispuesto a saltar. Cuando, por la razón que sea, decidió bajarse y hacer algo por su vida, Henry fue a casa de su mamá y le pidió dinero para comprar un boleto de camión y devolverse a la Reservación y así alejarse del mundo de crack en el que se había metido. Su mamá no confió en darle el dinero, así que lo acompañó a la central, le compró el boleto y se aseguró de que se subiera al camión.

Para relajar la conversación Henry nos pregunta sobre nuestras bicis y habla sobre las bicis que ha tenido, y cuando se entera de que la bici de Keanu tiene descompuesto el freno delantero ofrece llevarlo a un lugar de un conocido de él donde hay muchas bicis y donde seguramente podríamos encontrar la refacción que necesitamos. El detalle, agrega él, es que ahí es a donde van a parar las bicis robadas en la región, además que es punto de distribución de metanfetamina; al enterarnos de esta información, nuestro entusiasmo inicial se apaga y mejor optamos por buscar otra solución.

Henry se despide y parte a sus actividades del día, y luego Terry trae de dentro de su casa una figurita de madera, un muñeco de la tradición Hopi llamada “kachina”, que está tallado con tal detalle que hasta tiene el relieve en las plumas que lleva en la cabeza. Cuando le pregunto quién lo hizo, Terry me dice, “Esto es lo que hace Henry. Cuando está sobrio…”

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Terry pasa a hablar de sus propios pasatiempos y nos muestra varios cuchillos que él mismo ha hecho. Después toma uno y me lo pone entre las manos. Yo lo examino; funda de piel hecha a la medida, mango de cornamenta de venado, y hoja corta pero muy afilada. Después se lo extiendo para devolvérselo y me dice que es para mí. Fracaso en mi intento de no reaccionar efusivamente y le agradezco dos o tres veces, pensando en cualquier pretexto para estrenar mi cuchillo.

El día pasa entre conversaciones y moverle a la bici de Keanu para ver si podemos arreglar su freno delantero porque el disco está un poco doblado, lo suficiente para frenarlo, pero no lo logramos y Keanu decide simplemente quitarlo y confiar sólo en su freno trasero.

Mientras el día no sabe si estar soleado o llover así que hace ambas cosas al mismo tiempo, me pongo en contacto con dos ciclistas que vi en internet que andaban cerca, y quedamos de acuerdo para rodar juntos a partir de mañana los dos días que toma ir de Tuba City al Grand Canyon.

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domingo, 30 de diciembre de 2018

Houston, tenemos un problema (De Monticello a Mexican Hat, EEUU, 12-18 Oct 2018)


Esta historia es continuación inmediata de la anterior, que puedes encontrar en: Perros de Reserva (De Monticello a Bluff, Utah)


Al volver a Monticello vamos directamente a Roam Industry, la tienda de Dustin, con la intención de arreglar el problema de Keanu lo más pronto posible y seguir andando. Quizá deba recordar que mi estadía en este país está limitada por cuestiones de visa, así que cada día de no avanzar es un día perdido. Dustin se dispone a instalar el nuevo desviador en la bici mientras Keanu está afuera tratando de resolver cuestiones de dinero por medio de su teléfono. Yo me entretengo en lo que sea tratando de no pensar en el hecho de que estoy de vuelta en el mismo lugar que dejé hace tres días, pero Dustin me saca de mi ensimismamiento cuando me habla para mostrarme algo. Al llegar a él no me dice nada, sólo me señala un punto en el cuadro de la bici cercano al centro de los pedales. Lo que veo me aterra y me daría pesadillas en las semanas por venir: un pedazo de tubo donde la pintura había sido raspada que deja expuesto el aluminio del cual está hecho la bici, y en el centro, un agujero del tamaño y forma de una hormiga grandota. Keanu, de alguna manera, había serruchado con la cadena a través del metal, haciendo que su bici se volviera un peligro sobre ruedas. Volteo hacia afuera y lo veo de espaldas sentado en la banqueta, con la cabeza baja y el gorro de la chamarra puesto. La situación me parece aún más terrible cuando me doy cuenta que soy yo quien debe darle la mala noticia.

