lunes, 6 de enero de 2020

Iglesias, chanclas y queso: pedaleando el río San Miguel en Sonora

Karla y yo habíamos planeado explorar una ruta que lleva rato en mi lista de pendientes: conectar Naco, en la frontera México-EEUU, con la ciudad de Hermosillo vía mayormente caminos de terracería, como parte de un proyecto que suelo llamar “La Ruta Trans-Sonora”, que sería una forma de cruzar el estado mexicano de Sonora de norte a sur, ofreciendo una continuación de varias rutas en los EEUU tales como la Great Divide, el Arizona Trail, y la más reciente Wild West Route. Esto se podría, eventualmente, conectar con la también recientemente publicada Ruta Trans-México, la cual hasta ahora asume que antes harías la ruta Baja Divide en Baja California. Aunque no sé por qué alguien desaprovecharía la oportunidad de hacer la Baja Divide, la idea es poner otra opción en el menú, y pues, Sonora es mi estado hogar después de todo.

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Pero semanas antes de nuestro comienzo, oímos la noticia de que una familia de mujeres y niños fue atacado por un grupo armado en un camino cerca del área que teníamos planeada explorar. No supimos qué pensar al respecto, la información que se difunde de eventos como este siempre es de muy variado carácter y origen, pero mucho contra nuestra voluntad, decidimos mejor hacer una ruta que yo había recorrido antes, empezando en la ciudad fronteriza de Nogales y zigzagueando hacia el sur por un poco más de 300 km hasta la capital del estado y nuestra ciudad de residencia, Hermosillo.

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La ruta para salir de Nogales es un horrible inicio debido al caótico tráfico urbano pero logramos salir y pedaleamos 60 km en una carretera con acotamiento, tramo que hasta ahora permanece inevitable porque todo alrededor es propiedad privada o no existen rutas alternativas. Después de Ímuris finalmente tomamos caminos secundarios y llegamos a Magdalena de Kino, uno de los dos pueblos mágicos de Sonora. Cada año en septiembre, peregrinos de varios puntos de la región vienen a visitar a San Francisco Javier, el santo patrono, quien tiene una reputación de cumplir milagros. Su escultura está acostada dentro de una capilla y se dice que si logras levantar la figura tu alma está limpia, pero si batallas o no puedes hacerlo, pues, quizá debas buscar dónde está el confesionario más cercano.

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Aquí nos juntamos con Daniela y Lenin, de Ciudad de México, quienes han estado viajando desde Tijuana después de asistir al Bike! Bike! de este año, un evento que reúne a colectivos ciclistas y talleres de bicis sin fines de lucro. Lenin es ingeniero electrónico y pedalea en chanclas, con una jarana atada a un lado de la parrilla y una alforja en el otro. Daniela, periodista y bicimensajera, ni siquiera estaba pensando hacer un viaje cuando se fue a Tijuana y sólo se había llevado su bici, pero después del evento se hizo de dos alforjas y decidió explorar el estado de Sonora por primera vez.

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Karla y Daniela se habían estado siguiendo mutuamente por Instagram desde hace tiempo, así que cuando surgió la oportunidad de viajar juntas hizo falta decir muy poco más. Les mostramos el tipo de ruta que estábamos haciendo pero les dijimos que, aunque no era lo ideal, no sería imposible para sus llantas flaquitas, sólo pequeños parches de arena aquí y allá. Además, la alternativa es una carretera de 200 km en línea recta donde no hay mucho más que ver aparte de carros.

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La mañana siguiente salimos de la ciudad y una carretera poco traficada nos lleva a Cucurpe, el primero de una serie de pueblos en las márgenes del río San Miguel que fueron fundados en la mitad de los 1600´s por misioneros jesuitas con el propósito de convertir al catolicismo a los nativos Tehuima. Con las lluvias recientes el río está crecido y los cerros están vestidos de verde. Cuando salimos del abarrotes vemos que un grupo de niños con uniforme escolar están amontonados alrededor de nuestras bicis tocando las llantas gorditas; nos ofrecen rellenar nuestras botellas, lo cual hacen de los bebederos de la escuela, y luego instalamos nuestro campamento en el centro comunitario.

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La mañana siguiente empacamos nuestras bicis y pocos kilómetros después de Cucurpe entramos al mundo de lo no pavimentado: el sonido del caucho aplastando la tierra; el tintineo del equipo de cocina dentro de alguna mochila; y además de vacas, absolutamente cero tráfico. Yendo arriba y abajo en un camino hermoso en un día hermoso, pienso que no hay otro lugar en el que quisiera estar en este momento. Algunas horas después llegamos a Tuape, un pueblo de unas pocas casas, una plaza y una iglesia, donde los niños están saliendo de la escuela. El único maestro de la escuela está a cargo de todos los niveles de 1ro a 6to, con un par de niños en cada grado, y todos ellos dentro del mismo salón. Los niños ofrecen rellenar nuestras botellas de agua, supongo que debe ser tradición de estos rumbos. Después de comer en la plaza, continuamos el andar en un camino que va a los cerros y vuelve al río varias veces a través de una serie de cortas e inclinadas subidas y bajadas.

