miércoles, 29 de agosto de 2018

Historias cortas del camino ep. IV: Bill

*Advertencia: contiene violencia y un par de groserías.

Se presentó a trabajar, como algunos otros que conocí, vía una agencia de empleos. Vas, te registras, y te llaman para avisarte que hay trabajo. Bajo de estatura, flaquito, ligeramente encorvado, cabello y bigote canuzco; me dio una impresión de fragilidad, de alguien que debe ser tratado con cuidado. Intercambiamos nombres. Bill era el suyo. Hacía no mucho se había mudado a Tucson desde Maine. Yo no tenía idea de dónde quedaba Maine, pero me sonaba de algún lado (sólo horas después caería en cuenta de que estaba leyendo “Misery”, de Stephen King. Las historias de King suelen suceder en Maine). Entre pláticas, Bill me cuenta que tiene una licencia para marihuana medicinal que sacó en Maine, pero que al llegar aquí le dijeron que no tenía validez. Como solía consumirla de manera habitual, si le hacen prueba de sangre le va a salir positivo así que aún no puede aplicar para muchos empleos. Le pregunto por qué no saca una licencia local, él me responde que no tiene dinero para tramitarla y que aunque la tramitara, no tiene dinero para comprar la marihuana de todos modos.

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El trabajo en general es sencillo. Hablar con la gente que llega a la tienda, acomodar cosas aquí y allá. A veces hay que mover piezas de un lado a otro, y algunas pesan lo suficiente como para requerir dos personas. Tenemos que mover una mesa y antes de levantarla le digo a Bill que me diga si quiere descansar y que no hace falta apresurarnos ni lastimarnos (al cabo nos pagan por hora…). Bill efectivamente me dice que bajemos la mesa un par de veces antes de llegar a nuestro destino. Desde entonces yo empecé a colocarme del lado más pesado cada que nos tocaba mover algo.

Un día particularmente soleado yo menciono que cuando vuelva a casa lo primero que haré será ir a la playa. Bill menciona que en Maine tenía la playa a minutos de su casa pero nunca iba. El mar allá arriba es frío y llueve mucho. “¿Por qué te fuiste de Maine?”, le pregunto a Bill. “Porque ya no lo soportaba más.” Razón más que suficiente, pienso yo, sin preguntar más. Pero luego Bill empieza a contarme que trabajaba en un Quickmart o algo así y que una noche a la 1am entró un tipo, le apuntó una pistola a la cabeza y le dijo que le diera el dinero. Bill procedió a entregarle los 20 dólares que había en la registradora mientras intentaba convencer al asaltante de que él no tenía las llaves de la caja fuerte. El tipo se fue y Bill llamó a su jefe para reportarle lo sucedido. El jefe le dijo que llegaría a las 6am, o sea, a la hora normal. Cuando el jefe llegó, Bill le entregó las llaves y le dijo aquí está su changarro ái nos vemos. Entonces Bill y su esposa vendieron mucho de lo que tenían, incluyendo uno de dos carros, compraron una casa tráiler, la pegaron a su carro restante, y se vinieron a Tucson. Cuando le cuelgas una casa rodante de cierto peso a un carro que no está hecho para ese peso, dicho carro avanzará a menos de 80 kilómetros por hora. En lo plano. Y tuvieron que atravesar montañas. Bill me cuenta que llegar a Tucson les tomó doce días de manejar apenas parando para medio comer y medio dormir. “¿Por qué a Tucson?”, le pregunto yo. Bill me dice que hace ocho años ellos ya vivían aquí así que solamente se devolvieron. Pero devolverse les requirió todo el dinero que tenían, y por eso agarró la primera oportunidad de trabajo que se le presentó. Tan así, que cuando fue a la oficina de empleos lo mandaron directamente para acá y como lo tomó por sorpresa no había tenido tiempo de desayunar. Le ofrezco la mitad de una zanahoria que estoy por comerme justo en ese momento, pero la rechaza.

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Cuando no tiene una misión en concreto que cumplir, Bill camina por la tienda con los codos doblados y las manos ligeramente levantadas hacia adelante. A veces se para frente a mí con un rostro sin expresión determinada y me da la impresión de que me quiere decir algo, para luego de un segundo sólo sonreír. Le pregunto “What’s up?”, y moviendo la cabeza me dice que nada y continúa su rondín. A veces que estoy haciendo algo yo solo, como envolver mercancía o algo así, aprovecho para ponerme un audífono y oír música, que el country de la tienda ya me tiene…harto. Pero desde que Bill llegó me tengo que esconder si estoy en una misión en solitario. Bill parece no poder verme trabajar a solas porque siempre llega a ayudarme. Y envolver un caballito de madera entre dos personas puede ser algo medio enredoso. Así que a veces lo dejo en esa misión y me voy a la siguiente que tengo en mi lista. Nada contra su persona, es sólo que me gusta ese ratito a solas durante un día de trabajar en una tienda donde siempre hay gente preguntando cosas.

Pasa otro día y no veo que Bill coma. Le ofrezco una zanahoria y la rechaza de nuevo. Pero esta vez, me dice que sus dientes no están fuertes para comer cosas duras. Mientras vuelvo a guardar el puño de almendras que estaba a punto de ofrecerle, me cuenta que un tiempo trabajó como guardia de seguridad en una prisión en Maine. Me dice que tres presos le dieron una paliza. Y desde entonces tiene la dentadura floja y dolores en el cuerpo, sobre todo en la espalda. Y por eso es que empezó a usar marihuana como tratamiento. Y por eso tiene que tener especial cuidado a la hora de levantar cosas, y en su vida en general. No sé qué responder a su historia. No me atrevo a preguntarle por qué tres presos decidieron aporrear a un guardia de seguridad. El antagonismo del dúo preso-guardia me es evidente, pero no me imagino a nadie queriendo golpear al Buen Bill, a Billy Boy, a Billy the Kid. Chingao si yo estoy cuidándolo de que no trabaje demasiado. Bill me cuenta que está en proceso, por tercera vez, para que le den “disability”, lo cual significaría que recibiría atención médica y un sueldo como consecuencia de lo que le pasó en la prisión. Ya se lo han negado dos veces, pero está optimista de que ésta vez sí se la den. Yo vomito por dentro pensando en qué horrible proceso burocrático sería capaz de negarle disability a alguien que fue licuado a golpes en su lugar y horario de trabajo. El día siguiente llego con un bote de crema de cacahuate y algunas rebanadas de pan, pensando en la dentadura de Bill. Ésta vez él acepta y procede a hacerse un sándwich.

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Bill siempre llegaba más temprano que yo. Una mañana llego y no lo veo y me temo que haya decidido no continuar, como he visto hacer a muchos otros desde que empecé. Lo veo llegar dos horas después, todo agitado y expresando el mal humor de la manera que le es posible: las cejas levemente fruncidas y caminando un poco más rápido de lo normal. Sin decir nada va y se sienta a la misma esquina donde pasó la mayor parte del día de ayer para continuar con lo que estaba haciendo. Pone pegamento líquido en un cráneo roto de búfalo, y sostiene la pieza rota en su lugar hasta que el pegamento fije. Esto requiere que Bill no se mueva durante unos minutos, así como más paciencia de la que yo tengo y por eso estoy contento de que no me hayan puesto a mí a hacer eso. Tiempecito después voy con él, lo saludo, y le pregunto cómo está. “Se llevaron mi carro esta mañana. Salí y ya no estaba. Tuve que venir caminando”. What?! How?, le digo yo, pensando que se lo habían robado. Bill me explica que se lo llevó la compañía a quien se lo compró, por estar atrasado en sus pagos. Debe los últimos tres meses, que en dinero son unos $1200 dólares. $1200 dólares que Bill no tiene y dudo que vaya a tener pronto. Lléveme la chingada, Bill, ¿y ahora? Creo que sería menos pior que te lo hubieran robado. Bill habla con el jefe para reponer esas dos horas, y para decir que le pedirá prestada la troca de su hermana mientras encuentra una mejor solución.