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Tomo uno de los muffins que hay en la cafetería y salgo y me siento junto a él sin decir nada, me es evidente que ha estado llorando. Parto el muffin en dos y le digo un muy mal equivalente en inglés de la expresión mexicana “Las penas con pan son menos”. Keanu me cuenta cómo le está cayendo todo el peso de la realidad de su situación, lo difícil que han sido los últimos días con las cosas que le han pasado, y sobre todo, el hecho de que ya no tiene dinero. Me agradece todo lo que he hecho por él y se disculpa por ser una carga, pero que sin embargo, prefiere morir antes que devolverse a casa. Ahí es cuando le paro su pedo y le digo que lo último que necesito es un cadáver junto a mí porque no tengo tiempo para las cuestiones jurídicas correspondientes. Keanu ríe un poco mientras se talla los ojos, y entonces simplemente le digo lo que vine a decirle: “Dustin encontró un agujero en el cuadro de tu bici, no puedes seguir usándola en ese estado, es muy peligroso.” Después de un momento de silencio, ambos entramos a la tienda para ver la perforación. Dustin y Tyler están ambos en silencio, el aire se siente casi casi como de sala de hospital. Keanu se acerca a su bici y entre todos tratamos de imaginar cómo es que eso fue a suceder, qué fuerzas son necesarias para atravesar un cuadro con una cadena, y sobre todo, qué opciones hay para Keanu. Por lo pronto, Dustin nos ha ofrecido un lugar en su casa para pasar la noche mientras vemos qué hacer. También ha conseguido un trabajo para Keanu, ayudándole a su papá a levantar un cerco caído. Keanu se va y regresa unas horas después con algo de dinero en mano, y mientras él no estuvo, un amigo de Dustin y Tyler que se enteró de la situación ha ofrecido también pagarle a Keanu por ayudarle con algo en su patio. También, como si fuera cualquier cosa, menciona que tiene varias bicis en su patio y que, como parte del pago por su trabajo, Keanu puede ver si hay alguna que le sirva y tomarla. Al final del día, Keanu tiene algo de dinero y, muy, muy inesperadamente, una bici bastante decente para lo que estamos haciendo. Entre Dustin y yo ideamos un plan para equipar la nueva bici, pero le ponemos a Keanu una condición: vamos a revisar su equipaje y tiene que deshacerse de lo más que pueda, porque cargar una nueva bici con la misma cantidad de peso quizá resulte en los mismos problemas que ha tenido hasta entonces. Más tarde, Dustin y yo vamos por cosas para hacer cena y durante el camino ambos expresamos lo mucho que nos emociona el proceso de convertir a Keanu en un “verdadero” bikepacker.

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El día siguiente se nos va poniendo la nueva bici de Keanu a trabajar y liberándolo de todo equipaje que creemos que no necesita. Keanu no está muy contento de vernos felices de este proceso, pero acepta casi todo lo que se le aconseja. Yo no dejo de pensar en que, a pesar de la situación, es muy afortunado de tener a personas tan dispuestas a ayudarlo a seguir su camino. Al final del día logramos reducir su equipaje probablemente a la mitad del peso de lo que era antes, y lo demás se va en una caja por correo. Contentos del resultado obtenido, nos vamos a descansar para mañana, ahora sí (o eso espero) continuar con nuestro camino.

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Después de desayunar nos despedimos de Tyler y Dustin y rodamos por la carretera hacia Blanding, 30 km al sur, desde donde tomaremos rumbo al oeste por una terracería que debería estar transitable, llevándonos por el Parque Nacional Bears Ears y después a Natural Bridges, un lugar con formaciones geológicas que me interesa ver. Todo el trayecto no dejo de pensar y agradecer a los muchachos de Roam Industry por haber ido más allá de lo que deberían para ponernos de vuelta en el camino.

