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viernes, 15 de julio de 2016

El arte rupestre en La Sierra de San Francisco (27/Abr - 8/May)



"Jamás volverás a sentirte completamente en casa, porque parte de tu corazón estará siempre en otro lado. Ese es el precio que pagas por conocer y querer a personas en más de un lugar".
- Mirian Aderey

(este post es continuación inmediata del relato anterior, que puedes encontrar dando click aquí)

Guerrero Negro comienza mostrando sus coloridas paredes y tributos a las ballenas, que son el ícono de la ciudad.

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Guerrero Negro es conocido por dos cosas: avistamiento de ballenas, y la salina. Para cuando yo llego a la ciudad ya es tarde para ver ballenas, porque ya se fueron más hacia el norte. Sin embargo, tengo la suerte de que Homar, mi contacto en la ciudad, trabaja en la salina, así que se ofrece para darme un tour.

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La salina consiste en un impresionante valle completamente blanco, donde parece estar permanentemente nevado y que juega trucos con la mente sobre todo si llevas semanas viendo desierto y más desierto.

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Mientras Homar me explica el proceso, yo tomo fotos y pienso en el montón de micheladas que podría prepararme con toda ésta sal. Pero viene la mala noticia: ésta sal no es para consumo humano, sino que se usa principalmente en procesos industriales. La de Guerrero Negro es la productora de sal más grande del mundo, y mientras haya agua de mar, habrá sal para extraer. El sol se refleja tanto en el suelo salino que encandila los ojos.

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Camiones con capacidad de quiénsabequétantas toneladas de sal pasan uno tras otro, yendo desde la laguna correspondiente hasta el lugar donde la embarcan.

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Donde la sal es dividida bajo criterios que en éste momento no recuerdo.

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Para después ser embarcada y transportada hacia distintos lugares del mundo.

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Paso varios días en ésta pequeña ciudad, que sin embargo es la más grande en la que he estado desde que salí de Ensenada hace semanas. ¡Hasta hay señal de celular! Mis abuelos adoptivos, Doña Tana y Don Javier (papás de Homar), me comparten de su tiempo y sus historias.

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Doña Tana es descendiente de los cochimíes, la comunidad indígena que habitó ésta zona de la península, y a la que se le adjudican la mayoría de las pinturas rupestres que se encuentran en la región. Ella me cuenta que no muy lejos de aquí, en la Sierra de San Francisco, hay unas cuevas con murales rupestres de metros de altura, y a mí, que me gustan las sierras y las pinturas rupestres (como pudiste/podrás ver en la historia que conté acá), se me ocurre pensar si será posible llegar en bici. Por su parte, Don Javier es reconocido en la ciudad como el impulsor del ciclismo en la ciudad, porque gracias a él inició el club local de ciclismo, que a la fecha ha logrado reconocimientos a nivel regional y nacional (¡de hecho mientras redacto esto, me llega la noticia de que un bajasureño acaba de ganar la olimpiada nacional!). Tan así, que Don Javier es el hombre en bicicleta que viste en la primera foto de éste relato. ¿No te acuerdas pero te da flojera ir para arriba otra vez? No problemo, aquí está a detalle ;)

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También Doña Tana está en ese mural, ¿la ves? ¿No? Mira lo que dice en la gorra de Don Javier…

Mis días en Guerrero Negro los recuerdo con especial cariño porque me hacen darme cuenta de que mis prioridades de viaje han cambiado. Antes mis objetivos eran, de mayor a menor prioridad: los paisajes, la comida, la gente. Pero tras meses de recorrer el país, lentamente y sin notarlo al principio, ese orden se ha ido modificando. Hoy tengo muy en claro que mi razón número uno para cambiar la comodidad de casa por la incertidumbre diaria de estar viajando en bici es, definitivamente, la gente. A pesar de lo mucho que disfruto la soledad, la gente es lo que me trae las más bonitas experiencias y con ello los mejores recuerdos (y también los peores, pero no hablaré de eso aquí). Y precisamente por personas como doña Tana y don Javier es por quienes puse la cita al principio de éste relato.