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Distraído por las vistas del camino adelante de nosotros no alcanzo a ver una roca puntiaguda que hace que mi bici se vaya de lado y me arroja colina abajo, pero unos movimientos tipo breakdance me salvan a mí y a mi cámara, la cual traía colgando en la espalda, de azotar contra un montón de piedras. Me levanto y para mi sorpresa nada me duele, pero alcanzo a oír un ligero zumbido proveniente de la llanta delantera. Levanto la rueda y Karla la pone a girar y después de unos minutos de suspenso, el sellador tapa la ponchadura y mi llanta está a salvo. Recojo del suelo la bolsa de asiento, reemplazo las correas rotas por unas nuevas, enderezo el manubrio, me pongo un pañal nuevo y continúo el camino. Más tarde acampamos en un bosquecito de mezquites, de donde recogemos leña para hacer una fogata que incentiva la conversación hasta pasada la medianoche.

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Ya salido el sol recogemos el campamento y pedaleamos hacia Meresichic con nuestras mentes puestas en encontrar un desayuno regional típico, ya que los pueblos de por aquí son conocidos por su queso. Nos cruzamos con dos vaqueros que nos dicen que preguntemos por Doña Chichí y al llegar al pueblo nos dirigimos a su casa, donde nos atiende con chilaquiles, frijoles, huevos y café de talega. Ya con los estómagos llenos continuamos hacia Opodepe, donde las autoridades locales nos ofrecen un lugar para pasar la noche al expresar su preocupación de que acampemos en el monte. Este camino le saca la vuelta al retén militar sobre la carretera principal, así que los carros que escuchamos anoche probablemente no llevaban quesito. Aceptamos su invitación y pasamos el resto de la tarde probando los cítricos locales y reportándonos con nuestras mamás en el wifi de la biblioteca pública.

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El siguiente día nos lleva a Rayón a través de un camino que se deteriora un poco y hace que nuestros amigos de llantas flaquitas tengan que empujar por la arena, pero ambos expresan estar contentos con haberse venido por aquí. Lenin habla sobre su idea de conseguirse una bici de montaña y hablamos sobre distintos tamaños de rueda. Sí, únete al lado oscuro, pienso para mis adentros. En un punto uno de los tornillos que sostiene la parrilla de Daniela se rompe, dejando la rosca adentro del agujero. Lenin y yo nos repartimos sus alforjas y cuando llegamos a Rayón Daniela consigue unas abrazaderas para que la parrilla pueda llegar hasta Hermosillo. El dueño de la tienda nos invita una ronda de café de talega y pan dulce, la cual aceptamos alegremente. 

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Cuando nuestras tazas están vacías le pisamos al pedal para hacer los últimos 40 km del día, rodando sobre pavimento de aquí en adelante. Mi ruta original añade otros kilómetros de terracería pero decidimos darles un descanso a las bicis híbridas e irnos a Ures, un pueblo al cual irías por tamales y pan dulce un domingo después de misa. El último trecho de nuestro viaje de vuelta a casa (al menos para Karla y para mi) se define por varias horas de pedalear en una carretera muy angosta y traficada, que sirve de recordatorio de por qué tiendo a mantenerme alejado de caminos pavimentados. De repente llegamos a un semáforo, el primero que hemos visto en días, indicando que hemos llegado a Hermosillo, marcando así el fin de un viaje memorable, y el inicio de la planeación del próximo.

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FIN

domingo, 3 de febrero de 2019

Mi novateada en el Arizona Trail (Grand Canyon a Flagstaff, EEUU, 27-29 Oct 2018)

Este relato es una continuación, el episodio anterior se puede ver aquí: ¡Hacia la Nación Navajo!


Me despido de mi amigo. Hemos estado pedaleando juntos por más de tres semanas y después de los primeros 10 km en el Arizona Trail decide que esto es demasiado para él y no cree que su bici vaya a seguir en una pieza por mucho tiempo. Ha tenido problemas con su bici desde el día 1. Así que después de quedar de acuerdo de reunirnos en Flagstaff en un par de días, se devuelve a la carretera, y yo continúo en la angosta línea entre los pinos que es el Arizona Trail (AZT).