Los días siguientes le digo a Bill en forma de recordatorio que ahí está la crema de cacahuate para cuando quiera. Sin querer sonar a que lo quiero obligar a comer, la verdad es que sí es así. Yo todo el día estoy echándome almendras, zanahorias y naranjas a la boca y aun así llego a casa directo a cenar. El penúltimo día de trabajo hacía un chingo de viento. La carpa de la tienda se movía de un lado a otro y a ratos me daba la impresión de que se iba a volar. Noté que Bill había traído sus audífonos, y me dio gusto pensar que estuviera alegrando su jornada con algo de música. Después de un par de horas lo noté intranquilo, checaba mucho su celular, y no parecía que fuera para cambiar de canción. Se para enfrente de mí pero, como acostumbra, no dice nada. Yo, también como acostumbro, le pregunto “What’s up?”. Excepto que ésta vez sí pasa algo. Me enseña la pantalla de su celular y me dice “El viento movió mi casa de su base”, y me muestra unas fotos que le mandó su esposa. La casa rodante se ve peligrosamente desviada de su base, y da la impresión de que se va a girar hacia un lado. Fuck, Billy, qué vas a hacer. Bill continúa trabajando un rato más pero es claro que su cabeza está en otro lado, y no es cosa menor. El viento no aminora. Minutos después, desde el lugar donde estoy veo a Bill hablando con el jefe, para después recoger sus cosas e irse con paso apresurado. Bill no volvería al día siguiente ni al siguiente, los últimos días de trabajo. Mientras escribo esto, pienso en qué tan factible sería ponerle globos a una casa y que el viento se la lleve lejos. Quién sabe, quizá Billy descansa en este momento en algún lugar de las montañas en Sudamérica, donde no necesite carro, no haya quién le cobre deudas, no haya quién lo lastime, tenga comida sana de sobra, y pueda fumar toda la marihuana que se le pegue la gana.

So long, Billy Boy.

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martes, 22 de mayo de 2018

Le Tour de Yaqui: Semana Santa en los 8 Pueblos Yaquis, ep. I

En memoria de Crzysztof Chmielewski y Holger Franz Hagenbush

Prólogo: en esta ocasión, "Perdido en Bici" se place de contar con la colaboración de una invitada especial, Karla Robles (https://www.instagram.com/karlatrobles/), socióloga con maestría en Ciencias sociales, feminista, amante de los animalitos y ciclista urbana, que con esta experiencia se estrena en el mundo de viajar en bici. Su texto está en color morado y grueso, el mío en negro estándar. Las fotos que no tienen mi marca de agua son de ella.


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Mi alarma esta mañana es el traqueteo de carros que transitan por una calle en mal estado, pero por más que busco el botón, no logro apagarla. Los carros no dejan de pasar. En un momento hasta me parece oír un tráiler, porque el ruido tardó mucho en irse. Todavía en el último nivel de sueño me pregunto qué rayos hace un tráiler en una calle del centro de un pueblo, pero me rehúso a abrir los ojos. Mi cerebro se despierta antes que yo para recordarme algo: estoy dormido en la cochera de la casa de alguien que no conozco. Y esta vez no estoy solo, esta vez he invitado a alguien a mis bicitonterías y para su mala suerte, me dijo que sí. Entonces me forzo a despegar los párpados, para evaluar en qué situación nos he metido a Karla y a mí.

Abro los ojos y veo el techo blanco de la cochera en la que decidimos pasar la noche. Me siento sin salirme de mi sleeping, y veo que la mañana ya lleva rato que llegó. La calle está a unos cinco metros de mis pies y pasan carros muy seguido, de todo tipo, los que llevan más prisa hacen más ruido porque caen en todos los baches posibles. Por la banqueta pasan algunas personas caminando. Una señora de paso apurado voltea a verme e inmediatamente gira su mirada a otro lado. Un perro con finta de que sabe exactamente a dónde va pasa sin voltear. Un señor que no lleva prisa se toma el tiempo de darme los buenos días, y yo ahí con mi cara de recién levantado. Qué digo levantado, si ni siquiera he salido del sleeping.

Volteo a mi derecha y veo a Karla. O eso creo, porque todo lo que veo es un bulto. Con el zíper del sleeping verde cerrado por completo y tapada de pies a cabeza da la impresión de ser una oruga gigante. Acerco un poco mi oído y oigo que la oruga gigante respira profundamente. Estamos en el suelo de una cochera de una casa extraña en un pueblo extraño con carros extraños que no dejan de pasar con su ruidazo, y ella respira profundamente. Y yo aquí preocupado de que Karlita no fuera a estar incómoda. Entonces oigo que detrás de mí se abre una ventana, y una voz femenina nos dice “Buenos días”.

Pero, supongo que habría que explicar cómo fuimos a dar aquí, ¿no?

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CÓCORIT 

Como todo transcurrir del tiempo, voy conociendo gente agradable, de la cual siempre aprendo, que admiro y trato de mantener en mi vida. Daniel es uno de ellos, él tomó la decisión de cambiar su “chip”, de cambiar su vida, de ir contra el sistema, de vivir y perderse en su bicicleta y ser feliz. Cuando lo pienso a él vuelvo a retomar la esperanza, que un mundo mejor es posible. Daniel aquí “Dani” lleva años arriba de su bici, visitando lugares preciosos, compartiéndonos lo que ven sus ojos por medio de fotos, lo que su cerebro recuerda, lo que siente y lo que aprende en historias escritas. A Dani le gusta tanto hacer viajes en su bici que todavía no termina uno cuando ya está planeando el siguiente, siempre lo dice, y efectivamente, todavía no llegaba de donde andaba cuando me invitó a recorrer los 8 pueblos Yaquis en bicicleta aprovechando que se aproximaba la Semana Santa, me pareció una idea maravillosa, ver de cerca las ceremonias desde su origen, en la comunidad Yaqui, en su espacio, yo acepté.

Los Yaquis o Yoemes (que significa gente) son uno de los grupos étnicos de Sonora, apegados a la religión católica pero con sus propias costumbres y tradiciones. Los Yoemes celebran la Semana Mayor o Semana Santa de manera distinta a los “Yoris” (los que no somos Yaquis, los blancos), la tradición marca que durante los 40 días de cuaresma se revive y rememora la vida de Jesús, su vida en austeridad y la confrontación de valores individuales y colectivos por medio de rituales sagrados y prácticas conductuales diferentes a las habituadas como, el ayuno, la abstinencia al placer carnal y el consumo de carnes y bebidas alcohólicas. Algunos de estos rituales representan las fuerzas negativas y positivas de la humanidad y transcurre en diferente intensidad, eso iban a presenciar nuestros ojos, eso íbamos a vivir nosotros, en nuestras bicis, ¡qué afortunados!

Ayer por la tarde salimos de Obregón con la misión de recorrer los ocho pueblos Yaquis y presenciar la celebración de Semana Santa en cada una de estas comunidades. Tenemos de miércoles a domingo, es decir, cinco días, para recorrer Cócorit, Bácum, Tórim, Vícam, Pótam, Rahum, Huiribis, y Belem, en ese orden. La distancia entre cada uno de los pueblos no es muy larga, y eso nos conviene mucho, teniendo en cuenta el tiempo que pasaremos asistiendo a la ceremonia en cada lugar.

Al llegar a Cócorit el sol ya se había metido, así que después de merodear un poco en la plaza principal, nos sentamos a comer un elote en una banca. Un señor en una bici de cuatro ruedas (¿cuatricicleta?) se nos acercó y nos preguntó de dónde veníamos. Le explicamos nuestros planes y al enterarse que no teníamos lugar para pasar la noche, nos ofreció su patio. El único detalle era que debíamos esperar hasta las 10 pm para ir a su casa, porque primero iría a darse una vuelta al billar. Nos explicó cómo llegar y se fue, y nosotros relajamos los ánimos, contentos de tener un lugar dónde quedarnos hoy.


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Resuelta la cuestión del hospedaje, nos lanzamos hacia el Konti que es la zona de Cócorit donde viven los yaquis. Cruzamos el canal y a partir de ahí todo fue solemnidad: hoy se conmemora la Noche de las Tinieblas, que no es precisamente un festejo, porque la tradición indica que hoy es el día en que los judíos deciden apresar a Cristo. También cambian un poco las reglas. Para empezar, no está permitido el registro gráfico de la ceremonia. En pocas palabras, está prohibido sacar cámaras, celulares y cualquier aparatito de esos. Esto, aunque ya lo sabíamos de antemano, es la mayor dificultad a la que nos enfrentamos Karla y yo. Deja tú el tener que ponernos pantalones (también es parte de las reglas no andar por ahí enseñando pierna), el no poder tomar fotos va a requerir que nos amarremos las manos, so pena de ser despojados de nuestros preciosos medios de registro fotográfico. Así que nos programamos para disfrutar como se hacía antes, viendo con los ojos directamente y sin pantallas de por medio.