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Detesto las despedidas. Sin embargo, son una constante en la vida del inquieto por verlo todo. Mis abuelitos adoptivos se aseguran de echarme al camino con el estómago bien lleno, dos piezas de ropa nueva, y una planta seca que Doña Tana me recomienda ingerir en caso de que me muerda alguna serpiente (¡!). La jornada del día consiste en una línea recta que atraviesa la Reserva de la biósfera El Vizcaíno, que es una de las áreas protegidas más grandes del mundo y que hoy me regala un viento de atrás que me ayuda a avanzar más fácil y rápido. Éste día ocurre lo que yo llamo un “cumplekilómetros”, que es algo así como un cumpleaños, pero es cada mil kilómetros de recorrido. En esta ocasión, mi velocímetro indica que ya van 6 mil km los que Libélula y yo hemos hecho en seis meses de vagar por México. Con ésta distancia ya podría estar en Centroamérica, pero aún tengo tanto que ver por éstos rumbos…

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En el camino paso por la desviación que lleva hacia San Francisco de la Sierra, el lugar donde están las pinturas rupestres que me mencionó Doña Tana. No sé si fue por lo intimidante de las montañas en la distancia, lo cansado que estaba, o mi mente desordenada del momento, pero decido no ir y continúo derecho hacia el sur.

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Hasta que a los 120 km recorridos llego a un restaurante, donde pido algo de cenar y un espacio para acampar. El Desierto del Vizcaíno se luce con un atardecer de esos de por acá.

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A la mañana siguiente me entero de que un coyote rondó el área y se robó una gallina. Yo no sabía que pudieran ser tan listos, pero aparentemente han aprendido a caminar en círculos alrededor del gallinero, y las gallinas, al no perderlos de vista, se marean y se caen del palo en el que estaban. Así, Don Coyote, que no es bueno escalando, ya sólo debe levantar del suelo a la primer gallina que se atarantó.

El restaurante, contrario a anoche, muestra mucha actividad. Me uno a la euforia de tazas de café y tortillas y mientras desayuno, un señor que viene con su esposa me invita a su casa después de hacerme muchas preguntas sobre cómo y por qué es que llegué a ese lugar. Viven en Punta Abreojos (con el sólo nombre del lugar ya me gustó), a 80 km al oeste de aquí, en la costa del Pacífico. Y yo, que no sé decir que no, acepto y echo mis cosas al carro y nos vamos.


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Punta Abreojos es un pueblito pesquero y beisbolero. El señor Lupe, quien resulta ser tío segundo de Juan, mi amigo en Bahía de los Ángeles (del relato anterior), me lleva a conocer el lugar, mientras me cuenta anécdotas pesqueras y beisboleras.

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Por ejemplo, que el viejo faro (las dos fotos anteriores) ahora es usado como encuentro para amantes furtivos y óleo para los artistas locales. Además de que Abreojos es un “spot” popular para los que practican las distintas modalidades del surf.

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Durante mis dos noches en éste lugar no se me salió de la cabeza el pensamiento de que dejé pasar las pinturas rupestres en San Francisco de la Sierra, y concluyo que sólo me lo sacaré de una forma: yendo para allá. Así que después de que el Señor Lupe me donara más ropa de la que necesito (sigo sin saber por qué la gente hace esto, ¿en serio la mía está tan jodida?) y me llevara de vuelta al restaurante donde nos conocimos, vuelvo 20 kilómetros sobre mis pasos durante los cuales el viento que hasta hace tres días me empujaba, ahora está de frente a mí y más de una vez pensé dar vuelta en U, olvidar todo el asunto de las pinturas, y seguir hacia el sur. Pero algo me llama a ese lugar, así que intento no pensar demasiado hasta que me encuentro de nuevo con la desviación que antes mencioné. La Sierra me saluda desde la distancia.

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Son menos de 40 km, y aunque voy hacia la montaña, no se ve que esté demasiado alto. Además ya subí al Popocatépetl una vez, ¿qué tan malo puede ser? Ahora que escribo esto, me imagino a la Sierra riéndose de mí al ver a un iluso en bici acercarse a ella, atreviéndose a retarla. Y tras media hora de una subida apenas perceptible, me da una pequeña probada de su poder.

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Que no da chanza ni de calentar el motor. Inmediatamente me enfrento a un camino tan inclinado, que subirlo en línea recta me resulta imposible. Tengo que hacer el ascenso en zigzag, yendo de una orilla del camino a la otra, con el fin de suavizar la pendiente, aunque claro, con esto la distancia para llegar de A a B aumenta considerablemente. Las voces de “Te dije que no viniéramos” no se hacen esperar, y sólo se callan cuando escucho un motor detrás de mí. Una troca verde se me empareja y adentro viene una familia, que baja las ventanas pero no me dice nada (ésta es la tercera o cuarta vez que alguien baja sus vidrios para no decirme nada) y yo tomo la iniciativa preguntando si van a San Francisco. Me dicen que sí, que ahí viven, y quisiera haberles tomado foto a sus caras cuando les dije que yo también iba para allá. O a sus sonrisas cuando les dije que calculaba llegar en cuatro horas.