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Después de partir caminos con mi compañero de ruta, continúo pedaleando, luego un momento después me cruzo con un caminante que tiene finta de haber estado en el AZT por mucho tiempo, salvo por su cara afeitada al ras. Le digo “hola” y él rápidamente procede a preguntarme cómo llegué ahí. “Eh… ¿cómo llegué al Arizona Trail?”, le pregunto, no entendiendo bien a qué se refiere, “He estado siguiendo mi GPS”. Luego pasa a una sesión de reniego, hablando alto y con malas palabras incluidas, acerca de estar perdido en el mismo tramo por las últimas dos horas debido a la falta de señalización. Yo me pregunto cómo es que él llegó aquí sin GPS para empezar, pero decido no externarle mi duda y sólo le muestro el mapa en mi celular. Él menciona haber estado en tal y tal lugar, lo cual me indica que está familiarizado con el Trail, luego me agradece y continúa su camino, y yo hago lo mismo. Mientras pedaleo empiezo a asimilar que estoy, por primera vez en semanas, pedaleando en solitario y que depende de mí y nadie más el decidir avanzar o parar. Estoy disfrutando tanto esta sensación junto con la mezcla de terracería y single track que sólo quiero rodar lo más que pueda e ignoro el hambre, sólo comiendo galletas en las pausas que hago para tomar fotos. Me mantengo en movimiento hasta que me doy cuenta que estoy chocando con piedras en el camino más seguido de lo normal porque ya no puedo ver bien, el sol ya se ha escondido. Hago acampada a unos metros de distancia del Trail, prendo una fogata, e intento compensar por lo que no comí durante el día.

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Mientras estoy comiendo, la soledad se asienta en mí. No tengo a nadie con quien hablar, ninguna voz más que la mía, ningún ruido salvo el crepitar del fuego y el sonido de mi masticar. Y me encanta. Mi mente empieza a juguetear con pensamientos largamente pospuestos y reflexiono cómo unos años antes, estar solo casi me hace regresar a casa durante la tercera semana de mi primer viaje largo en bici, incluso tras años de estar soñando con ello. Sin embargo, estar solo se ha convertido en una de las razones principales para volver a viajar. Y ahora heme aquí, agradecido de no tener a nadie alrededor. Al principio brinco y reacciono a cada ruidito, sólo para darme cuenta de que es el sonido de mi chamarra o el silbar de mi propia respiración porque hay algo obstruyendo mi fosa nasal. Mientras leo frente a la fogata una pequeña luz aparece en la distancia escondida entre los árboles: ¿otro caminante? ¿algún vehículo? ¿un coyote? Mi gusto por leer historias de terror no ayuda para nada. Pero después de un rato la luz se vuelve más grande y resulta ser la Luna llena saliendo de su escondite. “Estás algo tarde, ¿no lo crees?”, digo en voz alta para dejar salir los nervios. Me río de mí mismo y me voy a dormir.

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El día siguiente pasa mayormente pedaleando de subida hacia una montaña con el pico nevado que se levanta en el horizonte. El camino es un poco más agreste que ayer y me grito a mí mismo por mi inhabilidad para sacarle vuelta a las piedras, en vez de estrellar mi llanta frontal en ellas. Jamás he hecho bici de montaña, y una década de calles llenas de baches en mi ir y venir diario parece no ser suficiente.

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Según voy ganando altitud, el camino se convierte en single track y los pinos empiezan a crecer más pegados unos a otros. Contrario a ayer, hoy son apenas las 3 de la tarde y ya estoy exhausto. Me esfuerzo por un rato más y a las 5 pm decido dar por terminado el día y acampo rodeado por un bosque que parece haber estado en llamas hace no mucho tiempo: los árboles están básicamente carbonizados de la superficie, aunque aún viven. Por esta razón decido no hacer fogata y cenar lo que sea que no necesite cocinarse. Acomodo mi casa de campaña con vista directa a las montañas San Francisco, y la hermosura de esta vista me hace comprender por qué varios grupos nativos distintos consideran este un lugar sagrado. Con el sol ya escondido, la temperatura está bajando rápidamente así que me meto en mi sleeping con la intención de leer un poquito, pero todo lo que logro es quedarme dormido con la lámpara prendida en mi cabeza y los lentes puestos.

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Horas después me despierta el ruido de mi casa de campaña y afuera aún está oscuro. El viento está soplando y me siento como si estuviera dentro de una bolsa de mandado siendo sacudida, pero me rehúso a salir de mi sleeping hasta que el sol salga, así que sólo me quedo ahí acostado con mis ojos cerrados pensando que estoy a sólo 11 km del punto más alto de la ruta y de ahí deberían ser 35 km de bajada hacia Flagstaff. Un par de horas después, tras comer y empacar, le doy gracias al lugar que fue mi casa por una noche y vuelvo al camino, un continuo zigzagueo entre un espeso bosque de árboles Aspen donde a veces mis manubrios apenas la libran para pasar entre ellos. Algunos de los árboles han caído sobre el Trail y decido que es más fácil para mí sacarles la vuelta que levantar mi bici. De repente desde atrás de mí aparece un tipo en una bici de montaña y dice “¡Sólo tienes que brincarlo!”, pasa fácilmente por encima del árbol caído y continúa su camino, para no volver a ser visto jamás.