El chapayeca

La prohibición de las fotos tiene su razón de ser, y me fue explicada en una visita previa a este lugar: dentro del ritual yaqui y mayo de Semana Santa, existe un personaje muy particular con el cual la gente de Sonora y Sinaloa está muy familiarizada: el fariseo, o “chapayeca”. Temido por muchos y respetado por otros, el chapayeca es prácticamente el actor principal de todo el escenario yaqui de Semana Santa. Con sus variantes de un lugar a otro, en general consiste en un ser cuyo cuerpo está cubierto con ropa de manta y lo que parece una cobija de esas de barbitas; cascabeles a la cintura y pantorrillas llamados “tenabaris” hechos de capullo de mariposa, y el rostro cubierto por una máscara de piel de animal (aunque en tiempos modernos parece haber una apertura hacia máscaras de otro tipo de materiales y de personajes de la cultura popular), y armado de una espada y un cuchillito hechos de madera y pintados de blanco con adornos de colores. El chapayeca es resultado del sincretismo entre las creencias yoemes y la religión católica, y representa al fariseo, al judío que abogó por la encarcelación y crucifixión de Cristo hace como dos mil años. El último día de la Semana Santa, todas las máscaras de los fariseos se apilan y se les prende fuego. Con la quema de máscaras, se queman también las deudas del hombre detrás de la máscara, y por ello no debe de quedar registro de ella, o el fariseo y todo lo que conlleva no habrán muerto, sino que permanecerá en la tierra, vivo.

Durante la cuaresma y la semana santa el chapayeca deambula por las calles del pueblo, con una posición encorvada y las rodillas ligeramente dobladas, inhabilitado de voz pero no de interacción con sus alrededores: se comunican entre sí y con la demás gente vía golpecitos a su espada, corretea a los niños que lo torean, y señala con el cuchillito todo acto de trasgresión a las reglas de semana santa: una gorra dentro de la iglesia, un reloj de pulsera a la vista durante una procesión, la bolsa de un pantalón que emite luz de una pantalla de celular…todo esto durante los 40 días que dura la Cuaresma más los de la semana santa, y generalmente, por tres años consecutivos. Pero de esos días, los últimos cinco son, para rematar, los más intensos. Y son precisamente esos cinco días los que nosotros vinimos a presenciar.


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La Noche de las Tinieblas

Al llegar al Konti, recargamos nuestras bicis en una de las paredes de la iglesia, y nos acercamos a la entrada. Es una pequeña sala rectangular, las luces están apagadas y lo único que ilumina es un triángulo de velas frente a un crucifijo de gran tamaño. Un hombre está parado frente a ellas diciendo unas palabras en yaqui, y a su derecha un grupo de mujeres con las cabezas cubiertas está cantando, también en yaqui. Detrás del hombre hay una fila doble de chapayecas que llega hasta mucho más allá de la entrada de la iglesia, y a su vez la fila es resguardada por otros personajes de la Semana Santa yaqui: los cabos. El cabo, según me explicaron, suele ser un aspirante a chapayeca, pero para ser chapayeca, hay que estar casado. Por eso los cabos suelen ser jóvenes, incluso niños. Ellos parecen estar encargados de que todo transcurra en orden, de que la gente dé el espacio necesario a los fariseos, y de que los fariseos no se aloquen demasiado. Visten pantalón y camisa blanca, con un chaleco y sombrero negros, y un pañuelo que cubre casi toda la cara, también negro. A diferencia de los fariseos, ellos sí pueden hablar, tanto entre sí como con la gente.

La mayoría de los chapayecas visten la máscara tradicional hecha de piel de animal, barbas largas y una expresión facial que parece el intento de sonrisa de alguien que no nació con ese instinto. Pero entre ellos también distinguimos a un Don Ramón, dos pitufos, un Chavo del Ocho, un Ché Guevara, un rockero, un jefe apache, un Homero Simpson, un Memín Pinguín... De alguna manera, la cultura popular ha permeado la tradición Yaqui (que de por sí ya era resultado de una mezcla) y ahora hay una serie de personajes sacados de cuentos provenientes de otros lados.

Los murmullos no dejaban de decir que ya iba a empezar, y de repente los tenabaris resonaban en la tierra, se sintió una energía muy fuerte, como si viniera hacia nosotros una parvada de soldados, y al fondo los vimos, a los chapayekas, y frente a ellos los “cabos” quienes se encargaron de formarnos, abriendo espacio, marcando una línea imaginaria de seguridad con sus machetes de madera, su presencia era tan fuerte y dominante que no te dabas cuenta que solo eran jovencitos de entre 12 y 20 años, hasta que veías sus ojos, llenos de vida, pero con ímpetu de Yaqui.

Dani y yo nos preguntábamos qué había y qué hacían ahí adentro que los hacía estar esperando tanto, me acerqué a una de las entradas por el costado, la iglesia era un salón grande, rectangular, con techos altos, con cuatro ventanas de vidrio con los colores de la bandera Yaqui, rojo, azul, amarillo blanco, nunca he dejado de preguntarme por la presencia de las mujeres de la tribu en las ceremonias, así que fue lo primero que vi y localicé, ahí estaban con sus faldas rosas, verdes, rojas, moradas, y sus rebozos de colores, con su piel de color puro, con sus grietas en la cara y sus ojos café claros, sentadas en el piso al frente, juntas, cantando en su lengua, con su vista fija al altar, sin que les haga falta el aliento, dirigí mi  mirada para ver lo que ellas veían, y entonces vi el “tenebrario” lo que parece un triángulo con muchas velas encendidas cubierto de ramas, y un hombre al frente rezando y recibiendo a los chapayekas.

A intervalos y después de una señal proveniente del señor frente al altar, los chapayecas tocan tres veces su espada con su cuchillito haciendo un clik clik clik y luego menean los cascabeles en un gracioso movimiento de cadera y hombros. La fila avanza, y los dos chapayecas que llegan al frente se tiran al suelo, se arrastran por detrás de las velas y de la cruz, y cuando salen por el otro lado, se van al final de la fila. Cada cierto tiempo el señor apaga una vela, que es lo único que me indica que el tiempo sí está transcurriendo y que no estoy atrapado en un mismo momento repitiéndose una y otra vez. Cuando noto que alguien hace algo distinto, le digo a Karla “Mira, ¡ya está pasando algo diferente!”, aunque 9 de 10 veces es sólo una falsa alarma y eventualmente Karla deja de hacerme caso. Hasta que por fin sí pasa algo diferente. Se apaga la última vela, cada chapayeca se hinca en el suelo, se quita la máscara después de haberse cubierto la cara con un pañuelo, y su respectivo padrino o madrina procede a darle de chicotazos en la espalda. Después de un par de minutos, todo vuelve a la normalidad. Con esto, Karla y yo damos por concluida nuestra noche.

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Montamos nuestras bicis y volvemos al otro Cócorit, donde todo está en calma. Son unos minutos después de las 10 pm, la hora acordada para llegar y seguimos las instrucciones que nos dio Humberto para llegar a su casa pero cuando llegamos al lugar indicado, todo estaba oscuro y era un poco confuso porque nos dijo que era la casa con una banca enfrente pero la banca estaba justo en medio de dos casas, una de ellas con cochera y la otra no. Así que tocamos en las dos puertas, aplastamos el botón de timbre, pero nadie salió de ninguna. Le sugerí a Karla ir al billar, parte para buscar a nuestro amigo, parte porque se me antojaba una cerveza. Así que fuimos.

Entrar al billar fue la clásica escena que vive todo el que entra a una cantina en un pueblo ajeno, pero sumado el hecho de traer dos bicis cargadas de cosas. Cinco o seis hombres se repartían entre varias mesas y una mujer estaba sentada sobre una de ellas, e iba y venía de la barra cuando le tocaba atender a alguien. Pero ninguno de los hombres era “nuestro” hombre. Karla y yo ocupamos la primera mesa de la entrada y pedimos una cerveza. Un tipo nos saludó desde la barra y le devolví el saludo, y pasó lo que pasa cuando le devuelves el saludo a un borracho: viene hacia ti. Pidió permiso para servirse de nuestra caguama en su vaso, y después intentó decirnos algo pero entre su lengua dormida por el alcohol y el volumen de la rockola no le entendimos nadita. El caballero canceló su intento de comunicarse y yo retomé mi intento de conversar con Karla, aunque ahora ambos (ella y yo) estábamos claramente incómodos por la presencia de nuestro nuevo compañero de mesa.

Cuando notó que la botella estaba vacía el señor hizo seña de pedir otra. Nosotros le dijimos que ya nos íbamos y mientras agarrábamos nuestras bicis la señora del bar nos preguntó si veníamos con Humberto. Lo cual nos confirmó que sí estuvo ahí.