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En cuanto giramos hacia el oeste el camino empieza a adentrarse en las montañas, hace un clima perfecto para estar al aire libre y yo no podría estar más contento de volver a ponerme en movimiento.

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Un letrero nos anuncia que hemos entrado a territorio de los indígenas Ute o “yutas”, a quienes este estado debe su nombre. El letrero también anuncia que está prohibido cazar y acampar, lo cual me preocupa porque el sol ya ha empezado a bajar pero un par de horas después hay otro letrero que avisa que hemos salido del territorio Ute, por lo cual asumo que ahora podremos acampar sin problema. El atardecer coincide con una señal en el mapa que indica que de ahí en adelante es pura subida, y para no acampar en mayor altitud donde haga más frío, decidimos echar nuestro tendido detrás de unos pinos no muy lejos del camino. Después de cenar burritos de frijoles a la leña y con un cielo sin una nube a la vista decido no poner la casa de campaña e irme a dormir con la cara directa al cielo, eso sí, con toda mi ropa invernal puesta. Al acostarme me doy cuenta de que la Vía Láctea está sobre mí y siendo una noche sin Luna, el espectáculo estelar hace que se me quite el sueño y paso la siguiente hora viendo las estrellas y oyendo el tronar de los últimos leños en la fogata, hasta que sin darme cuenta me quedo dormido.

Tiempo después despierto de una pesadilla. Alguien encajaba un cuchillo en mi costado izquierdo pero estaba oscuro y no podía ver nada. Al recobrar consciencia me doy cuenta que ese lugar me duele porque estoy acostado arriba de mi codo. Estoy completamente metido dentro de mi sleeping, y me asomo para tener una idea de qué hora es. Sigue oscuro. Aún con mi terrible miopía alcanzo a ver que la Vía Láctea está ahora en el horizonte. Me cambio de lado y me vuelvo a dormir.
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Despierto de nuevo, esta vez después de soñar que un amigo tiene dos hijos. De dos mujeres diferentes. Me parece gracioso, aunque siento lástima por los niños. De haber soñado que eran míos entonces no me parecería gracioso y lo consideraría la segunda pesadilla de la noche. Esta vez el horizonte está amarillo-naranja, y ya no tengo sueño, así que asomo la cabeza para presenciar el espectáculo del amanecer. Estiro el brazo para alcanzar mi cámara y aún dentro del sleeping tomo un par de fotos. Ya no hace tanto frío como anoche. Y ya no veo sentido en seguir dentro del sleeping así que me salgo, me pongo los tenis y echo unas ramitas secas a las brasas que quedan de la fogata de anoche. Un par de soplidos y las llamas despiertan. Keanu también despierta y sin decir nada ambos empezamos el ritual de preparar desayuno: una taza con agua va al fuego que después será usada para preparar avena con plátano, mientras comemos mandarinas. Ambos estamos de acuerdo que este es uno de los mejores lugares en los que hemos acampado, aunque ya son varias veces que he dicho lo mismo de otros lugares.

Después de desayunar y recoger el tendido, cargamos las bicis y salimos al camino. Keanu decide que va a ponerle sellador a sus llantas en vista de que ayer pasó por encima de un cactus y su llanta frontal amaneció baja. Un poco tarde para ello, pienso yo pero sin decirlo. Nunca lo ha hecho, así que aquí va otra clase de mecánica de bicis en medio de la nada, cuando deberíamos estar rodando. Aire fuera, válvula fuera, sellador adentro, válvula adentro, aire dentro. No debería de tomar más de 15 minutos. Pero Keanu encuentra la manera de romper la válvula, desperdiciando sellador y cámara nueva. Así que ahora tiene que quitar la rueda, quitar la llana, sacar la cámara, bla, bla, bla. Sus groserías se pierden entre las montañas mientras yo escribo esto para distraer la mente y no explotar. Después de un rato lo veo inflando la llanta con la nueva cámara adentro, señal de que ya deberíamos irnos pronto. Pero otra grosería sale de su boca. “¿Y ahora qué?”, le digo. Su nueva cámara tiene una fuga. “¿Checaste la llanta por dentro antes de poner la nueva cámara?”. No lo hizo. Pero un rápido análisis prueba que no fue por eso, sino que al poner la nueva cámara la pellizcó con la palanquita.