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Un par de horas después llego al punto más alto de la ruta, unos 2700 metros, y me detengo para un segundo desayuno mientras me preparo para disfrutar de una bajada bien merecida. Monto la bici de nuevo y empiezo a rodar, pensando en la hamburguesa que me comeré cuando llegue a la ciudad. El Trail es más o menos plano por un ratito, hay algunas piedras sobre el sendero pero noto que estoy empezando a agarrarle la cura a esto de sacarles la vuelta, por lo menos con mi rueda frontal; la rueda trasera aún pasa por encima de la mayoría pero hey, ya es un avance. Luego comienza la bajada. Mis ruedas giran el momento que dejo de apretar los frenos y aumenta la cantidad de rocas en el sendero, aumentando también las veces que choco con ellas y haciéndome olvidar el sentimiento de logro que tenía hace un momento. Varias veces consigo evadir un obstáculo sólo para ir a estrellarme con otro, haciéndome parar por completo y casi arrojándome por encima del manubrio un par de veces. En algunas ocasiones simplemente ni siquiera lo intento, y desmonto para caminar mientras pienso qué geniales son las personas que pueden recorrer este camino en modo carrera.

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Entonces, un silbido empieza a salir de mi llanta delantera. Me detengo y encuentro un pequeño agujero en la llanta por donde se está saliendo el aire. Saco la botella de sellador de mi mochila, me siento en el suelo y quito la válvula de la rueda, la cual coloco entre mis labios para no perderla en este suelo completamente cubierto de hojas. Mientras estoy echando sellador dentro de la llanta, un hombre aparece en el Trail en la dirección de la cual yo vengo. Vestido en pantalones planchados, tirantes y camisa de botones, camina confiadamente sendero abajo y lo saludo medio esperando que me pregunte si he visto su caballo. Pero me responde el saludo y me pregunta si estoy bien. Yo le digo que sí, que sólo debo reparar una ponchadura y debería poder seguir después de eso. Él continúa su camino, desapareciendo entre los árboles. Vuelvo a mis asuntos y una vez que el sellador está adentro, intento agarrar la válvula pero me doy cuenta de que ya no está en mi boca. Pongo en reversa los últimos 30 segundos de mi vida tratando de recordar qué hice con ella, pero todo lo que logro recordar es que, quizá, me la saqué de la boca para hablar con el Señor Elegante. Busco en mis piernas, en la bolsita de mi camisa, incluso me esculco la barba, y muevo las hojas alrededor mientras al mismo tiempo trato de no moverlas demasiado para no alterar la escena. Empiezo a entrar en pánico mientras pienso que debería de agregar “válvula” a la lista de partes extras en mi próximo viaje, porque por ahora, no tengo ninguna. Después de unos minutos de miedo, levanto una hoja y la veo, la pinshe válvula que sabrá dios cómo fue a dar ahí, porque aparentemente se me borró la cinta cuando el Hombre Elegante hizo su aparición. Inflo la llanta y continúo mi camino.

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Unos minutos después, el Hombre Elegante aparece de nuevo, esta vez viniendo en sentido contrario. Se hace a un ladito para dejarme pasar y le digo “¡Lo arreglé!”, él me responde con un “Good!”, y me alejo tratando de hacer parecer que sé lo que estoy haciendo. Después de unos 12 kilómetros y más de dos horas de rodar (“rodar”) con todos los músculos tensos, me cruzo con pavimento. Veo que el Trail continúa al otro lado del camino, pero a esta altura he decidido que esto es demasiado arriesgado y peligroso para mí, y tras confirmar que este camino conecta con Flagstaff, le digo adiós con la mano al AZT y tomo el pavimento, pensando en la hamburguesa que me comeré cuando llegue a la ciudad.

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viernes, 4 de enero de 2019

Hacia la Nación Navajo (18-22 Oct 2018)


Esta historia es continuación inmediata de la anterior, que puedes encontrar en: Houston, tenemos un problema

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*Nota: he cambiado nombres de algunas de las personas incluidas en esta historia.


Jueves 16 de octubre 2018

La mañana empieza con la incertidumbre de saber si Dustin podrá hacer llegar las cámaras para Keanu hoy mismo o si habrá que esperar. Dustin, como siempre, nos comunica buenas noticias: cuando fue a la oficina de correos se encontró a una prima suya quien al enterarse de la situación decidió ser ella la mensajera. No sé si tenía ganas de manejar o cuál fue su motivo, el caso es que un par de horas después apareció frente a la puerta de nuestro cuarto de hotel con una caja con tres cámaras, una botella de sellador y una lona que ayudaría a prevenir que Keanu tuviera otra noche como la de anoche. Keanu le ofrece dinero para gasolina pero ella dice que con un café le basta, nos toma una foto y se va. Ruth, otra ángel del camino.

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Con nuestras bicis ya listas voy a recepción a entregar la llave y el libro prestado (que ni leí, por supuesto) y empezamos nuestro andar hacia la Nación Navajo. Tomamos la carretera principal por unos minutos pero luego nos desviamos hacia la izquierda y muy pronto llegamos a lo que se convertiría en un patrón por los siguientes días: caminos de tierra compactada que hacen el andar más fácil de lo que yo esperaba, cúmulos de casas que aparecen en medio de la nada, y el eventual transitar de una troca que nos saluda al pasar.

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Casita en medio de la nada con Monument Valley de fondo.