No sé si sería mi perspectiva de vida, que siempre estoy atenta a las miradas lascivas, las insinuaciones y lo desagradables que me resultan, no pude dejar de sentirme incómoda, a pesar de mi deseo de querer disfrutar con Dani el triunfo de nuestro primer pueblo y nuestra primera ceremonia conquistada, pensar en eso me resultaba más molesto, a pesar de todo estaba contenta de estar ahí, en ese o cualquier lugar, decidí que nadie me arrebataría mi felicidad. La única mujer que atendía el lugar había aprendido la dura batalla de lidiar con hombres borrachos y necios, así que parecía ya adaptada, ahí mandaba ella, ¿cuánto tiempo le habrá tomado? ¿Por qué situaciones habría pasado?, no lo sabemos, pero cuando nos terminamos la cerveza y estamos a punto de irnos, se dirigió a nosotros diciéndonos si íbamos con Humberto, nos dijo que estuvo ahí y que mencionó que se tenía que ir porque recibiría a sus sobrinos que venían viajando en sus bicicletas, no desmentimos esa idea, al contrario nos pareció tierna, dulce y solidaria.

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Volvemos a las casas de la banquita blanca pero esta vez no tocamos ninguna puerta ni ningún timbre, aunque todavía me di el lujo de derribar un macetero de metal que hizo todo el escándalo que le fue posible. Pero nadie sale. Incluso desconecto el enchufe de la lámpara que ilumina la cochera, y Karla y yo procedemos entonces a acomodar las bicis, y luego acomodar nuestro tendido nómada en el suelo. Nos ahorramos la molestia de la casa de acampar y sólo echamos nuestros tapetes y sleepings al suelo y, contrario a lo esperado (por aquello de estar durmiendo prácticamente en la calle), a ambos nos llega el sueño muy pronto.

Ya casi no sentía mis pies y tenía la nariz helada, apuesto que si me veía en un espejo la tendría roja como siempre me pasa en invierno, pero en cuanto me metí al sleeping fue automática la calidez ¿qué demonios tenía ese sleeping y por qué no me había metido antes ahí?, no volví a saber de mí en toda la noche hasta que a la mañana siguiente sentí la presencia de alguien muy cerca de mí, era Dani cerciorándose de que respirara, me preguntó cómo había dormido con un tono un tanto preocupado, yo sentí como si hubiera estado en mi casa, en mi cama, con mi gatita a un lado, en ese momento descubrí que tenía una maravillosa habilidad, dormir profundamente en cualquier superficie o condición, una amiga me dice que es un súper poder, y ahora lo pienso así, tengo un ¡súper poder! recién descubierto en este tour. Creí que eran las cinco o seis de la mañana cuando vi la hora y eran las nueve, tenía la idea de despertar más temprano para no sorprender a los dueños de la casa.

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Me volteo hacia donde está la ventana y respondo el buenos días, seguido inmediatamente por una explicación apurada de por qué rayos estamos ahí. La voz femenina responde con un “¿Quieren café?”. Yo no tengo muchas reglas en mi vida, pero una de ellas es que siempre que me ofrecen café digo que sí (en mi vida ordinaria no lo tomo). Mientras Karla y yo intentamos quitarnos las caras de dormidos, la puerta se abre y salen la mujer de la voz y un hombre, y nos invitan a entrar. Mientras se sirve el café les contamos con más detalle nuestra historia y resulta que ella es hermana de Humberto, quien nos invitó a su patio anoche y a quien no volvimos a ver. Humberto vive en la casa de enseguida, y basta una llamada para que segundos después aparezca. Nos explica que efectivamente estuvo en el billar y sí llegó a su casa a la hora acordada pero se quedó dormido inmediatamente, y no despertó sino hasta hoy en la mañana.

Nuestros nuevos amigos nos hablan sobre la vida pasada, presente y futura en Cócorit; mucho después de haber vaciado nuestras tazas, Karla y yo nos lanzamos a la calle de nuevo.

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No podía estar más agradecida y contenta, superamos un día y empezamos otro con buenas energías, nos despedimos y nos bendijeron, no hay nada mejor que una bendición de alguien desconocido (excepto la de mamá) un deseo de otra persona por tu bienestar, por nuestro bienestar en los próximos siete pueblos venideros. Dani y yo recorrimos Cócorit con luz de día.

Cócorit se caracteriza por sus murales que principalmente son de aves endémicas de Sonora y especialmente de la región de Cajeme, así que dimos un par de vueltas para tomarnos fotos. Humberto nos comentó que le invertían y apostaban al arte y la cultura regional así que los murales estaban hechos por personas del pueblo o de Obregón.

Dani era el experto en rutas, poco antes había descubierto también mi incapacidad para ver los mapas, me parecen poco prácticos cuando estás rodeado de un montón de gente a la que le puedes preguntar, yo siempre he preferido a la gente, y esto tiene sus ventajas y desventajas; la ventaja es que estás en contacto directo con la comunidad, permite la interacción con las personas del lugar en donde estás  y de una u otra manera ya no eres tan desconocido; la desventaja, todos te dicen cosas distintas, así que combinábamos ambas, Dani veía las rutas en su mapa, yo le preguntaba a la gente.

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BÁCUM

La ruta que tracé por los ocho pueblos está (más o menos) planeada para usar caminos menores, tanto de terracería como pavimento, y usar lo menos posible la carretera internacional, que aparte está en reparación en muchos tramos. Las distancias cortas entre un pueblo y otro nos darían tiempo para presenciar las ceremonias que, como pudimos notar anoche, no son cuestión de sólo un par de horas, sino de un ratote que además no tiene una hora fija de inicio ni de final. Para llegar a Bácum seguimos un camino de tierra que va paralelo a un canal, pasando por campos de cultivo y donde rara vez nos pasa un carro.

Al principio era maravilloso, de lado izquierdo un canal escuchando siempre el correr del agua, brillando por el reflejo del sol, de lado derecho kilómetros de campos de cultivos, infinito color verde, pero después de media hora, una hora o más, por camino de tierra, con piedras filosas, el sol quemándote y “trocas” pasando echándote toda la tierra encima no está tan suave, lo que sí está suave es lo que se ve, lo que se disfruta, lo que descubres de ti misma, definitivamente lo volvería hacer muchas veces más.

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Tomamos la carretera y ya estábamos en Bacum, ese no era nuestro destino, lo nuestro era ir a la Loma de Bácum a apreciar las ceremonias, pero ya estábamos muy cerca, nos detuvimos en la iglesia para hacer “check point” y nos tomamos algunas fotos.

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Cuando llegamos a Loma de Bácum nos detenemos a unos metros de la iglesia y somos abordados inmediatamente por un par de hombres, quienes nos advierten que no está permitido tomar fotos ni video, mientras señalan a mi lámpara de bicicleta. Yo entiendo que la pudieran estar confundiendo con alguna cámara tipo Gopro, así que les muestro su función real. Ellos se van pero en su lugar se quedan un puño de niños, que inmediatamente empiezan a preguntar cosas una tras otra sin dar tiempo a escuchar ninguna respuesta mientras tocan todo lo que queda al alcance de sus manos, especialmente las campanitas y los cambios de nuestras bicis. Yo no tengo una tolerancia muy alta hacia los niños, mucho menos cuando se trata de niños tocando mi bicicleta y preguntando cosas. Karla y yo avanzamos hasta la iglesia entre voces infantiles que sugieren que juguemos unas carreras a ver quién llega más rápido. Una vez frente a la iglesia recargamos las bicis en la pared, y entramos. La iglesia es similar a la de Cócorit: blanca por fuera, una fachada sencilla, y un espacio rectangular por dentro, aunque bastante más grande. Observamos el austero templo mientras escuchamos que sigue sonando la campana de una de nuestras bicis, señal de que los niños no se han aburrido, y después de un ratito volvemos a salir. Aún no hay actividad, algunas personas se refugian en la sombra de los árboles, y nosotros hacemos lo mismo.

Según la tradición, Cristo es apresado hoy, y parece haber una actitud general de silencio. Un grupo de personas se arrodillan y rezan debajo de un techo de ramas y hojas al que llaman “ramada” y que es básicamente el centro de descanso de los chapayecas. La mayoría de ellos, si no es que todos, son hombres. Observamos un rato y después decidimos volver a Bácum para buscar un lugar para pasar la noche. Al llegar planeamos ir al río que habíamos visto antes, pero antes nos detenemos en un expendio por unas papitas y un par de cervezas. El señor del expendio nos pregunta qué andamos haciendo y cuando le mencionamos la posibilidad de acampar en el río, nos dice que hay un campamento cristiano justo a la orilla del río pero en otra zona del pueblo, que está lleno de casitas de acampar y hay puestos de comida. Karla y yo consideramos la oferta pero por ahora nos dirigimos al río, que ahora está plagado con carros y gente. Aún es de día, y la gente disfruta los últimos rayos de son para tomar unas bebidas refrescantes. Nosotros tendemos un tapete en el suelo a la orilla del río y hacemos lo mismo, aunque nos queda claro que este no será un buen lugar para pasar la noche.