Así que guardo mi cuaderno y pluma y voy hacia él y le digo, “Sólo pon la cámara nueva y vámonos, después arreglamos esa”.
-¿Cuál otra? Ya no tengo otra.
-WHAT?! ¿Sólo trajiste una de repuesto?
-Sí.

Como diría todo maestro, Keanu fue a la guerra con sólo un cartucho (o algo así). El agujero en la cámara es grande pero creo que tiene solución, así que agarro un parche y le digo que limpie el líquido sellador de la zona del agujero; las posibilidades son bajas pero dadas las circunstancias no queda más que intentar.

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Mientras estamos en eso, pasa un vigilante de parque nacional. Se detiene y se baja de la troca y sonriendo nos pregunta si estamos bien y que si dónde acampamos. Le doy una respuesta un poco vaga porque no estoy seguro de que esté permitido acampar donde lo hicimos, pero él no pregunta más y tras preguntarnos a dónde vamos, nos desea buen día, se sube a su troca y se va.

Le damos al parche quince minutos para sellar, y esta vez soy yo el que pone la cámara, porque con el estado emocional en que se encuentra Keanu, no dudo que la vuelva a ponchar, aunque tampoco es que yo me encuentre en mucho mejor estado de todos modos.

Una vez que la cámara está adentro, inflo la llanta pero sólo a la mitad, porque considero que es mejor usarla así por un rato en vez de inflarla al máximo para darle chanza al parche de terminar de pegar. Le digo a Keanu que mueva todo el peso posible hacia adelante y empezamos a movernos. Han pasado más de dos horas desde que decidió echarle sellador a sus llantas.

El camino se convierte en un zigzag en ascenso. Después de pedalear un rato, aprovecho un trecho plano para esperar a Keanu, quien aparece algunas galletas después. Mi tolerancia al esperar ha rebasado su límite. Verifico que su llanta sigue igual que hace una hora y de mala gana le paso mi bomba de aire y le digo que la infle al máximo. Mientras él bombea le pregunto si tiene un plan en caso de que eso falle y si tengo algo que él necesite si acaso nos separamos. A lo primero responde que sí y a lo segundo que no. Recupero mi bomba, monto mi bici, y empiezo a pedalear; Keanu sabe a dónde voy, y puede encontrar la manera de alcanzarme si quiere.

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El ascenso continúa y cada curva revela sólo más subida. El esfuerzo físico me distrae de la mezcla de enojo y preocupación que me causa haber dejado atrás a mi amigo y por primera vez en mucho tiempo avanzo concentrado sólo en seguir adelante sin voltear atrás. Me muevo a 4 km/h, daría lo mismo si estuviera caminando pero me rehúso a bajarme de la bici. Me convierto en mi propio entrenador de crossfit y me grito a mí mismo todo tipo de cosas para motivarme y seguir andando. Después de una hora estoy ya entre pinos pero el camino sigue ascendiendo, y yo empiezo a sentir que necesito algo de comer pero no me quiero detener hasta que la subida termine, aunque a esta altura empiezo a dudar de que eso vaya a pasar.

En eso estoy cuando una troca se me empareja y una sonrisa familiar me saluda desde el asiento del copiloto. Keanu y su bici han sido recogidos por un señor de cabello blanco quien me observa con expresión inquisitiva pero yo digo “¡Te veo en la cima!”, tras lo cual la troca acelera y vuelvo a quedarme solo.

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Después de un total de hora y media de pedalear de subida aparece un pequeño valle y Keanu está sentado en el suelo. Me detengo y me tiro en el suelo a medio morir, pero empiezo a sentir frío en clara señal de que tengo el azúcar baja por el esfuerzo. Me lleno la boca de naranjas, plátanos y barritas, mientras siento que mi cuerpo y mi mente están en un estado extraño, pero agradable. Keanu me dice cosas y yo respondo vagamente sin realmente estar poniendo atención, sólo me enfoco en disfrutar el proceso químico sucediendo dentro de mi cuerpo, y la satisfacción de haber logrado esa subida. Una voz dentro de mí me pregunta “¿Y qué ganaste con esto?” pero yo me la espanto como mosquito y le digo que estoy ocupado.

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Después de recuperar energías es hora del descenso. Una corta sección plana primero nos lleva al par de cerros que le dan nombre a esta zona: Bears Ears, Orejas de Oso. El camino pasa por en medio de ambos, para después dar vista a un valle y al camino que nos lleva a la carretera que va al parque Natural Bridges, nuestro próximo destino. Bajando a una velocidad que a veces topa los 50 km/h la sangre se me llena de adrenalina y a ratos olvido que traigo una bici cargada de cosas que rebotan por todos lados, hasta que aparece el pavimento. Me detengo y agarro aire y mi cara se llena de sonrisa mientras pienso que la subida valió la pena, siempre valen la pena.

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Después de un corto tramo de carretera llegamos al Centro de Visitantes del Natural Bridges National Monument donde confirmamos que hay agua aunque todos los lugares para acampar están llenos, lo cual significa que tendremos que volver por donde vinimos y hacer acampada libre. No es una buena noticia. Estoy ya muy cansado y pedalear de regreso no me entusiasma para nada, pero aún tengo que aprovechar los últimos rayos de sol para ver los famosos puentes naturales por los cuales vine aquí, un circuito de 15 km. Keanu me pregunta si lo quiero hacer completo y aunque dudo, sé que si no lo hago me voy a sentir mal después, así que le digo que sí y que si quiere me puede esperar aquí. Lo piensa un segundo y dice que vendrá, así que vamos y vemos los puentes por un camino con más subidas de las que me gustaría.

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Al salir volvemos al Centro de Visitantes para rellenar nuestra agua y luego cubrir los 7 km hasta donde vamos a acampar, que, de nuevo, es de subida. Al llegar al camino que buscamos me adentro un poco entre los árboles para buscar un espacio plano donde podamos acampar, elegimos un espacio, hacemos un fuego y mientras la cena se cocina, cada quién hace su tendido. Sabemos que hay pronóstico de ligera lluvia para esta noche, así que ambos ponemos nuestros techos, y después de cenar, nos vamos a dormir. Yo planeo leer antes de dormirme pero lo único que logro es quedarme dormido con los lentes puestos, que poco después me quito para volverme a dormir.

Despierto, creo que después de medianoche, por el ruido de cosas moviéndose. Está lloviendo, y oigo a Keanu maldecir y llorar. No suena nada ben. Me pongo mis lentes y descubro que mi casa está hecha una alberquita y algunas de mis cosas están mojadas. Pongo a salvo la cámara, celular y libro y hago un espacio para Keanu; es obvio que algo pasó con su tendido y por lo que logro escuchar, debe de estarse mojando. “¡Traite tus cosas para acá!”, le digo entre el sonido de la lluvia, pero él responde que está todo mojado y no quiere mojar mis cosas. No puedo volver a dormir por pensar en qué va a hacer hasta que eventualmente parece acomodarse y la lluvia me arrulla de nuevo.

Me vuelvo a despertar ya por la mañana y hay una luz grisácea afuera. El viento levanta un poco la pared de mi casa y con mis ojos aún miopes alcanzo a ver manchas blancas afuera. No lo creo. Me pongo los lentes y confirmo que las manchas son de nieve. Inmediatamente pienso en Keanu. Le hablo y me responde diciéndome que hay que salir pronto de ahí, que él y todas sus cosas están mojados y que tiene mucho frío. Así que empacamos lo más rápido que nos permiten nuestras manos frías, todo así mojado y enlodado, y concordamos rodar al pueblo llamado Mexican Hat y meternos en un hotel.