Quizá antes de continuar deba dar un poco de contexto sobre el lugar al cual estoy a punto de entrar. Los Navajo son actualmente el segundo grupo nativo más grande en los EUA, y la mayor parte de ellos viven dentro de la Reservación Navajo, la más grande del país, ubicada en el este de Arizona y Utah y oeste de Nuevo México. Su idioma nativo, el Navajo, sigue siendo dominante en la región, pero la mayoría también habla inglés. Para no hacer de esto una tesis (internéts tiene muchos recursos al respecto) los Navajo fueron, para no sorpresa de nadie, tratados horriblemente por el gobierno de EEUU durante mucho tiempo, incluyendo esclavitud, caminatas forzadas para “reubicarlos” (como a los Yaquis en México), minería de uranio y campañas de abierto exterminio en un estado de guerra contra el ejército estadunidense. Por esto, no es sorpresa que la gente blanca de hoy en día la piense dos veces para adentrarse en las Reservaciones tanto de los Navajo como de otros grupos nativos esparcidas a lo largo del país, donde aún hoy le pasan cosas a personas que entraron a un lugar donde no debían. Y esta es, imagino, una de las razones por las cuales no encontré información sobre el viajar por territorio Navajo. Porque, pues, simplemente no se hace.

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Aún babeo cuando veo esta foto.

Con toda esta información zumbando como mosquitos dentro de mi cabeza, rodamos las primeras dos horas en un silencio acordado no con palabras, sino por la imponencia del desierto que nos rodea y el hecho de estar rodando hacia tierras desconocidas y rodeadas de información confusa. En el horizonte a nuestra derecha podemos ver la silueta de Monument Valley, uno de los paisajes más icónicos de Utah. Pedaleamos entre rocas del tamaño de edificios de varios pisos forjadas por millones de años de erosión y asimilando la sensación de insignificancia que ello me hace sentir.

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Keanu de escala.

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¡Adiós, Utah!

Eventualmente cruzamos una línea en el GPS que indica que hemos salido de Utah para entrar a Arizona, y aunque nada en el camino señale algún tipo de división nosotros lo conmemoramos con un high five. Casi al final del día aparece pavimento y hacemos un último esfuerzo para llegar a Dennehotso, aunque no sé para qué si igual no conocemos a nadie ahí ni sabemos nada del lugar. Llegando al pueblo una troquita se detiene y un señor sonriente nos pregunta de dónde venimos, y aprovechamos para preguntare por un lugar para acampar. Tras dudar un poco el señor nos señala a una casa y nos dice que las personas de ahí son los dueños de la iglesia y que quizá puedan hacer algo por nosotros. Al llegar a la casa nos recibe April quien tras oír nuestra historia nos pone en el teléfono con Charlene. Keanu le explica lo que buscamos, luego devuelve el teléfono a April y después de unos minutos vuelve con una llave y nos dice que la sigamos. Nos abre la puerta de la iglesia y nos dice que pasemos contoy bicis y que nos acomodemos mientras ella va a cortar leña para la estufa. Yo le digo que no hace falta, que con ponernos fuera del viento ya ha hecho suficiente y que aparte traemos una estufa de gas para cocinar. Nos da las buenas noches y cierra la puerta al irse, dejándonos contentos de no tener que pasar al aire libre una noche con vientos helados.

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Iglesia de Dennehotso.

Viernes 17 de octubre 2018

En la mañana mientras estamos en nuestra rutina de empacar/desayunar, entra un hombre con finta de tener prisa; nos saluda y nos pregunta qué tal dormimos, luego nos pide que cerremos con seguro al salir y que nos vaya bien. Un rato después y haciendo lo que nos pidió nos despedimos del espacio que fue nuestra casa por una noche y remontamos el camino. La terracería empieza en cuanto salimos de Dennehotso y nos encontramos rodando por un camino rodeado de dunas de arena color amarillo rojizo. Keanu comenta que son las primeras dunas que ve en su vida. El rodar es fácil por lo compactado de la tierra, y más adelante un letrero nos explica que este camino es mantenido para uso del camión escolar, “use bajo su propio riesgo”.

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Casas aparecen de nuevo en lugares inesperados, y a veces un pozo de agua para ganado. Las vacas son la población más abundante, pero también hay pequeños grupos de caballos y dos burros que no se separan uno del otro. Algunas horas después aparece un camino pavimentado que nos lleva a un pequeño poblado llamado Rough Rock. No veo a nadie afuera y si no fuera por un par de carros en movimiento casi podría decirse que el pueblo está vacío. La línea en mi mapa señala directo a la montaña detrás de Rough Rock, indicando que es hora de poner las piernas a trabajar. Me pongo los audífonos y comienzo el ascenso dejando a Keanu atrás, dispuesto a disfrutar esta subida al máximo. En las partes más inclinadas y cortas siento ganas de pedalear parado sobre los pedales y al principio me contengo, pensando en que debo guardar piernas para más tarde, pero no pasa mucho tiempo para que la emoción me gane y me veo pedaleando cuesta arriba con todas mis fuerzas, total, que tiempo para descansar ya habrá después.

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No pasaréis.