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Después de una sobredosis de narcocorridos y gente que se nos acerca demasiado decidimos buscar el lugar que nos dijo el señor del expendio, y hacer el tendido para la noche. Llegar resulta fácil gracias a una serie de letreros y a que desde lejos se oye música. Al entrar sólo tenemos que empujar una reja y nadie nos cuestiona nada en absoluto. Buscamos un pedacito despejado, ponemos la casa, y vamos a los puestos a buscar algo de cenar y explorar el lugar en que nos hemos metido.

Había cientos de casas de campañas, baños, food trucks con luces hipsters, y música en vivo, sí, música en vivo cristiana, de inmediato buscamos un lugar, acto seguido el Dani se comió dos platos de menudo y yo unas quesadillas con frijoles.

El evento era algo así como un Woodstock, pero sin todas esas cosas que tú y yo sabemos que hubo ahí y que no hay aquí. Mientras cenamos toca una banda norteña pero sus letras tienen un claro mensaje de alabanza, con una música y voz que me recuerdan a los de Intocable. Le digo a Karla que seguro se han de llamar “Impecable”, porque pues, no tienen pecado, sin-pecado… ¿entiendes?... Y con esa mala broma llegamos a la conclusión de que es hora de irse a dormir.

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Los asistentes del evento no se desvelan mucho ni tampoco madrugan mucho, y esto me hace sentir un cierto agrado hacia ellos. A la mañana siguiente, mientras recogemos el tendido y nos auto-novateamos en el arte de preparar café de camping, podemos oír que alguien desde el escenario ya se está preparando para amenizar la mañana. Volvemos a desayunar en los puestecitos de ahí pero cuando a Karla la llaman “hermana” nos damos cuenta de que llegó el momento de retirarnos.

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Antes de agarrar camino de nuevo, pasamos por la iglesia de Bácum y les pedimos prestada la manguera a unas mujeres que (después nos dimos cuenta) estaban por cerrar la iglesia e irse. Nos damos un baño exprés y ellas pacientemente nos esperan afuera, y aparte de todo, nos regalan unos panes benditos y luego nos dan la bendición así como le hacía mi abuelita cuando íbamos a agarrar carretera para volver a Hermosillo desde Juárez.

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De nuevo nos encontramos siguiendo el camino paralelo al canal. A mí me encantan este tipo de caminos de terracería, pero siento que Karla no lo está disfrutando tanto. No la culpo. Su bici es una híbrida y las llantas son delgaditas (700x35), y por ello su cuerpo recibe todas las vibraciones del camino. Una rebotadera pues. Afortunadamente, creo que los alrededores están sirviendo de distracción.

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El camino hacia Tórim lo percibí como el más difícil, muchas piedras, mucha arena, mucho sol, mucho calor, aquí sentí mi cara secándose con la tierra y cómo ardía con el sol, me preguntaba qué demonios hacía ahí pudiendo estar en casa poniéndome unas mascarillas y viendo Netflix, totalmente relajada en mi semana completa de vacaciones, esto lo pensaba mientras  mantenía la cabeza agachaba, mientras veía la irregularidad del camino y sentía que mis piernas ya no podían más a pesar de ir más lenta que una persona caminando, inmediatamente cuando levantaba la cabeza y volteaba al frente y a mis alrededores yo sola contestaba a mi pregunta: “ah sí, ya me acordé del porqué estaba aquí y me repetía que yo era fuerte, que estaba creciendo, que en cada pedaleada me superaba, que mis piernas respondían, que estaba sana, que era un reto personal, que agradecía venir con Dani, que me agradecía por permitirme vivir estas aventuras inimaginables en otro momento de mi vida, que era el mejor momento para hacerlo, que estaba viviendo lo que deseaba, que los paisajes eran hermosos y no los hubiera disfrutado tanto de otra manera que no fuera esa”. Dani parecía tan relajado que cada pedaleada suya sentía que eran mil mías, cada tanto volteaba y sonreía, sentía que era señal de que no la estaba pasando tan mal como yo creía y me relajaba un poco al no sentir el estrés que yo misma me generaba intentando seguir su ritmo.

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Nos subimos al pavimento durante un rato y pasamos San José de Bácum por una carretera con poco tráfico, luego tenemos que agarrar tierra de nuevo. Antes de desviarnos nos detenemos bajo una sombra a descansar y nos echamos agua en la cabeza pal calor. Nos faltan sólo 10 km para Tórim pero es terracería y algunas partes están medio arenosas. A la mitad del camino pasamos por Chumampaco, una pequeña comunidad donde unos muchachos como de secundaria están limpiando una escuela, pero sólo nos detenemos para una foto en lo que parece ser la iglesia local.

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Antes de llegar a Tórim atravesamos un camino muy arenoso con campos de trigo alrededor, una patrulla se paró a preguntar lo que siempre nos preguntaban, y contestamos lo que siempre contestábamos, siento que la ventaja de nuestra respuesta nos protegía, tal vez nos percibían como dos mushashos con mucha fe católica, pero la verdadera motivación venía de nuestra curiosidad antropológica y el gusto por el cicloturismo combinados. Un San Judas nos dio la bienvenida a un pueblito con casas todavía construidas de adobe, donde se notaban las carencias y el abandono del estado, nos detuvimos un poco a mojarnos de nuevo la ropa y aprovechamos para tomar una foto de nuestras bicis en su iglesia que refleja perfectamente la vida y condiciones de ese lugar.

Al llegar a Tórim contacté a mi amiga Pati quien conoce bien las comunidades Yaquis, me había dicho que la contactara porque ella estaría por esos lugares, la casualidad más grande fue que decidí llamarle desde Tórim y estaba ahí, nos encontramos con ella y dejamos las bicis en la casa de las culturas populares, partimos a la ceremonia, era la procesión, nos advirtió sobre el purismo de esta comunidad, los espectadores no debemos traer ningún accesorio que se perciba como ostentoso en la procesión, Dani se quitó su reloj.

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La iglesia estaba en una loma, con ruinas frente a la iglesia y un valle a un lado de ella. Tórim fue donde hubo más resistencia Yaqui durante la conquista y donde se hicieron fuertes protestas armadas, aún conservan las ruinas de lo que fue el castillo militar. Nos formamos para salir, separan a hombres y mujeres en dos filas, no puede haber ninguna interacción, así que perdí de vista a Dani. Al frente de la procesión van los guardianes de la virgen, nombramiento que se da sólo en los días santos, detrás las autoridades también nombradas en la cuaresma, después el pastor de la iglesia y el presidente municipal quien pierde todo poder durante los días santos.

Durante el recorrido las mujeres podemos cargar a la virgen e írnos rotando como símbolo de peregrinación, decidí hacerlo para vivir toda la experiencia completa, solo tenía que ponerme enseguida de alguna mujer que la estuviera cargando y automáticamente significaba que seguía yo, las mujeres se acercan y me ponen un mantel bordado por ellas en la cabeza y una corona de tela con listones de colores, fueron unas cuantas cuadras cuando tocaba el turno a otra mujer, me sentí muy contenta de haber participado de esa manera, era otra yo.

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En la distancia veo que Karla y Pati cubren sus cabezas con un velo como el resto de las mujeres, y yo me quito la gorra como el resto de los hombres. Las mujeres se agrupan al centro de la procesión y los hombres nos repartimos en dos filas, una a cada lado del grupo de mujeres. Mientras caminamos, los chapayecas no dejan de juguetear como siempre. Con sus cuchillitos le hacen cosquillas en la nuca a los hombres, les indican que se quiten el sombrero si no lo han hecho, a uno le dan golpecitos en su reloj de pulsera y ya se me hacía que se lo quitaban (yo traigo el mío dentro de la bolsa gracias a la advertencia de Pati) pero le dieron chanza de guardarlo. Cuando me creo a salvo de la furia chapayeca, siento un piquete en la parte de arriba de mi pie: uno de ellos ha puesto la punta de su espada sobre mi pie izquierdo. Lo volteo a ver y me pongo nervioso, nunca había tenido a un fariseo tan cerca viéndome a la cara. Luego volteo al suelo y me doy cuenta que mi calzado desentona con el huarache tradicional que traen casi todos, pero para entonces el chapayeca ya se ha ido a jugar a otro lado.