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Aún bajo una ligera lluvia avanzamos con gorros y guantes de lana puestos. El camino es un pavimentado que sube y baja todo el tiempo, y unos 40 km después llegamos a un letrero que anuncia terracería y bajada con 10% de inclinación. Bajar por Moki Dugway y la vista del valle que nos ofrece nos levanta el ánimo, además de que Mexican Hat ya está más cerca. Cubrimos los últimos 20 km por una carretera que cruza los paisajes más icónicos de Utah, nos detenemos unos minutos para observar la piedra que le da nombre al lugar, y llegamos al pueblo, que consiste en una gasolinera, un par de restaurantes, y como tres hoteles. En la gasolinera compramos una soda para levantar el azúcar y preguntamos por el hotel más barato, y nos indican uno un par de kilómetros más adelante, el San Juan Inn.

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En la recepción nos atiende un hombre muy amable quien incluso me permite tomar prestado uno de los libros que venden ahí, “The Navajo Wars”. Nos metemos al cuarto y por fin podemos quitarnos las ropas mojadas, calentarnos, y distraer la mente con South Park.

Después de bañarme, lavar mi equipo de acampar y vaciar mis mochilas para poner todo a secar, paso el resto de la tarde y gran parte de la noche viendo varios mapas simultáneamente tratando de averiguar a dónde ir de aquí, mientras Keanu resuelve lo de sus cámaras extra: sea donde sea que vayamos, lo más probable es que la siguiente tienda de bicis esté a días de distancia así que no podemos salir de aquí sin ellas. Una vez más, Keanu se pone en contacto con Dustin en Monticello para ver si le puede enviar lo que necesita, pero por la hora ya no alcanza a mandarlo y tendrá que esperar hasta mañana.

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La noche transcurre y yo sigo averiguando a dónde ir, lo que queda claro es que hay que moverse al sur porque el invierno ya nos dio una primera advertencia. La ruta fácil, como siempre, sería tomar la carretera hacia el oeste que después baja a Flagstaff, pero nada de la carretera me parece atractivo, en particular el tráfico. Mi otra opción: bajar al sur y adentrarme en “la reservación”, la Nación Navajo. Mis búsquedas en internet arrojan respuestas confusas: algunas personas dicen que es peligroso, hablando de la abundancia de drogas y la ausencia de autoridad (me suena familiar), y otras personas se ofenden porque las anteriores dijeron que es peligroso (también me suena familiar). Tampoco logro encontrar reportes de alguien cruzando la zona como viajero, ni en bici ni en ningún otro vehículo, así que me veo entre decidir por lo muy conocido (la carretera) o lo muy desconocido (al menos hasta donde yo sé).

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A la hora de cenar bajo al restaurante del hotel donde un muchacho me pregunta sobre mi ir y venir. Le confieso mi preocupación respecto al entrar a la Reservación y me dice que él es Navajo y que no cree que vaya a pasarme algo malo si voy, pero que no espere hospitalidad porque los Navajo suelen ser muy serios y poco extrovertidos. Después de la conversación con él me siento más en confianza de seguir adelante con mi plan así que al volver al cuarto, con ayuda de mi amigo David en California termino por afinar una ruta que se adentra en la Nación Navajo hacia el sur hasta un lugar llamado Pinon, para luego girar hacia el oeste hacia Tuba city y volver a los EEUU gringos, una ruta que parece ser mayormente de terracería, parece que nos tomará unos 4 días, y parece que en Pinon hay un mercado donde podemos reabastecernos. Cerca de las 3 am me quedo dormido viendo caricaturas para distraer la mente de tanta confusión, de un día que empezó mal y acabó bien, y de la emoción de entrar a terreno desconocido.