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Pinos aparecen de nuevo contrastando con las dunas que pasé hace rato, y más pronto de lo que pienso llego a un tramo plano y al ver el mapa veo que la subida ha terminado y empieza la bajada. Aunque muero de ganas por continuar decido esperar a Keanu, distrayendo la ansiedad con música y tomándole fotos a mi bici. Media hora después aparece él y sin darle tiempo a nada monto mi bici y le digo “De aquí todo es bajada, ¡vámonos!”, y empiezo a avanzar. El descenso es una línea más o menos recta que atraviesa granjas dispersas, y el terreno a ratos sacude mi bici y rodo lo que traigo en ella pero yo la obligo a no desacelerar y pasarle por encima a lo corrugado del camino, total que para eso me la dieron. Perros pastores me ladran al verme pasar gritándome que ni se me ocurra acercarme a sus ovejas. Yo sigo sorprendido de lo diferente que es esta zona de la Reservación comparado a la que iniciamos esta mañana, donde todo era arena, hasta que llego al pavimento y esto me saca del trance en el que estaba. Me hago a un lado del camino para esperar a Keanu mientras me doy cuenta de que ya está siendo hora de buscar dónde acampar. Quince minutos después aparece mi amigo y le sugiero tomar un camino que lleva detrás de un cerrito para pasar la noche. Pronto encontramos un lugar protegido del viento y con mucha leña en el suelo alrededor, prendemos un fuego y mientras la cena está lista cada quién hace su tendido. La noche está tranquila y el cielo limpio, así que sólo tiro mi sleeping en el suelo y me ahorro armar la casa de acampar. Nos hacemos una abundante cena con la expectativa de que mañana llegaremos a un lugar con mercado, y después nos vamos a dormir con las estrellas sobre nuestros rostros.

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Sábado 18 de octubre 2018

En la mañana repetimos lo abundante en el desayuno y comenzamos nuestro andar por una carretera angosta pero con poco tráfico y conductores respetuosos. Un carro se detiene y quien creo son madre e hija se asoman por las ventanas y nos saludan, luego la hija se baja del carro y viene hacia nosotros con dos botellas de agua. Desde la distancia la mamá pregunta sobre nuestro ir y venir y yo le respondo en voz muy alta para que me alcance a escuchar, hasta que unos segundos después caigo en cuenta que no tengo por qué estar gritando y me acerco a la ventana de su carro. La mamá cuenta que su papá anda mucho en bici y que ella acaba de terminar su trote matutino así que saben de eso de tener sed. Señala hacia una casa gris en la distancia y dice que la próxima vez que pasemos por ahí nos sintamos libres de ir a tocar la puerta, y después de darle las gracias ellas siguen con su camino.

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Mientras avanzamos noto que la vegetación va desapareciendo dando paso a tierra y arbustos chaparritos, y poco después de mediodía llegamos a la ciudad llamada Pinon y vamos al supermercado local, que está lleno de gente entrando y saliendo. Nosotros nos dejamos seducir por la pizza local y sus promociones, y después vamos al mercado a reabastecer nuestras mochilas. Cuando vamos a pagar el cajero nos pregunta inmediatamente de dónde somos (así de claro está que no somos locales) y se muestra interesado en el proyecto. Ya estando nosotros afuera, mientras buscábamos dónde poner tanta comida que compramos sale el mismo cajero y nos ofrece un taco navajo, que es como una pizza chiquita y que tampoco sabemos dónde acomodar. Varias personas se acercan y nos preguntan cosas y nos dan sus buenos deseos, luego salen dos mujeres que, después de hacernos las mismas preguntas, una de ellas, con playera del departamento de bomberos, nos dice que nos conviene estar lejos de ahí para cuando oscurezca porque es cuando salen los gángsters y que de hecho tenemos suerte de estar sentados donde estamos. “Además, aquí no hay sheriff para protegerlos”, agrega. Me pregunta hacia dónde vamos y al enterarse de la ruta nos dice que estaremos bien cuando lleguemos al lado Hopi de la Reservación. El grupo nativo Hopi vive en un área contenida completamente dentro de la Reservación Navajo, y el límite geográfico está a unos 15 km de aquí.  No siento que lo diga con mala intención, se nota que lo dice por nuestro bien, y nosotros les agradecemos por la información. Dejamos de tontear tanto para concentrarnos mejor en empacar, y como a las 4 pm retomamos el camino.

Rodamos primero por un camino arenoso que se opone a que nos alejemos de Pinon a la velocidad a la que nos gustaría, pero pronto se compone y avanzamos a un ritmo más estable. La tierra se acaba y aparece el pavimento, pasamos por una escuela llamada Hard Rock que es la señal de que ya estamos en territorio Hopi, y justo antes del atardecer tomamos un caminito a la derecha que se pierde entre pinos no tan altos pero lo suficiente para escondernos de ser vistos. Hacemos la fogata más grande de todo el viaje, recalentamos la pizza que todavía nos queda de mediodía, y con un cielo limpio de nubes nos ahorramos el armar las casas y nos tiramos en el suelo “a cappella”.