- Vas a hacer más. De aquí en adelante es pura subida. Si éste carro batalla…

De nuevo un silencio extraño. Creo que esperan que les pida raite. Pero no lo hago. Ni que no me llamara Daniel “El Necio” Díaz. Les digo que allá los veo en la tarde, y que gracias por detenerse. No tardo en comprobar que tienen razón: tras una falsa meseta el ascenso continúa. Y continúa. Y continúa. En la foto no se ve que estoy parado con una mano en el freno para evitar que la bici retroceda valiosos centímetros que mucho me costó avanzar, pero al fondo se puede ver una tendencia del camino a ascender, además de un letrero que me hace sonreír y pensar en quién rayos se tomó la molestia de hacer esto.

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Durante horas la tortura continúa. A pesar de estar en mi cambio más bajo, muchas veces es insuficiente para subir pedaleando y debo bajarme y empujar, y yo, con mi fisionomía de T-rex, no tardo en resentir el efecto en mis brazos. Otras veces más, la bici amenaza con relinchar, por lo cual yo debo acostar mi pecho sobre el manubrio para evitar que se levante la llanta delantera por la inclinación, y así, en ésta posición ridícula, intento no dejar de rotar los pedales, porque en cuanto lo hago, la bici se detiene inmediatamente y es más difícil volver a empezar. Me detengo varias veces. Maldigo muchas otras más. Las voces bailotean dentro de mi cabeza diciéndome lo fácil que sería volver atrás, que el viento va hacia el sur, que mejor vamos para allá, que al cabo qué hay de interesante en unos dibujitos monocromáticos. Yo trato de no escuchar pero, no habiendo más nada, es difícil hacerse el sordo. En algún momento me arrepiento de no haber pedido el raite, y me refugio del sol bajo el único mezquite de tamaño suficiente como para producir sombra. Cuando me acerco a él, está ocupado por un grupo de chivas quienes huyen ante mi presencia. Yo las invito a compartir la sombra, pero se niegan, y sólo me dirigen miradas de odio desde la distancia durante todo el tiempo que estuve ahí.

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Cuando mis cálculos indican que faltan 8 km, se acaba el pavimento, y han pasado cuatro horas desde que hablé con esas personas. Desde aquí alcanzo a ver el pueblo, y eso me levanta el ánimo, sólo que parece haber un barranco entre el pueblo y yo.

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Los restantes 8 km los paso sorteando piedras y yendo arriba y abajo por la terracería, lo cual al menos me distrae del dolor acumulado en las piernas.

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Además de que ahora mi concentración se divide entre admirar el impresionante paisaje y no perder el equilibrio. En éste momento estoy más que feliz de no haber pedido el raite.

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Después de otra hora, llego por fin a San Francisco de la Sierra, un lugar con una veintena de casas, una escuela, y una iglesia, dedicado principalmente a la cría de cabras. Es gracioso notar el silencio que se crea cada que paso frente a los pequeños grupos de personas que me encuentro. Excepto un grupo de niños, que insisten en decirme "¡Gringo! ¡Gringo!" a pesar de que les hablo en español. De nuevo mi rubia cabellera confundiendo a la gente...

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Busco a Don Enrique, quien tengo entendido es el encargado de las pinturas rupestres. En un lugar así de pequeño, es difícil no dar con una ubicación.

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Don Enrique es el asignado del INAH para hacerse cargo de operar las visitas a las pinturas rupestres, y él me explica que hay dos opciones:
  1. Visitar la Cueva del Ratón, que está por el mismo camino que yo vine, y es fácilmente alcanzable a pie.
  2. Visitar la Cueva La Pintada, que es la más famosa y la icónica de éste grupo de petrograbados. Para ésta cueva, se necesita hacer un viaje de cinco horas a caballo para internarse en la sierra hasta donde está una pared de 4 metros de altura, plagada de arte ancestral.