La procesión da una vuelta por las calles del pueblo y vuelve a la iglesia. Al llegar veo que uno de los chapayecas se separa del grupo y se inclina en una sombrita, se quita la máscara, y después acuesta la mitad de su cuerpo, apoyándose en un codo. No se ve bien. Uno de los cabos se acerca a él y el chapayeca le hace señal de querer agua. La procesión duró cerca de una hora y yo no hice más que caminar con el sol en la cara y ya siento necesidad de agua, pero ellos llevan días, semanas bailoteando envueltos en cobijas con las caras cubiertas. El chapayeca caído se reanima y vuelve a su grupo, luego yo busco a las muchachas y volvemos al centro cultural, donde pasamos un rato platicando con Chayo, habitante de Tórim y amiga de Pati, sobre la costumbre Yaqui y los proyectos que tienen en Tórim.

“La Chayo” platicó que ella y un grupo de mujeres de la comunidad habían realizado un mariposario, un invernadero de mariposas, ante la escasez de tenabaris debían implementar acciones, los tenabaris son parte de la vestimenta de los chapayekas, se hacen con capullos de mariposas y es difícil de conseguir en estos tiempos, así que ellas mismas construyeron este mariposario, ambientado para que las mariposas puedan poner sus capullos y ellas poderlos usar para conservar sus tradiciones. Una pregunta que me venía haciendo ruido desde hace tiempo era sobre la adoración a la virgen maría y su hijo jesús, si los Yaquis fueron de las tribus indígenas que más se resistió a la evangelización, a quién adoraban antes de este acontecimiento?, “La Chayo” me dijo que antes sus dioses eran el sol, la luna y las estrellas, el sol como figura masculina y la luna femenina, y que ahora la tienen en su propia bandera, sin renunciar a sus ancestros, sus creadores, no pregunté más.

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Antes de que se haga muy tarde Karla y yo nos despedimos para seguir nuestro camino y hacer los otros 15 km que hay hasta Vícam, nuestro pueblo número cuatro de ocho. Un camino pavimentado nos saca a la Carretera internacional.

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El sol caía y yo cada vez me acostumbraba más a tomar el tiempo viendo el movimiento del sol, nos teníamos que mover, el camino fue hermoso, rodeados siempre de mezquites amarillos, con un pavimento que no estaba mal y poco afluencia de carros, y luego salimos a la carretera Obregón-Hermosillo.

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No habíamos comido gran cosa desde el campamento cristiano, así que al llegar a Vícam nos detuvimos en unos tacos y ordené unas quesadillas con frijoles, para mi sorpresa, los frijoles eran enteros, en caldo (¡qué rico!) con TOCINO (a una vegetariana no le gusta esto). Una vez comidos, nuestra siguiente preocupación era donde dormiríamos, cruzando la calle había un hotel donde decidimos pasar la noche, el hotel no era para nada como se lo imaginan, o tal vez como yo me lo imaginaba, era de paso, nunca había estado en un lugar así, con esa luz oscura y amarilla, en pésimas condiciones, con cobijas con una figura de un azteca mal dibujado y un baño con fugas de agua que resolvían con tape negro.


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Al menos no era la calle, ni tendríamos que invadir una casa, era seguro y podíamos descansar, decidimos no tocar nada o lo menos posible, volvimos a poner nuestros tendidos y a dormir. Mañana nos espera la Quema de Máscaras, que es, probablemente, la más atractiva de todas las ceremonias de la Semana Santa Yaqui.

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jueves, 19 de abril de 2018

"Dani, mi casa, teléfono." (De Nogales a Hermosillo, Sonora. 3-7 Mar 2018)




(Este episodio es continuación inmediata de uno previo, que se puede leer en este link )

Un comienzo tarde. Por qué siempre empiezo tarde. Porque no me gusta madrugar, claro está. Y porque me gusta tomarme mi tiempo desayunando. Y luego empaco todo como si fuera la primera vez que voy a salir a la bici. Sumado eso a la confianza de que hoy sólo tengo que hacer 70 km. Sé que la carretera está en reparación, así que quizá tome un poquito más de tiempo de lo normal, pero aún así, 70 km son relativamente fáciles (cualquier distancia de menos de tres dígitos ya me parece relativamente fácil). Me despido de Ivethe y mi nuevo sobrino Óscar, quienes me dan instrucciones de cómo agarrar la salida sur de la ciudad. Hombre, apenas empieza uno a encariñarse con gente cuando ya se tiene que ir.

El caos de Nogales se termina pronto pero el caos carretero también inicia pronto. Mi día básicamente consistió en pasar de tener tramos de la carretera nueva para mi solito, a no tener ni siquiera por dónde circular.

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Una verdadera patada en el trasero. Mi progreso se ve constantemente interrumpido por tener que estar buscando por dónde seguir. Pero de todo el tramo Nogales – Hermosillo (unos 350 km), este fue el único que por más que busqué, no pude encontrar una ruta alternativa. Al menos hasta Ímuris, no hay otra opción que no sea la carretera 15. Así que, Dani, de nada te servirá seguir maldiciendo, tienes que avanzar.

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Esta carretera lleva siglos (sin exagerar) en reparación. Yo no la uso tan seguido y ya me tiene harto, así que no me imagino cómo estarán los que la usan con frecuencia. Y, por el estado en que se encuentra, no creo que la vayan a terminar pronto.

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Cerca de las 6pm aparece Ímuris en mi horizonte y yo no podría estar más contento. Contento de salirme de este camino, y contento de visitar amigos en La Mesa, un poblado cerca de Ímuris. Es en este momento que viene a mi memoria la información respecto al…digamos…“jefe”…local que me dieron mis amigos cuando supieron que iba a venir. Antes de desplazarme hacia La Mesa, confirmo en mis notas el nombre de dicha persona y los nombres de las personas a quienes voy a visitar, en caso de que alguien quiera saber qué negocio tengo por ahí. Los 10 km entre Ímuris y La Mesa los cubro en modo contrarreloj, pedaleando a toda velocidad y sin parar, cuyo momento más memorable fue haber pasado por un vado con agua corriente y haber salpicado todo al mi alrededor. En mi cabeza se tomó una foto muy bonita.

Paso dos noches en La Mesa, las horas yéndoseme entre platicar y escuchar historias, jugar con un gato bebé, y comer naranjas del árbol del patio y tortillas de maíz hechas a mano. Lleno de agradecimiento, con ropa lavada y ánimo por continuar mi camino (¡estoy cada vez más cerca de casa!), me despido y remonto la bici, con la mira puesta en llegar a Cucurpe y con escala en Magdalena de Kino. 60 km que espero no me tomen el tiempo ni el tedio que me tomaron los 70 que hice para llegar aquí.

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Llegar a Magdalena fue cuestión de menos de una hora, y al entrar a la ciudad fui invadido inmediatamente por montón de memorias. Yo viví aquí de los 8 a los 12 años de edad, lo que fue de 4to a 6to de primaria. Me dirijo al centro por una calle donde reconozco casas de amigos, de maestras, zonas de juegos, banquetas que marqué con la pintura de mi patineta, mi escuela primaria…y luego la plaza central, con su catedral que en este momento se encuentra tomada por escuelantes que posan para su foto de graduación, tal y como yo lo hice hace 17 años. Busco una sombra y me cuelgo de una red de wifi abierta, que uso para reportarme con los seres queridos y actualizarme en los últimos memes mientras me tomo un jugo y como unas galletas que en La Mesa me regalaron.

Como intencionalmente, la ruta de salida hacia Cucurpe me lleva a una última dosis de nostalgia: la casa en la que viví en mis años en Magdalena. Le han hecho ampliaciones, pero sigue intacto el terreno baldío de enseguida, donde jugábamos en un cerro de tierra, donde mi hermana se espinó con un choya, donde una vez casi provocamos un incendio por tanta yerba seca, donde había mil bichos que luego se querían meter a la casa, y desde donde le tirábamos piedras a los camiones que pasaban (sólo recuerdo haberle logrado dar a un tráiler, afortunadamente la distancia era suficiente como para que la mayoría de nuestras piedras ni siquiera llegaran al pavimento…).

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Salgo de Magdalena hacia Cucurpe y el camino se pone guapo inmediatamente. Los sahuaros extienden sus brazos hacia el cielo por todo el horizonte, y paso por la presa a donde el papá de uno de mis amigos nos llevaba a pescar. Me pasa la idea de entrar, hasta de pasar una noche por ahí, pero quizá para otra ocasión.

La carretera está en muy buenas condiciones y a pesar de que no tiene acotamiento, tampoco tiene demasiado tráfico, los carros me pasan espaciadamente y a su distancia.