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Domingo 19 de octubre 2018

La mañana empieza con el ritual silencioso de reencender la fogata y hacer desayuno. Retomamos el camino y no mucho después llegamos a una pequeña tienda, donde compro algunos dulces y uso el baño. La mujer que nos atiende nos pregunta a dónde vamos y al oír nuestra respuesta nos dice que ese camino lo cerraron pero que los locales hicieron brecha por alrededor del cerco. Al llegar vemos que la lluvia abrió una zanja y efectivamente hay un letrero de “Camino cerrado” pero hay un camino que le saca la vuelta y por ahí nos vamos. Más adelante una troca que viene en dirección opuesta se detiene y nos hace señas y también nos detenemos. Un hombre y dos niños nos saludan y el hombre nos dice que más adelante hay un grupo de vacas que son de su hermano, y que entre las vacas hay dos toros y que tengamos cuidado porque podrían atacarnos.

En mis viajes en bici me han advertido de muchas cosas (mayormente personas advirtiéndome de otras personas) pero jamás me habían advertido sobre un toro, así que le pregunto al señor qué es lo más adecuado por hacer. El señor me responde con un “Haul ass!” que es el equivalente inglés a “¡Dale en chinga!”, y agrega que no los vió cuando pasó por lo cual probablemente estén acostados.

Así que, después de darle gracias por el aviso, empiezo a andar dispuesto a hacer un sprint hasta zona segura, y le digo a Keanu que se mantenga cerca. Agarro velocidad y llego a la zona donde están las vacas, algunas me voltean a ver mientras yo busco algo con cuernos que tenga finta amenazante. No lo veo pero algo me dice que para cuando lo vea ya será demasiado tarde así que me paro en los pedales y acelero, y luego volteo para ver dónde está Keanu, y descubro que se ha quedado muy atrás. Ahora mi miedo es que me vean pasar a mí y lo ataquen a él, pero afortunadamente nadie apunta sus cuernos hacia nosotros y llegamos a zona segura, la carretera. Giramos hacia la derecha con rumbo noroeste sobre una carretera súper angosta que no me inspira confianza, y le explico a Keanu que la forma más segura de rodar aquí es los dos pegados uno tras del otro, para que los carros sólo tengan que rebasarnos una vez a ambos, en vez de primero a uno y luego al otro. Lo echo adelante para irme a su ritmo y después tomo mi turno enfrente para romper el aire, pero Keanu empieza a quedarse atrás y yo desacelero para que me alcance; es mejor que ruede detrás de mí porque necesita menos esfuerzo. Sin embargo no logro encontrar un ritmo al cual pueda mantenerse y estoy volteando para atrás a cada rato para ver dónde viene.

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Un carro nos rebasa sin esperar a que otro pase, casi rozándonos los codos, y es cuando reviento: digo en voz alta que no pienso pasar todo el día en esa carretera y acelero hasta llegar a mi ritmo normal y me enfoco sólo en mi propio pedalear. Estoy a 60 km de Tuba city y quiero llegar ahí antes de las 4 pm porque tengo que resolver el asunto de dónde pasar la noche. Los kilómetros van pasando mientras mis piernas no dejan de girar los pedales y de vez en cuando me echo a la boca uno de los dulces que compré en la mañana. La voz que me dice que guarde piernas para después vuelve a aparecer, pero la silencio poniéndome los audífonos. Me siento bien, mi respiración está tranquila, y con la música sonando en mis oídos ahora siento que podría pedalear por el resto de mi vida sin parar. En ese estado de euforia, un par de horas después llego a los últimos 10 km antes de Tuba y alcanzo a ver la ciudad desde la distancia. Una bajada a 65 km/h y luego una última subida, y de repente me encuentro rodeado de casas. Me voy a la primera gasolinera que veo, desmonto la bici, y me pongo a caminar en círculos para desfogar la energía sobrante. Ya más tranquilo prendo mi celular y le mando mensaje a Keanu para decirle dónde estoy.

Mientras aprovecho que tengo señal para reportarme con mi familia, sale un empleado de la tienda y me saluda, señala mi panel solar y platicamos sobre paneles solares. Antes de que se vaya a continuar con su jornada le pregunto cómo se llama, y me dice “Terry” mientras señala a una plaquita en su playera que tiene su nombre. Le doy el mío y se va, y rato después vuelve y me dice “Mete esto en tu mochila, te va a servir si llueve”, mientras me extiende un rollo de bolsas negras. Lo tomo, le doy las gracias y le pregunto por algún lugar para acampar. Terry se queda pensando por un momento y luego me dice que podría mandarme a tal o cual lugar pero que todos los campgrounds en la ciudad son invadidos por borrachos durante la noche y se roban cosas, así que mejor debería irme a su casa y que puedo acampar en su patio. Le menciono que estoy esperando a un amigo y me dice que los dos somos bienvenidos y me da instrucciones de cómo llegar, aunque primero debe avisarle a su esposa. En ese mismo momento saca su celular, le llama y escucho la conversación porque la pone en altavoz. Cuando cuelga, a pesar de haber escuchado todo, todavía le pregunto si su esposa está de acuerdo y me dice que sí, que no es la primera vez que han hospedado a transeúntes.