Por supuesto que me emociona el imaginarme ir a La Pintada, pero mi presupuesto me da un jalón de orejas. Son $250 pesos para el guía, más $150 por cada animal, y se requieren mínimo tres: el del guía, el mío, y el que carga el equipaje, ya que las distancias requieren al menos una noche de acampada. Como los costos son por día, las cuentas dan un total de $1400 pesos. Eso es el equivalente a una semana y media de viaje. A pesar de que el precio no me parece exagerado para la experiencia que brinda, por mi situación actual decido…posponer, digamos…la visita a La Pintada, y ser feliz visitando la Cueva del Ratón, para la cual sólo debo poner $100 pesos (incluye mi boleto y el derecho al uso de cámara) más propina para el guía. Pero como ya es tarde (pasé todo el día tratando de llegar a éste lugar) programamos la visita para mañana por la mañana, y yo me retiro a acampar en un edificio a medio construir que está dentro del terreno de Don Enrique. La noche me invita a usar chamarra. Mientras pongo mi casa de acampar, uno de los nietos de Don Enrique, a quien más temprano vi haciendo skids en su bici y lleva tiempo observándome en silencio, desaparece y vuelve con un colchón individual, que decidió prestarme porque el mío le pareció muy delgado. No recuerdo tu nombre, pero gracias :)

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La mañana llega y me sorprendo de nuevo por el lugar en el que estoy: un pequeño valle dentro de un impresionante cañón, en plena Sierra de San Francisco. La esposa de Don Enrique me ofrece un café que calienta mi interior mientras disfruto de lo que queda del amanecer. A las 9 am, puntual, se presenta mi guía: un hombre de unos 70 años, vestido de mezclilla, botas y sombrero, quien me pregunta en qué carro vengo. “En éste”, le digo yo, señalando mi bici, ya cargada con mis cosas. A él esto no parece causarle gracia en absoluto, me dice que los visitantes siempre vienen en carro, que él se sube con ellos y que así es como van a la Cueva. Que él ya está viejo, que le duele la pierna, que no puede caminar mucho. Yo ofrezco la única solución que se me ocurre, que es que relegue su función a alguien con menos dolencias. Pero él dice que él es el encargado de la llave, que ese es su único ingreso, que ya está viejo, que los visitantes siempre vienen en carro, que le duele la pierna…y así, nos encaminamos a un incomodísimo trayecto, uno de los más incómodos de mi vida, donde el señor no paró de quejarse del cómo nunca había tenido que caminar hasta allá, del cómo los visitantes siempre vienen en carro, de que le duele la pierna…

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Tras media hora y varios fracasos de intentar hacerlo hablar de otra cosa (se cree que los habitantes de aquí son descendientes de los autores de las pinturas rupestres) llegamos al acceso a la Cueva del Ratón. El señor saca la llave mágica, y abre el candado.

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Mis ojos intentan captarlo todo desde el primer instante, pero queda claro por qué al estilo de pinturas de ésta zona le llaman “Gran Mural”: son paredes naturales de varios metros de altura, donde tintas rojo, negro y blanco se amontonan en figuras, a veces unas encima de otras (se puede dar click en las imágenes para verlas a más detalle).

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Mi fascinación es tal que se me olvida que hay alguien detrás de mí y que probablemente sigue renegando. Venados bura y colablanca, pumas, hombres, y mujeres, quienes pueden ser distinguidas por unas protuberancias que salen de las axilas, en representación de los pechos femeninos (la figura roja en la parte central superior de la siguiente foto).

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Descubiertas en 1890 por un geógrafo francés, éste arte primitivo sobrevive a las duras condiciones de la región. Las cuevas no son cerradas, así que llevan cientos de años bajo el sol y las eventuales lluvias. Sin embargo, prevalecen. Y esa era la intención de los petrograbados: dejar un mensaje, que perdurara en el tiempo.

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En ésta región hay más de 150 sitios con pinturas (algunos en zonas tan aisladas, que toma días llegar a ellos), y comparten más o menos las mismas características, sin embargo no queda claro si son producto del mismo grupo de artistas o individuos aislados actuando por su cuenta. Ésta figura en particular atrapa mi atención:

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A pesar del tiempo que paso ahí, cada que veo las fotos me sorprendo de nuevo y hago zoom en todos lados, tratando de encontrar algún detalle que pude haber perdido la vez anterior. Satisfecho por el momento, salgo de la Cueva para reencontrarme con mi guía, a quien (por efecto de la emoción) le entrego mi presupuesto de dos días como agradecimiento. Si la intención de sus quejas era chantaje o eran sinceras, yo no lo sé. De cualquier manera, le funcionó. Le ofrezco agua pero me dice que yo la voy a necesitar. Mientras lo escucho alejarse aun renegando, yo volteo y diviso el camino por el que vine, y por el cual ahora tengo que regresar.

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Es hora de bajar por la dolorosa subida de ayer. Baja California Sur apenas empieza, y ya siento que estoy enamorado de ella. La vista frente a mi es impresionante, pero algo me dice que más vale que me ponga el casco, la bajada va a estar interesante…

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lunes, 9 de mayo de 2016

Las Pintas, o "Mi encuentro conmigo en el Valle de los Cirios" (13/Abril - 15/Abril)

(éste capítulo es la inmediata continuación del anterior, que puedes leer aquí)

El camino no es fácil, y mi pobre bici y mi trasero hacen equipo para reclamarme por traerlos rebote y rebote.

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Pero entre más me adentro, aparecen paisajes más extraños. Me siento como un monito dentro de una maqueta.

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Subo y bajo, entre unas plantas chaparritas que parecen una alfombra roja extendida para la ocasión.

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De pronto el paisaje cambia. Aparecen cardones (primos bajacalifornianos de los sahuaros) y cirios alternadamente, incluso mosquitos empiezan a volar en mi cara, haciendo más difícil el maniobrar decidiendo entre cual piedra me hará brincar menos.

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Tras casi cuatro horas de terracería, a lo lejos aparece una abertura en el suelo y lo que parece una serie de casitas. El velocímetro marca los 30 km recorridos desde la desviación, así que debe ser el ejido.

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Y a la derecha, el rancho frente al cual tengo entendido está la desviación hacia Las Pintas, El Malbar (en los mapas aparece con V, Malvar). Aunque se ve abandonado, decido probar y digo ‘buenas tardes’ en voz alta.

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Pero nadie contesta. Decido entonces dirigirme al ejido y ver si hay alguien que me pueda dar más información sobre Las Pintas, de las cuales sólo tengo la ubicación en el Google maps en mi celular, pero no una ruta para llegar. Avanzo unos kilómetros y llego al ejido Abelardo L. Rodríguez. La condición de las construcciones me hace pensar que tal vez tampoco estén habitadas...

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Y aunque no parecen muy acondicionadas para vivir en ellas permanentemente, las considero como posible refugio para mí, cuando llegue el momento más tarde.

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También hay una escuela primaria federal. Dos aulas, que si yo fuera niño local no se me antojaría ni tantito ir a clases ahí.

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Incluso hay un cráneo. Mientras me acerco para verlo, mi imaginación, que desde hace rato ya está muy ocupada, me envía la mala broma de decir ‘¿imagínate que fuera humano?’. Le respondo que no me parece gracioso en absoluto. Afortunadamente (creo) resulta ser de algún animal, probablemente un bovino pequeño.

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Para sumarle a lo extraño del lugar, hay un...¿baño? Aunque yo ya había hecho mis asuntos en la mañana, me acerco y sí, hay una letrina aquí, al aire libre, a unos metros del camino. Por supuesto que levanto la tapa, el gato no es el único que ha muerto por curiosidad. Tiene hoyo y todo, aunque no despide olores, lo cual me hace pensar que lleva tiempo sin ser usada. Menos mal. ¿O menos bien?

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Una construcción llama mi atención. Esta pintada y, a diferencia de las demás, sus paredes parecen estar completas. Camino hacia ella y noto también un cerco en buen estado.

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Además de figuras en el suelo hechas con piedras, que me recuerdan a las de Nazca, en Perú.

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Me acerco, pero no tanto. Un letrero me advierte que mantenga distancia.

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Al igual que en el Malbar, digo ‘buenas tardes’ en voz alta, pero también, nadie responde. Ni siquiera sale el perro bravo del letrero. Durante unos minutos miro a mi alrededor, analizo mi situación y me doy cuenta de que estoy en lo que pudiera ser un pueblo fantasma, abandonado a su suerte por sus previos habitantes. Y no he visto ningún vehículo desde que tomé la desviación. Me invade un sentimiento extraño, una mezcla de colores rojos y cafés, algo como emoción, intriga, felicidad. Pienso en las decenas de historias de terror/suspenso que he leído y las películas/series post apocalípticas que he visto y en cuán perfecto es este escenario para muchas de ellas. Pienso en que nunca había tenido un pueblo para mí solo y me divierte la idea de poder elegir la casa que quiera para pasar la noche. Hago un altavoz con mis manos, levanto la cara hacia el cielo y grito un largo ‘HOOOOOOOOOOOOOLAAAAAAAAAAAAAA’, dirigido a nadie en particular. Al bajar la vista, a lo lejos, aparece una flaca y alargada silueta humana...


Vaya cúmulo repentino de emociones. Primero el creerme solo en este lugar, después ver aparecer esta figura, caminando hacia mi con su sombrero de ala ancha, como de vietnamita. Lo mejor que se me ocurre hacer es tomar dos naranjas, una para mí y una para él, y acercarme.  Se me ocurre que el ofrecer comida al saludar tal vez sea signo de que vengo en paz. ¡Buenas tardes!, le digo, mientras pienso que si esta vez no recibo respuesta, algo debe de estar mal conmigo.

Pero afortunadamente sí me responde. Nos damos la mano, le ofrezco la naranja, y le digo el motivo de mi presencia en ese lugar y el medio de transporte que utilizo. Mientras cada uno come su respectiva naranja me dice que sí, que las pinturas están cerca y que él conoce la ruta, y me confirma que la casa del anuncio del perro es la suya. Detrás de él empiezan a llegar unos 50 chivos y borregos, quienes solitos se dirigen al corral que yo antes vi vacío. A sugerencia de él, nosotros también nos dirigimos a la casa.

Entramos al porche y se quita el sombrero. Aparece un rostro blanco pero tostado por el sol, rapado y de barba sorprendentemente arreglada. Viste un pantalón de mezclilla y una playera. Me sorprende también lo joven que se ve, ¿unos 40 años? No es la edad que esperaría de alguien que vive solo, en medio de la nada. Le acompaña Vaquera quien, al contrario del letrero, no es para nada brava y huele mis piernas con interés, como averiguando de dónde vengo, y después me saluda con sus dos patas delanteras y moviendo la cola. Yo le respondo moviendo la mía.

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El hombre me pregunta si me gusta el caldo de pollo. Yo le digo que amo los caldos. En poco tiempo estamos dentro de su casa, compartiendo mesa, comida y conversación, y ni siquiera hemos intercambiado nuestros nombres. De todos modos no hay nadie más a quién dirigirse en este pueblo ya no tan fantasma, así que pasamos a lo que sí importa: platicar, platicar y platicar. Ya noche me ofrece un cuarto y él ocupa un camper, y nos deseamos buenas noches tras, ahora sí, revelar nuestros respectivos nombres.

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Antonio me platica más cosas de las que puedo contar en este relato. Para que te formes una imagen de él (porque no le tomé foto), es lo que en inglés llamarían un “O. G.”, un old gangsta. “Pero no soy un cholo cualquiera”, dice él mismo. Tiene 47 años y es descendiente de las personas que fundaron la moderna Baja California, lo cual explica su aspecto físico. Le gusta leer historia y revistas de divulgación científica, de las cuales tiene una amplia colección. Es actualmente el único habitante permanente del ejido Abelardo L. Rodríguez, ya que sus vecinos se fueron a El Rosario “a ver televisión”, según me cuenta él, mitad en broma mitad en serio.

Entre más hablamos me doy cuenta y medio me divierte y medio me asusta la similitud física y de ideas que tengo con este personaje. Delgado, alto, rapado y barba, aunque él es blanco. De poco apego a lo material, sin hijos ni pareja pero sí con perra que le ladre, habla en tono burlón de quienes han cambiado una vida austera pero tranquila por la agitada carrera tras el dinero y el arrullo del televisor encendido. Maneja el inglés por sus años en los Yunáired Stéits pero desprecia al gringo por expoliar la tierra de la cual él no se siente dueño sino parte. Sin credo religioso aparente, su pantorrilla derecha revela un tatuaje con símbolos de los nativos californianos, y me muestra dentro de un libro que habla de pinturas rupestres de las Californias cuál es el próximo que se quiere hacer. Le habla a los animales con quienes convive, imitando a su manera los sonidos que ellos hacen. “Memé” a los borregos. “Cuacuá” a la parejita de patos. “Ka-ká” al cuervo que aterriza de pronto y que Antonio dice que a veces viene a visitarlo (a mi me llama la atención que es el único al que he visto y vería en mis días en este lugar). Antonio junta su frente con la del mayor de los chivos y juegan a empujarse, y por supuesto que el chivo gana. Cuando se separan, el chivo golpea el aire con su pata delantera y se pone en posición de nuevo. Parece que disfruta éste juego en el que siempre vence.

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Yo despierto a las 6:30 am y Antonio entra a la casa con finta de que lleva rato despierto y activo, lo cual contrasta con mi voz aún ronca y ojos a medio abrir. Desayunamos y me da instrucciones para llegar a Las Pintas, dice que le gustaría ir pero sus animales requieren de su atención. Diario debe sacar a los chivos y borregos al monte para que coman, y no comen poco. “Al cabo casi no hay pierde”, me dice. “Casi”, repito yo. Me cargo con dos litros de agua, dos naranjas, y monto la bici, a la cual he liberado del equipaje. Por fin ha llegado el momento de ver las al parecer no tan famosas pinturas rupestres.

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El camino inicia fácil, pedaleable y bien definido.

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Pero no tarda mucho en complicarse. Empiezo a consultar el mapa para seguir el camino más directo posible.

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Y el desierto decide darle un poco de sabor a la búsqueda.

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Afortunadamente no atraviesa ni mis zapatos ni los de mi bici, aunque casi lo hace. Cerca de aquí decido acostar a Libélula bajo una sombra y continuar mi búsqueda a pie. Y qué bueno, porque paso las siguientes dos horas subiendo y bajando cerros, zigzagueando entre variedad de paisajes del desierto.

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Y saludando a sus habitantes.

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Y a una lata de cerveza, que vaya dios a saber cómo mierdas llegó aquí. Pocas cosas arruinan un momento tan especial, tan en contacto con la naturaleza, donde uno se cree tan pionero explorador de los últimos rincones remotos del mundo, como el encontrar basura. Y le digo al responsable: si tuviste las fuerzas de cargar hasta aquí una lata llena, has el chingado favor de llevártela también ya que está vacía.

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El caso es que después de mucho caminar ayudado por el mapa en mi celular aparece ante mí un muro de piedra, donde pienso que podrían estar las pinturas. La verdad es que no tengo idea de qué es lo que estoy buscando, no sé cómo se ven y la única pista que tengo es que están entre dos cerros, y pues, por aquí hay muchos cerros. Un poco más adelante distingo una piedra con una mancha roja. El corazón me da un brinco.

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¿Alguna vez se te volvió realidad aquella frase de “Cuidado con lo que buscas, porque podrías encontrarlo”? Pues aquí me pasó a mi. Me acerco a la pared pero una parte de mi siente un golpe de miedo, mientras repaso lo que he leído en el libro de Antonio: los nativos californianos, y más específicamente sus shamanes, hacían estas pinturas en lugares considerados sagrados, y las hacían para que perduraran en el tiempo. Tras un sueño provocado por un estado alterado de la mente, al cual se podía llegar por distintos métodos (ingesta de tabaco o ‘jimsonweed’, ayuno extenso, picaduras múltiples de insectos o incluso soledad prolongada), al despertar, el shaman debía inmediatamente recordar y pintar lo que había visto en el sueño (si no se acordaba significaba que algo andaba mal). Generalmente, estas pinturas sólo debían ser vistas por el shaman que las hizo y si acaso su aprendiz, por eso las hacían en lugares escondidos o remotos. Si alguien no capacitado las veía, podía caer enfermo, morir, y quién sabe qué otros males que hacen que las consecuencias de romper un espejo no parezcan tan malas después de todo.

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Los shamanes tenían un animal guía al cual solían consultar en sueños, por esto, coyotes, lobos, serpientes, tortugas, venados y otros animales regionales son figura común en las pinturas encontradas en la Alta y las Bajas Californias. (NOTA: yo no sé lo que está representado en estas pinturas en específico, pero las presento para ilustrar al lector. Si alguien tiene más información le agradezco me la comparta, o si alguien quiere el set completo de fotos para fines de estudio también se las puedo compartir).

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Según en libro de Antonio, en esta parte del mural podríamos estar frente a la representación de un coyote (la L invertida con líneas atravesadas en el centro de la imagen) y una serpiente (la figura en zigzag de abajo), pero hay muchas figuras más, aunque difíciles de distinguir.

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A la izquierda hay una tipo cueva, cubierta su entrada por plantas. Me paro ante ella, y repaso: los nativos consideraban que las topografías salientes, como las montañas, eran el lado masculino de la Tierra, y que las entrantes, como las cuevas, eran el lado femenino (es fácil imaginar por qué). Los shamanes utilizaban las cuevas como un acceso a la tierra, un volver al útero materno, al estado del ser antes de nacer, y ahí realizar sus rituales.

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Hago las plantas a un lado y me asomo, expectante. Pero no veo algo, al menos con mis ignorantes ojos, que evidencie actividad humana milenaria en este lugar. La mancha roja del lado izquierdo me recuerda a una foto de una pintura en California que vi en el libro de Antonio, donde la menstruación es representada con una cascada roja saliendo de un hoyo en una piedra. Y este agujero está bastante vaginoforme... ¿O quizá los agujeros en las piedras de arriba? Disculpe el lector la ignorancia de su relator. Imaginando que aquí pudo haber estado un shaman hecho bolita en el suelo padeciendo de alucinaciones, salgo de la cueva.

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A mi derecha las piedras continúan. Distingo más figuras y me acerco (juro que no las toqué).

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Muchos patrones repetitivos. En una piedra parece que el shaman estaba particularmente inspirado.

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Esta fue mi favorita y pasé mucho tiempo mirándola, imaginando montón de cosas y pensando, como Antonio, en mi próximo tatuaje. Detalle de la misma piedra:

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Y de pronto, en el suelo, lo que parece un artefacto de cocina olvidado por los antiguos habitantes de estas tierras:

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Oh, espera, no...es una maruchan. Quiero decir muchas groserías pero por no profanar el suelo que piso, respiro y me contengo. Pero ahora que no estoy ahí ya puedo decir que se me ocurre que la dejó el mismo que dejó la lata de cerveza que llevo rato cargando en la bolsa trasera de mi jersey y que le sugiero use su recto como basurero en vez del bello desierto que no tiene culpa de sus cochinos hábitos.

Conforme avanzo veo más rocas pintadas. Las figuras se repiten, además noto que la mayoría de las pinturas están de cara al oeste. De nuevo repaso lo recién leído: se cree que, por ser producto de sueños, la mayoría de las pinturas debieron ser hechas cerca del amanecer, después de que el shaman despertara de su trance. Con ello, estas pinturas pudieron haber sido hechas mientras el sol estaba detrás de ellas, apenas saliendo, pero quedan bien iluminadas desde antes de mediodía y hasta que el sol se mete. Entro a lo que parece un cañón.

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Y más pinturas. Llego a la conclusión de que estos shamanes tenían sueños muy locos.

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Las pinturas de esta parte están vandalizadas, un tal Juan y un tal Rafael, entre otras firmas que vi, decidieron hacer su contribución al ancestral arte, poniendo sus nombres en las rocas. Les deseé lo mismo que al de la lata de cerveza y la maruchan.

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Pero luego no pude evitarlo y dejé mi firma también.

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(No es cierto, eso ya estaba ahí cuando llegué).

Y así me entero de que esta es la entrada a Las Pintas, y que por donde yo llegué es más bien la salida. La ventaja es que si hubiera llegado por aquí, seguramente no hubiera ido mucho más allá y me hubiera perdido de bastante, así que me pongo feliz de haberme equivocado de entrada.

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Desde aquí hasta mi bici sólo caminé 45 minutos, contrario a las dos horas que me tomó de mi bici a las primeras pinturas que vi. Libélula me esperaba descansando bajo el árbol.

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Contento y con mil cosas en la cabeza, vuelvo a la casa. Al llegar la encuentro vacía de seres vivos. Mi imaginación juega de nuevo a inventar historias, pero al cabo de una hora, el pastor y sus ovejas aparecen de nuevo. Le digo a mi imaginación: “¿Ves? Te dije que eran reales.” Antonio me pregunta cómo me fue, mi respuesta inicia con una sonrisa, y comienza una plática que termina hasta bien pasado el atardecer.

A la mañana siguiente, a sugerencia de Antonio, tomo un raite para volver a la carretera. Cerca de aquí hay un lugar donde extraen piedra (como las de la foto de la araña en el suelo) para venderla en los EEUU, así que Antonio detiene a uno de los trabajadores del lugar que se dirige a El Rosario y le pide de favor que me lleve. Me despido del cholo retirado y le regalo la placa de Sonora que vengo cargando desde Puerto Peñasco, que tanto le gustó desde que llegué. Antonio no tiene email ni celular, pero me da la tarjeta de un primo de él que tiene un taller mecánico en el Otro lado y me pide que a él le mande las fotos de las pintas, y que algún día cuando su primo lo visite se las llevará.

Y así, en menos de una hora cubrimos lo que a mí me tomó cuatro. Les agradezco el favor a los tres chiapanecos y al michoacano y estoy de vuelta en la carretera. Mientras me alejo pedaleando siento que Las Pintas fue un mero pretexto y no el motivo para venir aquí. Mi verdadera intención era encontrarme con Antonio; mi propósito, visitar a un amigo, que no sabía que tenía.

Creo que el largo trecho de desierto ya empieza a afectarme. Y apenas llevo 50 kilómetros en él...

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