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Llego a Cucurpe a las 3pm. Paso un rato frente al palacio municipal y visito la iglesia, que por cierto tiene montón de escalones y no tengo idea cómo suben los viejitos que tienen intenciones de ir a misa. En el palacio municipal pregunto por algún lugar dónde acampar, y la que parece ser la única persona en funciones a esa hora me indica un área verde que pasé justo al entrar al pueblo. “Ahí puedes poner tu casa, hay baños públicos, y nadie te va a molestar, la gente aquí es muy tranquila.” Aún es temprano, quedan varias horas de sol y podría seguir andando, pero decido pasar la tarde comiendo papitas y haciendo nada en general, sentado en una banca viendo cómo el sol cae. Aquí fue cuestión de dos renglones, pero en ese momento fueron cuatro horas hasta que decidí cambiar de actividad y hacer el tendido. Dentro de uno de los baños del área verde encuentro un enchufe operante que aunado a mi flojera de poner la casa de acampar me hace decidir hacer de ese baño mi casa por esta noche. Es lo suficientemente amplio para mi bici y yo, y estaba sorprendentemente limpio para ser un baño público (puntos para Cucurpe), así que aprovecho la existencia de electricidad para cargar mis aparatos y editar algunas de las fotos que he tomado recientemente hasta que me da sueño.

El día siguiente empieza temprano (¡por fin!). Recojo mi tendido, desayuno en la misma banca de ayer, y luego empiezo a andar. Hoy por fin entraré en una zona que desde hace más o menos un año he querido explorar, una ruta de Cucurpe hacia el sur que según google maps promete terracería y algunos pueblos que jamás había escuchado su nombre ni mucho menos visitado. A pesar de ser carretera de buen pavimento y poco tráfico, me alegro y sonrío cuando veo que aparece el camino que busco.

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Que no hace más que mejorar a cada pedaleada que voy, si yo sabía que por algo esta zona me llamaba. Empieza la característica melodía que hacen las llantas al rodar por tierra, y yo no podría estar en mejor lugar, ni en mejor tiempo. Hasta siento que la bici se desplaza solita por el terreno, como si algo me jalara hacia adelante, como cuando mueves un imán sobre una mesa con otro imán por debajo, excepto cuando me detengo a admirar mis alrededores y a tomar fotos, que es muchas veces. Y bueno, ¿cómo no se va a detener uno?

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Voy concentrado en mi pequeño universo, disfrutando cada curva, parándome sobre los pedales en cada subida, y atacando cada bajada como si mi bici no viniera con un montón de peso encima, hasta que después de una curva donde iba especialmente rápido, algo, o más bien álguienes, me hacen apretar los frenos en seco.

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Ahí están, y no se mueven, sólo me observan. Cinco pares de ojos (y de cuernos), todos orientados en mi dirección simultáneamente. Desmonto la bici, no quiero asustarlas y que salgan corriendo, porque estamos en un lugar donde tanto ellas como yo sólo nos podemos mover o para atrás o para adelante. Así que después de pedirles que sonrieran para mi foto, las paso caminando por el lado izquierdo del camino, mientras ellas impasibles sólo me siguen con la mirada, haciendo el eventual movimiento de cola, pero nada más. Una vez que las paso, remonto y me despido sonando mi campanita, que supongo es un idioma que ellas entienden. El paisaje ha cambiado del que había cuando empecé este camino de terracería. Ya no hay sahuaros sino árboles sin hojas, y la tierra es roja.

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Tuape aparece. Lo indica un letrero de concreto a un lado de un panteón, y detrás están una iglesia y una escuela que está en el receso del día, con niños jugando en el patio. Me estaciono bajo el letrero para comerme unas galletas y una fruta, mientras chismeo el panteón.

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No me detengo mucho tiempo. El camino me lleva a pasar cerca de la escuela y saludo con un buenas tardes a los niños y quien supongo es el maestro, pero apenas obtengo respuesta. Sigo mi camino y al llegar a una bifurcación pregunto a unas personas por la dirección correcta hacia Merésichic. “Sigue el río”, me dicen. Un poco más adelante efectivamente se ve el río, al fondo de un pequeño cañón.

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El camino de tierra compactada y lisa cambia por uno de arena y piedras pero muy pedaleable la mayor parte del tiempo. Claramente estoy en lo que sería el cauce del río en sus mejores días. Varias veces se vuelve necesario atravesar el agua, aunque al ser de poca profundidad la puedo cruzar pedaleando agarrando vuelito.

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Después de algunos kilómetros llego a un letrero de concreto como el de Tuape que anuncia que he llegado a Pueblo Viejo, se ve aún más pequeño, pero no me detengo y sólo sigo un poco más hasta que aparece otro letrero del mismo estilo, esta vez anunciando Merésichic (los locales lo pronuncian “Meresíshi”, con énfasis en la primera i).

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Son como las 3pm así que ya es hora de comer. Me aferré a traerme las dos latas de atún con las que salí desde Tucson pero también me aferro a hacer todo lo posible por no comerlas (¿Entonces pa’ qué las traes nomás paseando Dani?). Me acerco a dos personas, un joven y un señor, que están afuera de una casa viendo el motor de un carro y los saludo. El señor se acerca y me pregunta qué ando haciendo, yo le explico y luego le pregunto si sabe algún lugar por aquí donde vendan queso, que desde hace rato se me venía antojando un sándwich de queso con una salsita que traigo en algún lado de la alforja izquierda. El señor en vez de decirme a dónde ir me dice que él me invita a comer, y que pase a su casa. En el porche nos encontramos con su esposa, y el señor le pregunta si puede poner a hacer unas quesadillas. Nos acomodamos en la cocina y mientras el señor se rifa un café de talega, veo cómo la señora echa un montón de quesadillas al comal, por lo cual asumo que ellos también van a comer.

Pero no. Minutos después las pone todas en un plato y me lo pasa a mí. Yo le digo que son un montón pero ella dice que ellos ya comieron, así que no me queda más que echarme un clavado a la alberca de tortillas de harina con queso derretido y frijoles (Lo siento. De nuevo, no hay foto, pero son unas quesadillas, no cuesta mucho imaginárselas). Supongo que después de todo no eran tantas, porque me las comí todas al mismo tiempo que conversábamos. El señor es jubilado y trabajó muchos años en la construcción de caminos y carreteras en Sonora. Se conoce cada camino que le menciono que he recorrido dentro del estado, y me da información sobre otros que planeo conocer. También me confirma que, como yo lo pensaba, no es posible ir de Nogales a Ímuris por otro camino que no sea la Carretera 15. Nos despedimos después de casi dos horas de plática y yo les agradezco y los amenazo con regresar por más quesadillas con frijoles como excusa para volver a hacer este camino que tanto me está gustando.

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Con el tanque lleno y el entusiasmo de estar cada vez más cerca de casa, pedaleo con ganas y sólo me detengo para hablar con un señor a caballo que me platica sobre los ranchos de alrededor. Definitivamente tengo que volver y explorar más esta zona. Me toma poco tiempo llegar al siguiente poblado, Opodepe. Este lugar tiene finta de ser más grande que los anteriores, así que me meto a explorar tantito. Primero ruedo sin rumbo por calles angostas y luego le pregunto a un muchacho cómo llegar a la iglesia. Al llegar a ella noto que está cerrada pero creo que hasta ahorita es la que tiene la fachada más detallada.

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Después voy a la plaza y me encuentro con un mural que me gustó para una foto de la bici, y mientras saco la foto sale un señor de un edificio de gobierno quien se presenta y después de informarse de qué ando haciendo, me pregunta si necesito algo por el momento y me ofrece hospedaje para cuando quiera volver a pasar por ahí. Yep, definitivamente tengo que regresar.

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Saliendo de Opodepe el camino deteriora, y mucho. Al ser más traficado que el tramo anterior, está lleno de permanentes y mi bici y todo lo que ella carga rebota de un lado para otro, incluyendo mi trasero. Me faltan 30 km para llegar a Rayón, mi objetivo del día, y me quedan unas dos horas y media de luz. En un terreno en mejores condiciones eso no sería problema, pero aquí, donde todo brinca, cuesta mantenerse a 10 km por hora. Después de un rato puedo sentir una ligera comezón en una nalga, sensación que reconozco como una incipiente rozadura. Pero no quiero detenerme. Quiero llegar a Rayón antes de que se meta el sol porque aún debo buscar dónde pasaré la noche. Además, entre más pueda avanzar hoy, menos tendré que hacer mañana, y yo mañana quiero cenar en mi casa, después de más de dos meses fuera. Si llego a Rayón hoy, mañana sólo me quedarán 105 km hasta Hermosillo.