Keanu aparece una hora después, estoy contento de verlo y le explico lo que acaba de pasar. Terry aparece diciendo “Por fin te alcanzó tu amigo”, los presento y luego Keanu y yo nos vamos a buscar dónde comer.

Más tarde vamos a casa de Terry aunque él estará trabajando hasta las 9 pm, pero su esposa, Carolee, nos recibe y nos indica un lugar bajo un árbol de duraznos donde hacemos nuestro tendido, pero esta vez con techo, porque se supone que va a llover y las nubes en la distancia parecen confirmar el pronóstico. Mi plan original de esperar despierto hasta que Terry volviera se ve saboteado por un ataque repentino de sueño y me voy a dormir todavía pensando en lo sucedido durante el día y en lo agradecido de estar donde estoy.

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Lunes 20 de octubre 2018

Me despierto varias veces durante la noche, primero por la lluvia, luego por un perro husmeando alrededor de mi casa, luego por algo que soñé. A la tercera noto que el sol está por salir así que ya no intento volver a dormir y salgo a hacer pipí. Terry está sentado frente a la puerta del patio con una taza humeante en la mano y le doy los buenos días, él me responde señalando a la lona bajo la que todavía duerme Keanu y me dice “Tu amigo necesita una casa de campaña”. Me ofrece una taza de café que yo acepto con gusto, y Terry me platica cosas sobre su vida. Keanu sale de su tendido y toma su respectiva taza, uniéndose a la conversación. No mucho después se une otro personaje a la escena: Henry, amigo de Terry y Carolee quien, al igual que ella, es nativo Hopi. “Hopi” es la versión cortita de “Hopituh Shi-un-mu”, que es como se llaman a sí mismos, y que significa “la gente pacífica”, nombre que se dieron como una manera de poner contraste entre su grupo y los grupos nativos vecinos que eran principalmente conocidos por su afición a la confrontación. Ser Hopi implica seguir este concepto que consiste en un estado de reverencia y respeto por todas las cosas.

Henry tiene piel morena, cabello negro y largo, y una camiseta con el famoso logo de Adidas pero en vez de decir “adidas” dice “Native”. Henry, atraído inicialmente por la presencia de bicis en el patio vecino, toma las riendas de la conversación contándonos sobre su vida personal y la vida dentro de la Reservación, ambas fuertemente marcadas por la pobreza y el consumo de alcohol y drogas. Desde hace tiempo él se encuentra mejor, no sin antes haber tocado fondo parado a la orilla de un puente en Los Ángeles, dispuesto a saltar. Cuando, por la razón que sea, decidió bajarse y hacer algo por su vida, Henry fue a casa de su mamá y le pidió dinero para comprar un boleto de camión y devolverse a la Reservación y así alejarse del mundo de crack en el que se había metido. Su mamá no confió en darle el dinero, así que lo acompañó a la central, le compró el boleto y se aseguró de que se subiera al camión.

Para relajar la conversación Henry nos pregunta sobre nuestras bicis y habla sobre las bicis que ha tenido, y cuando se entera de que la bici de Keanu tiene descompuesto el freno delantero ofrece llevarlo a un lugar de un conocido de él donde hay muchas bicis y donde seguramente podríamos encontrar la refacción que necesitamos. El detalle, agrega él, es que ahí es a donde van a parar las bicis robadas en la región, además que es punto de distribución de metanfetamina; al enterarnos de esta información, nuestro entusiasmo inicial se apaga y mejor optamos por buscar otra solución.

Henry se despide y parte a sus actividades del día, y luego Terry trae de dentro de su casa una figurita de madera, un muñeco de la tradición Hopi llamada “kachina”, que está tallado con tal detalle que hasta tiene el relieve en las plumas que lleva en la cabeza. Cuando le pregunto quién lo hizo, Terry me dice, “Esto es lo que hace Henry. Cuando está sobrio…”

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Terry pasa a hablar de sus propios pasatiempos y nos muestra varios cuchillos que él mismo ha hecho. Después toma uno y me lo pone entre las manos. Yo lo examino; funda de piel hecha a la medida, mango de cornamenta de venado, y hoja corta pero muy afilada. Después se lo extiendo para devolvérselo y me dice que es para mí. Fracaso en mi intento de no reaccionar efusivamente y le agradezco dos o tres veces, pensando en cualquier pretexto para estrenar mi cuchillo.

El día pasa entre conversaciones y moverle a la bici de Keanu para ver si podemos arreglar su freno delantero porque el disco está un poco doblado, lo suficiente para frenarlo, pero no lo logramos y Keanu decide simplemente quitarlo y confiar sólo en su freno trasero.

Mientras el día no sabe si estar soleado o llover así que hace ambas cosas al mismo tiempo, me pongo en contacto con dos ciclistas que vi en internet que andaban cerca, y quedamos de acuerdo para rodar juntos a partir de mañana los dos días que toma ir de Tuba City al Grand Canyon.

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