Llego a Rayón a las 7 pm, después de haber hecho 90 km desde Cucurpe. Estoy lleno de tierra, mis muslos se sienten pesados, la comezón en la nalga ha pasado a ser un pequeño ardor, y en general me siento bastante destruido, sobre todo por esos últimos 30 km. Yup, esos no se me antojan hacerlos de nuevo. Pero ya estoy aquí, hora de resolver el asunto ese de “dónde voy a pasar la noche”. Un muchacho en un expendio se acerca y me saca plática, y cuando le pregunto si hay oficinas municipales o policía para ir a preguntar por un lugar para acampar, me dice que lo espere para que haga una llamada. Minutos después vuelve y me dice que me puedo quedar en casa de su papá, que tiene una tienda y mucho patio. Sigo sus instrucciones y llego a una tienda, y al entrar me presento con quien supongo yo es el papá del muchacho del expendio. El señor atiende su negocio desde detrás de un escritorio y todos los que entran le hablan con familiaridad. Ya un poco más tarde cuando se despeja de gente es cuando empezamos a platicar en forma mientras él pone una cafetera y comemos pan dulce de cochito. Se presenta como Héctor, con él trabaja un muchacho joven, y me acabo de dar cuenta de que no recuerdo su nombre, así que lo llamaremos César. Cruzamos el patio invadido por gallinas y pichones y me ofrece un cuarto enseguida del de César. Mientras él y yo nos preparamos para dormir platicamos un poco sobre nuestras vidas. Ya que estamos acostados, oigo que César pone unos corridos en su celular. Uno de ellos empieza con un tipo amenazando a otro para que “retire a su gente” o le va a desaparecer hasta a sus mascotas. Definitivamente no es ninguna canción de cuna y no estoy seguro de que sea buena idea que esa sea la última información que llega al cerebro antes de dormirse. Cuando se termina la canción César me dice “Qué pesado está el X, ¿vedá?” (No repetiré el nombre por no hacer promoción), yo no tengo idea de quién está hablando, aunque asumo que es el personaje de la canción que se acaba de terminar. Le digo que no sé quién es el X, y él me explica que es un narco de no sé qué parte de México. Yo respondo con algo que suena como un mugido y no pregunto más, la verdad es que sólo quiero dormir pero no logro acomodarme y cada vez que me muevo, la base de la cama hace un ruido que me vuelve a despertar.

Muy temprano suena una alarma viviente, un gallo que suena como si estuviera parado encima de mí gritándome a la cara. César se despierta y empieza a hablar como yo le hablo a mis perritas, resulta que el gallo vive dentro de su cuarto, le pide que se calle y se vuelve a quedar dormido. Yo logro dormir un poco más pero después ya no es solamente ese gallo el que canta sino todas las aves que viven en el patio, y no queda más que levantarse. Mientras nos alistamos se escucha de nuevo el corrido que cerró el día anterior, linda manera de empezar el día. César sale de su cuarto ya vestido con el gallo alarma en sus manos. Me explica que era un gallo de peleas que le compró a un amigo cuando el gallito se quebró una pata en una pelea y ahora él lo quiere tener para crianza. Tiene nombre y cuando César lo dice en voz alta, el gallito reacciona con cacaraqueo y volteando a todos lados. Salimos hacia la tienda donde Don Héctor ya tiene una cafetera sobre la estufa y una bolsa de pan dulce, y desayunamos mientras me hace una oferta de trabajo que no puedo revelar por ahora pero que juro que es 100% legal (“Si Dani no va al trabajo, el trabajo va a Dani.”)

A las 10 am me despido y empiezo lo que debería ser mi último día de pedaleo, el día en que vuelvo a casa después de dos meses fuera (¿cuántas veces he dicho eso?). 50 km desde Rayón a San Miguel de Horcasitas con un trecho de terracería, y 60 de ahí a Hermosillo, todo pavimentado. El trayecto empieza con un tramo pavimentado y casi sin tráfico.

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Y después de un rato hay que dar vuelta a la derecha y tomar un camino de terracería que me dijeron que está mejor que el último tramo de ayer y que espero sea verdad, porque la rozadura disminuyó con el baño y durante la noche, pero aún está sensible.

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El camino está bien bonito, aunque no entiendo por qué hay tantas subidas si se supone que Hermosillo está a menos altitud que Rayón. Esto empeora la ansiedad que ya de por sí siento por llegar a casa, que no la había sentido sino hasta que recordé que ya estaba cerca de casa. Entre más cerca, más ansioso por llegar. Intento ir más rápido pero me doy cuenta de que aún no me he recuperado de la jornada de ayer, y simplemente no estoy rindiendo. Las subiditas me cuestan más y me hacen maldecir en voz alta, alternando con “¡Qué bonito!” cuando veo algo, pues, bonito.

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Cuando tienes una distancia de 60 km por delante, y vas a 20 por hora, calculas que llegarás en tres horas. Una hora después te faltan 40 km, pero por cualquier razón, ahora tu velocidad es de 10 por hora. O sea que, ahora estás a 4 horas de tu destino. O sea que, ahora estás más lejos que lo que estabas cuando empezaste. Ahora, si insertas ese pensamiento en la cabeza de un tipo agotado, que ya quiere llegar a casa pero ahora la ve más lejos que al inicio del día, y que aparte de todo, tiene una rozadura en la nalga, quizá se pueda uno imaginar mi situación emocional. Con un camino que no deja de ascender (al menos para mi impresión) y que por lo tanto no me deja retomar velocidad, llegar a San Miguel de Horcasitas parece tomarme todo el día.

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Llegando al pueblo me estaciono frente a la iglesia y me echo una siesta tirado en el suelo. Debería estarme moviendo. Son las 2 pm y aunque el resto del camino es pavimentado, todavía me faltan 60 km hasta Hermosillo. Para autoanimarme un poco, me dirijo a la tienda donde veo que un señor estaciona su caballo, compra una soda de tres litros, y luego cruza la plaza de nuevo con su soda en mano y su caballo haciendo el clak-clak de las herraduras sobre la calle. Me compro unas papitas y un clamato y se dan las 3 de la tarde. Debería estarme moviendo. Me forzo a mí mismo a remontar y agarrar camino pero se siente parecido a cuando ya estás lleno y por cualquier razón tienes que seguir comiendo: empezó como una actividad placentera y deseada, pero ahora quieres parar, o sabes que vas a vomitar. Eventualmente paso un cúmulo de casas con un expendio y en mi distracción no me doy cuenta de que hay un tope. Mi bici lo brinca como puede pero unos metros más adelante percibo esa sensación pesada que conozco más que bien. Me detengo y miro la llanta de atrás para confirmar que me ponché, probablemente por la manera brusca en que pasé el tope. Justo lo que me faltaba, una descompostura. Una descompostura que en ocasiones pasadas para evitar llegar demasiado tarde al trabajo he podido arreglar en diez minutos. Pero aquí, fue igual que si se me hubiera partido la bici en dos. Pondero mis opciones. La más obvia es, por supuesto, parchar la llanta. Pero si no estoy de ánimos de pedalear, mucho menos lo voy a estar de quitar toooooooodo de encima de la bici, buscar el agujero, buscar qué lo causó, parchar el agujero, y luego hacer todo el proceso inverso. Intento pedir raite durante quince minutos, pero pasan pocas trocas y de las que pasan ninguna se detiene. Son casi las 5 de la tarde y el sol claramente ya está cayendo. Aún a 30 km de la ciudad, no hay manera de que llegue pedaleando a casa antes de que oscurezca. Así que camino con mi bici lisiada al expendio, donde atiende un muchacho que se entretiene en su teléfono. Le presento mi situación y le pregunto si puedo hacer una llamada, porque mi celular, que ya venía fallando desde antes, ahora simplemente ha dejado de registrar señal. Marco el número mágico, el único que no debes nunca jamás olvidar. El número que conecta con la más grande sensación de seguridad, con el refugio de todo lo extraño del mundo exterior. Un par de tonos después contesta una voz más que familiar, que mi cerebro asocia con el rostro que me propuse vería hoy y con el que iría a cenar algo que a los dos nos guste. Al oír su voz, siento cómo mi barba desaparece, me vuelve a crecer cabello, me vuelvo más bajito, se me aclara la piel, me enflaca el cuerpo, se me disminuyen las ojeras, y se agudiza mi voz en el momento preciso en que la uso para decir, “Hola mamá, ¿puedes venir por mí?”.

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Ruta realizada en este relato: