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jueves, 7 de julio de 2016

De cómo me volví un Bahíadelosangelino, y el comienzo de Baja California Sur (16/Abr - 27/Abr)

(éste capítulo es continuación inmediata del anterior, que puedes leer aquí)

Un letrero me distrae de los pensamientos que me invaden al dejar atrás a Las Pintas. Ahora estoy “oficialmente” en el Valle de los Cirios.

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El desayuno de hace horas en casa de Antonio ya ha sido usado como combustible y mi cuerpo pide refill. Me detengo en una lonchería llamada “El progreso”, donde no encontré ni lonches, ni progreso. Yo pensaba que no había nada más mentiroso que el PRI, pero al menos el PRI sí reparte lonches.

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De pronto el paisaje cambia, y entro a lo que después me enteraría que llaman “El Pedregal”. La foto ilustra por qué.

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Y en eso, mi música se apaga. Como siempre que esto pasa, maldigo. Pero rápido los cactus me sacan plática y me distraen de mi ensimismamiento. Mientas en voz alta halago a cardones, biznagas y cirios por lo bonitos que se ven, no me doy cuenta de que un carro se me empareja. En la ventana asoma una mujer, con una cerveza (cerrada) en una mano y una botella de agua en la otra. “¿Agua? ¿Cerveza?” Me pregunta. Enfrente veo un tramo donde podemos detenernos, y le indico que vayamos para allá.

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Son abuela, hijo, y nieta, y van a donde mismo que yo, Bahía de los Ángeles. Sólo que ellos llegarán en unas tres horas, y yo en dos días más. Tras una pequeña charla y fotos, la familia continúa su camino y yo el mío. Yo aprovecho que la botella de 4 litros que me dieron venía en una hielera y me doy vuelo tomando agua fresca, y con cada trago agradezco a estos amables desconocidos; ángeles del camino, como a veces se les llama a personas así (¿será que es tan difícil que todos nos tratemos de igual manera?).

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Tras la jornada de 100 km llego a Cataviña por la tarde, donde pido espacio para acampar al restaurante local. Ahí mismo me entero de que algún candidato a diputado está de campaña, y que habrá tacos de pescado para los asistentes. Junto con los dueños del restaurante, me dirijo al lugar del evento y repito tres veces el plato, no sin antes prometer que mi voto será en favor de Comosellame. Está difícil mantener los principios firmes cuando el hambre no te deja pensar.

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Tras una noche tranquila, mi mañana inicia con no sólo uno, sino DOS rayos rotos, que reparo entre groserías. Mientras desayuno en el restaurante me doy cuenta de que un colega mío, Rubén Hernández, pasó por aquí hace algunos años, así que pido permiso y dejo una foto mía junto a la suya.

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Desde anoche empezó un viento que en la mañana continúa. Los comerciantes se quejan de él. Yo me pongo contento, porque al parecer va hacia donde yo voy. Estoy a 170 km de Bahía de los Ángeles; mi plan es hacer 100 hoy, y dejar los 70 restantes para mañana. El recorrido inicia con algunas curvas donde el viento amenazaba con sacarme de la carretera, a veces tenía que echar mi peso a un lado para mantener el equilibrio. Pero llega un momento en el que el camino se convierte en una línea recta al sur, y el viento me empuja desde atrás. Mis 18 km/h aumentan a 30 sin mucho esfuerzo. Pero a mis piernas no les agrada el poco esfuerzo, y yo les hago caso. Aumento la velocidad y con ello aumenta el sonido del viento, hasta que llega un punto en que repentinamente se calla, como cuando vas en el carro a alta velocidad, tienes la ventana abierta, y la vas cerrando hasta hacerlo por completo.

Entro en una especie de burbuja, efecto de que el viento y yo vamos en la misma dirección y velocidad. Si bajo el ritmo el sonido del viento regresa. Lo mismo pasa si lo aumento. Pero justo en los 46 km/h es donde todo se silencia, y sólo oigo el zumbido del caucho en el pavimento, y mi respiración. Y a partir de aquí no estoy muy seguro de lo que pasó, no tengo fotos ni en la cámara ni en la cabeza, pero lo más probable es que me haya quedado dentro de esa burbuja por un buen rato, pensando en quién sabe qué cosas o pensando en nada. Me recuerda a mis días en el Taekwon do, porque de los mejores combates no tengo recuerdos, como si alguien más los hubiera vivido por mi.

El caso es que llego al cruce que marca la desviación hacia Bahía de los Ángeles, lo cual también significa que ya hice 100 km desde Cataviña. Miro el reloj: las 3 pm. Como quedan aún varias horas de sol y mis piernas no se han quejado, decido continuar y cubrir lo que pueda el resto del día. Sólo que ahora hay una diferencia: he dado vuelta a la izquierda y el viento no me empujará más. Mi ritmo baja drásticamente a 15, 18 km/h, pero también vuelvo a ser consciente de mi entorno: un majestuoso valle saturado de vegetación desértica.

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Mi energía baja notoriamente, empiezo a sentir la cruda del frenesí de las horas anteriores y aunque soy consciente de que en el momento que yo decida puedo detenerme y acampar, se me ha metido a la cabeza el reto de llegar a Bahía hoy mismo. A mis piernas esto no les agrada y empiezan a confabular para formar un sindicato, yo calmo sus ánimos con una parada para descansar y comer un par de naranjas, pero no hay mucho tiempo: el Sol me avisa que pronto va a cerrar el changarro.

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Repetidas veces considero detenerme y dar por terminada la jornada, pero cada kilómetro que pasa me motiva a seguir a pesar de que cada vez me cuesta más trabajo avanzar, al grado de que presiento que si me detengo a descansar no seré capaz de andar de nuevo. No suelo pedalear en la oscuridad pero en ésta carretera he visto apenas dos carros en varias horas, así que me siento en confianza. Para cuando por fin diviso las luces de Bahía de los Ángeles, el sol ya se metió y estoy pedaleando con mi luz frontal encendida.

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En Bahía tengo a una persona que me va a hospedar (yo prefiero decir "a quien voy a visitar"), pero le dije que llegaría hasta mañana, además de que ya es noche y no quiero molestarla, así que pregunto a un local dónde está el hotel más barato y me dirige a la Casa Díaz. $300 pesos por la noche, eso el presupuesto de tres días (Nota: el hospedaje en Baja Norte es relativamente caro comparado con otras partes del país. Éste precio es en general lo más barato que hay). Pero no me importa: llevo seis días pedaleando diario y no me he bañado, además de que estoy destrozado físicamente y no me quedan ganas de buscar un lugar para acampar. También tomo en cuenta que es la primera vez que pago por hospedaje en seis semanas que llevo viajando, así que supongo no está tan mal. El velocímetro marca 173 kilómetros recorridos en el día, un nuevo récord personal. Tras un largo baño con agua caliente donde le di muy buen trato a mis piernas como agradecimiento, mi cuerpo se relaja al punto de apagarse, dejando la luz encendida y la cena a medio terminar.

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La mañana siguiente me veo con Marisol, mi host de Couchsurfing. Junto con sus amigos Juan y Cristina prepara unos ostiones a la parrilla, que es algo así como el equivalente a la carne asada en Sonora.

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De izquierda a derecha: Mari, Juan, y Cristina.

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El día deja ver lo que anoche no pude: Bahía de los Ángeles es una comunidad de alrededor de 600 habitantes, de una sola calle pavimentada, dedicada a la pesca y al turismo (si quieres ver al tiburón ballena, éste es el lugar adecuado). Está en una línea recta de 90 km en la costa opuesta a Hermosillo (la ciudad donde vivo), así que abundan las bromas respecto a lo fácil que hubiera sido cruzar el Mar de Cortés en tres horas en lancha, en vez de hacer seis semanas en bicicleta. Está tan cerca, que en noches de poca bruma desde aquí se alcanza a ver el halo de luz de Hermosillo.

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Bahía de los Ángeles visto desde el faro. El pueblo completo es más o menos el doble de lo que se ve en esta foto.



Mari estudió comunicación y trabaja en la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) y entre otras cosas, documenta con su cámara la vida marina local. Así que no pude aterrizar en mejor suelo para realmente conocer éste lugar.

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El faro de Bahía de los Ángeles, y Mari atacando con su cámara.



Como en varios (aunque podría decir "todos") de los pueblos pesqueros a los que he llegado en ésta ruta, existe un fuerte problema de drogas, relacionados particularmente al cristal, al cual por ésta región llaman "shuky" (y "shukero" al consumidor). Hasta hace algunos años, Bahía era conocido como un punto de tránsito de las drogas que van con rumbo a los EEUU, pero con la pavimentación del acceso al lugar ésto parece haberse reducido. Sin embargo, el pueblo se mantiene tranquilo, entre otros factores, debido a que por haber tan pocos habitantes, todos se conocen y es difícil que algo suceda sin que todos se enteren. Ésto implica también que todos saben a qué se dedica cada persona del lugar, por lo cual los operativos de la policía son, pues, puro trámite, por decirlo así. Sumando que además gran parte del ingreso proviene del turismo (pesca deportiva y avistamiento de ballenas), Bahía de los Ángeles es tan seguro como el patio de tu casa, si no es que más.
Mis días en Bahía de los Ángeles transcurren entre escribir los relatos anteriores y conversar con los locales, tanto gente en la pesca como miembros de las instituciones que protegen la vida marina de la región (la CONANP y ProNatura). No sucede nada “extremo”, si lo comparamos con el capítulo anterior, sólo un Dani conviviendo y aprendiendo lo más posible de sus nuevos amigos, un grupo de personas maravillosamente hospitalarias y a quienes recuerdo con mucho cariño, así que dejaré que las fotos hablen por mi.

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La vista desde el porche de la casa de Mari. No es difícil saber por qué me quedé tanto tiempo aquí.

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Playa "La Gringa", a unos kilómetros al sur de Bahía.

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Anochece en Bahía de los Ángeles. También visto desde la casa de Mari.

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Isla Coronado, una de tantas islas que son visibles desde la costa. Tengo entendido que ésta solía ser un volcán hace un par de años.

Una tarde me doy cuenta de que la gente me saluda cuando me ve por la calle, de que ya voy y visito gente a sus casas, que adopto la rutina de “bajar” (ir a la calle principal) cuando atardece para colgarse del Internet de la farmacia y tomar la cerveza vespertina, de que ya no me pierdo tanto cuando hablan de especies marinas, pero sobre todo, de que he adoptado el bronceado local, producto del uso diario de shorts y sandalias. Saco cuentas: llevo una semana y media en éste lugar. Creo que es hora de salir de aquí. Mi plan original de continuar hacia el sur por una ruta de terracería se ve cambiado por dos factores: la tendencia de mi rin trasero a quebrar rayos, y la tendencia de las víboras de salir en ésta época del año. Cristian, biólogo y conocedor de la fauna local que trabaja en ProNatura, me advierte que es en éste mes cuando las víboras bajan de los cerros a donde van a pasar el invierno, que esa zona está plagada de ellas y que salen a buscar comida al atardecer (que es cuando yo empiezo a buscar dónde dormir), además de que la terracería es muy agresiva, básicamente piedras sobre piedras. Así que aprovecho que Cristian tiene un asunto que atender en Guerrero Negro y mi bici y yo nos vamos con él, porque no se me antoja para nada volver sobre la carretera que ya recorrí. De esta manera, atrás queda Baja Norte, y comienza la segunda mitad de ésta gigante semi-isla:

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Donde gracias a mi querida colega Cristina Spinola (quien lleva más de dos años en el camino y a quien puedes seguir en www.solaenbici.com) me espera una familia que la hospedó a ella cuando pasó por aquí el año pasado. Comienza así una nueva etapa, “la parte bonita”, me dijeron varios en Baja Norte. Pero si ya quedé fascinado con todo lo que he visto, ¿qué me espera en lo que sigue?

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Uno de muchos murales en Guerrero Negro.

lunes, 9 de mayo de 2016

Las Pintas, o "Mi encuentro conmigo en el Valle de los Cirios" (13/Abril - 15/Abril)

(éste capítulo es la inmediata continuación del anterior, que puedes leer aquí)

El camino no es fácil, y mi pobre bici y mi trasero hacen equipo para reclamarme por traerlos rebote y rebote.

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Pero entre más me adentro, aparecen paisajes más extraños. Me siento como un monito dentro de una maqueta.

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Subo y bajo, entre unas plantas chaparritas que parecen una alfombra roja extendida para la ocasión.

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De pronto el paisaje cambia. Aparecen cardones (primos bajacalifornianos de los sahuaros) y cirios alternadamente, incluso mosquitos empiezan a volar en mi cara, haciendo más difícil el maniobrar decidiendo entre cual piedra me hará brincar menos.

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Tras casi cuatro horas de terracería, a lo lejos aparece una abertura en el suelo y lo que parece una serie de casitas. El velocímetro marca los 30 km recorridos desde la desviación, así que debe ser el ejido.

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Y a la derecha, el rancho frente al cual tengo entendido está la desviación hacia Las Pintas, El Malbar (en los mapas aparece con V, Malvar). Aunque se ve abandonado, decido probar y digo ‘buenas tardes’ en voz alta.

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Pero nadie contesta. Decido entonces dirigirme al ejido y ver si hay alguien que me pueda dar más información sobre Las Pintas, de las cuales sólo tengo la ubicación en el Google maps en mi celular, pero no una ruta para llegar. Avanzo unos kilómetros y llego al ejido Abelardo L. Rodríguez. La condición de las construcciones me hace pensar que tal vez tampoco estén habitadas...

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Y aunque no parecen muy acondicionadas para vivir en ellas permanentemente, las considero como posible refugio para mí, cuando llegue el momento más tarde.

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También hay una escuela primaria federal. Dos aulas, que si yo fuera niño local no se me antojaría ni tantito ir a clases ahí.

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Incluso hay un cráneo. Mientras me acerco para verlo, mi imaginación, que desde hace rato ya está muy ocupada, me envía la mala broma de decir ‘¿imagínate que fuera humano?’. Le respondo que no me parece gracioso en absoluto. Afortunadamente (creo) resulta ser de algún animal, probablemente un bovino pequeño.

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Para sumarle a lo extraño del lugar, hay un...¿baño? Aunque yo ya había hecho mis asuntos en la mañana, me acerco y sí, hay una letrina aquí, al aire libre, a unos metros del camino. Por supuesto que levanto la tapa, el gato no es el único que ha muerto por curiosidad. Tiene hoyo y todo, aunque no despide olores, lo cual me hace pensar que lleva tiempo sin ser usada. Menos mal. ¿O menos bien?

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Una construcción llama mi atención. Esta pintada y, a diferencia de las demás, sus paredes parecen estar completas. Camino hacia ella y noto también un cerco en buen estado.

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Además de figuras en el suelo hechas con piedras, que me recuerdan a las de Nazca, en Perú.

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Me acerco, pero no tanto. Un letrero me advierte que mantenga distancia.

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Al igual que en el Malbar, digo ‘buenas tardes’ en voz alta, pero también, nadie responde. Ni siquiera sale el perro bravo del letrero. Durante unos minutos miro a mi alrededor, analizo mi situación y me doy cuenta de que estoy en lo que pudiera ser un pueblo fantasma, abandonado a su suerte por sus previos habitantes. Y no he visto ningún vehículo desde que tomé la desviación. Me invade un sentimiento extraño, una mezcla de colores rojos y cafés, algo como emoción, intriga, felicidad. Pienso en las decenas de historias de terror/suspenso que he leído y las películas/series post apocalípticas que he visto y en cuán perfecto es este escenario para muchas de ellas. Pienso en que nunca había tenido un pueblo para mí solo y me divierte la idea de poder elegir la casa que quiera para pasar la noche. Hago un altavoz con mis manos, levanto la cara hacia el cielo y grito un largo ‘HOOOOOOOOOOOOOLAAAAAAAAAAAAAA’, dirigido a nadie en particular. Al bajar la vista, a lo lejos, aparece una flaca y alargada silueta humana...


Vaya cúmulo repentino de emociones. Primero el creerme solo en este lugar, después ver aparecer esta figura, caminando hacia mi con su sombrero de ala ancha, como de vietnamita. Lo mejor que se me ocurre hacer es tomar dos naranjas, una para mí y una para él, y acercarme.  Se me ocurre que el ofrecer comida al saludar tal vez sea signo de que vengo en paz. ¡Buenas tardes!, le digo, mientras pienso que si esta vez no recibo respuesta, algo debe de estar mal conmigo.

Pero afortunadamente sí me responde. Nos damos la mano, le ofrezco la naranja, y le digo el motivo de mi presencia en ese lugar y el medio de transporte que utilizo. Mientras cada uno come su respectiva naranja me dice que sí, que las pinturas están cerca y que él conoce la ruta, y me confirma que la casa del anuncio del perro es la suya. Detrás de él empiezan a llegar unos 50 chivos y borregos, quienes solitos se dirigen al corral que yo antes vi vacío. A sugerencia de él, nosotros también nos dirigimos a la casa.

Entramos al porche y se quita el sombrero. Aparece un rostro blanco pero tostado por el sol, rapado y de barba sorprendentemente arreglada. Viste un pantalón de mezclilla y una playera. Me sorprende también lo joven que se ve, ¿unos 40 años? No es la edad que esperaría de alguien que vive solo, en medio de la nada. Le acompaña Vaquera quien, al contrario del letrero, no es para nada brava y huele mis piernas con interés, como averiguando de dónde vengo, y después me saluda con sus dos patas delanteras y moviendo la cola. Yo le respondo moviendo la mía.

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El hombre me pregunta si me gusta el caldo de pollo. Yo le digo que amo los caldos. En poco tiempo estamos dentro de su casa, compartiendo mesa, comida y conversación, y ni siquiera hemos intercambiado nuestros nombres. De todos modos no hay nadie más a quién dirigirse en este pueblo ya no tan fantasma, así que pasamos a lo que sí importa: platicar, platicar y platicar. Ya noche me ofrece un cuarto y él ocupa un camper, y nos deseamos buenas noches tras, ahora sí, revelar nuestros respectivos nombres.

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Antonio me platica más cosas de las que puedo contar en este relato. Para que te formes una imagen de él (porque no le tomé foto), es lo que en inglés llamarían un “O. G.”, un old gangsta. “Pero no soy un cholo cualquiera”, dice él mismo. Tiene 47 años y es descendiente de las personas que fundaron la moderna Baja California, lo cual explica su aspecto físico. Le gusta leer historia y revistas de divulgación científica, de las cuales tiene una amplia colección. Es actualmente el único habitante permanente del ejido Abelardo L. Rodríguez, ya que sus vecinos se fueron a El Rosario “a ver televisión”, según me cuenta él, mitad en broma mitad en serio.

Entre más hablamos me doy cuenta y medio me divierte y medio me asusta la similitud física y de ideas que tengo con este personaje. Delgado, alto, rapado y barba, aunque él es blanco. De poco apego a lo material, sin hijos ni pareja pero sí con perra que le ladre, habla en tono burlón de quienes han cambiado una vida austera pero tranquila por la agitada carrera tras el dinero y el arrullo del televisor encendido. Maneja el inglés por sus años en los Yunáired Stéits pero desprecia al gringo por expoliar la tierra de la cual él no se siente dueño sino parte. Sin credo religioso aparente, su pantorrilla derecha revela un tatuaje con símbolos de los nativos californianos, y me muestra dentro de un libro que habla de pinturas rupestres de las Californias cuál es el próximo que se quiere hacer. Le habla a los animales con quienes convive, imitando a su manera los sonidos que ellos hacen. “Memé” a los borregos. “Cuacuá” a la parejita de patos. “Ka-ká” al cuervo que aterriza de pronto y que Antonio dice que a veces viene a visitarlo (a mi me llama la atención que es el único al que he visto y vería en mis días en este lugar). Antonio junta su frente con la del mayor de los chivos y juegan a empujarse, y por supuesto que el chivo gana. Cuando se separan, el chivo golpea el aire con su pata delantera y se pone en posición de nuevo. Parece que disfruta éste juego en el que siempre vence.

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Yo despierto a las 6:30 am y Antonio entra a la casa con finta de que lleva rato despierto y activo, lo cual contrasta con mi voz aún ronca y ojos a medio abrir. Desayunamos y me da instrucciones para llegar a Las Pintas, dice que le gustaría ir pero sus animales requieren de su atención. Diario debe sacar a los chivos y borregos al monte para que coman, y no comen poco. “Al cabo casi no hay pierde”, me dice. “Casi”, repito yo. Me cargo con dos litros de agua, dos naranjas, y monto la bici, a la cual he liberado del equipaje. Por fin ha llegado el momento de ver las al parecer no tan famosas pinturas rupestres.

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El camino inicia fácil, pedaleable y bien definido.

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Pero no tarda mucho en complicarse. Empiezo a consultar el mapa para seguir el camino más directo posible.

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Y el desierto decide darle un poco de sabor a la búsqueda.

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Afortunadamente no atraviesa ni mis zapatos ni los de mi bici, aunque casi lo hace. Cerca de aquí decido acostar a Libélula bajo una sombra y continuar mi búsqueda a pie. Y qué bueno, porque paso las siguientes dos horas subiendo y bajando cerros, zigzagueando entre variedad de paisajes del desierto.

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Y saludando a sus habitantes.

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Y a una lata de cerveza, que vaya dios a saber cómo mierdas llegó aquí. Pocas cosas arruinan un momento tan especial, tan en contacto con la naturaleza, donde uno se cree tan pionero explorador de los últimos rincones remotos del mundo, como el encontrar basura. Y le digo al responsable: si tuviste las fuerzas de cargar hasta aquí una lata llena, has el chingado favor de llevártela también ya que está vacía.

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El caso es que después de mucho caminar ayudado por el mapa en mi celular aparece ante mí un muro de piedra, donde pienso que podrían estar las pinturas. La verdad es que no tengo idea de qué es lo que estoy buscando, no sé cómo se ven y la única pista que tengo es que están entre dos cerros, y pues, por aquí hay muchos cerros. Un poco más adelante distingo una piedra con una mancha roja. El corazón me da un brinco.

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¿Alguna vez se te volvió realidad aquella frase de “Cuidado con lo que buscas, porque podrías encontrarlo”? Pues aquí me pasó a mi. Me acerco a la pared pero una parte de mi siente un golpe de miedo, mientras repaso lo que he leído en el libro de Antonio: los nativos californianos, y más específicamente sus shamanes, hacían estas pinturas en lugares considerados sagrados, y las hacían para que perduraran en el tiempo. Tras un sueño provocado por un estado alterado de la mente, al cual se podía llegar por distintos métodos (ingesta de tabaco o ‘jimsonweed’, ayuno extenso, picaduras múltiples de insectos o incluso soledad prolongada), al despertar, el shaman debía inmediatamente recordar y pintar lo que había visto en el sueño (si no se acordaba significaba que algo andaba mal). Generalmente, estas pinturas sólo debían ser vistas por el shaman que las hizo y si acaso su aprendiz, por eso las hacían en lugares escondidos o remotos. Si alguien no capacitado las veía, podía caer enfermo, morir, y quién sabe qué otros males que hacen que las consecuencias de romper un espejo no parezcan tan malas después de todo.

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Los shamanes tenían un animal guía al cual solían consultar en sueños, por esto, coyotes, lobos, serpientes, tortugas, venados y otros animales regionales son figura común en las pinturas encontradas en la Alta y las Bajas Californias. (NOTA: yo no sé lo que está representado en estas pinturas en específico, pero las presento para ilustrar al lector. Si alguien tiene más información le agradezco me la comparta, o si alguien quiere el set completo de fotos para fines de estudio también se las puedo compartir).

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Según en libro de Antonio, en esta parte del mural podríamos estar frente a la representación de un coyote (la L invertida con líneas atravesadas en el centro de la imagen) y una serpiente (la figura en zigzag de abajo), pero hay muchas figuras más, aunque difíciles de distinguir.

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A la izquierda hay una tipo cueva, cubierta su entrada por plantas. Me paro ante ella, y repaso: los nativos consideraban que las topografías salientes, como las montañas, eran el lado masculino de la Tierra, y que las entrantes, como las cuevas, eran el lado femenino (es fácil imaginar por qué). Los shamanes utilizaban las cuevas como un acceso a la tierra, un volver al útero materno, al estado del ser antes de nacer, y ahí realizar sus rituales.

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Hago las plantas a un lado y me asomo, expectante. Pero no veo algo, al menos con mis ignorantes ojos, que evidencie actividad humana milenaria en este lugar. La mancha roja del lado izquierdo me recuerda a una foto de una pintura en California que vi en el libro de Antonio, donde la menstruación es representada con una cascada roja saliendo de un hoyo en una piedra. Y este agujero está bastante vaginoforme... ¿O quizá los agujeros en las piedras de arriba? Disculpe el lector la ignorancia de su relator. Imaginando que aquí pudo haber estado un shaman hecho bolita en el suelo padeciendo de alucinaciones, salgo de la cueva.

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A mi derecha las piedras continúan. Distingo más figuras y me acerco (juro que no las toqué).

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Muchos patrones repetitivos. En una piedra parece que el shaman estaba particularmente inspirado.

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Esta fue mi favorita y pasé mucho tiempo mirándola, imaginando montón de cosas y pensando, como Antonio, en mi próximo tatuaje. Detalle de la misma piedra:

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Y de pronto, en el suelo, lo que parece un artefacto de cocina olvidado por los antiguos habitantes de estas tierras:

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Oh, espera, no...es una maruchan. Quiero decir muchas groserías pero por no profanar el suelo que piso, respiro y me contengo. Pero ahora que no estoy ahí ya puedo decir que se me ocurre que la dejó el mismo que dejó la lata de cerveza que llevo rato cargando en la bolsa trasera de mi jersey y que le sugiero use su recto como basurero en vez del bello desierto que no tiene culpa de sus cochinos hábitos.

Conforme avanzo veo más rocas pintadas. Las figuras se repiten, además noto que la mayoría de las pinturas están de cara al oeste. De nuevo repaso lo recién leído: se cree que, por ser producto de sueños, la mayoría de las pinturas debieron ser hechas cerca del amanecer, después de que el shaman despertara de su trance. Con ello, estas pinturas pudieron haber sido hechas mientras el sol estaba detrás de ellas, apenas saliendo, pero quedan bien iluminadas desde antes de mediodía y hasta que el sol se mete. Entro a lo que parece un cañón.

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Y más pinturas. Llego a la conclusión de que estos shamanes tenían sueños muy locos.

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Las pinturas de esta parte están vandalizadas, un tal Juan y un tal Rafael, entre otras firmas que vi, decidieron hacer su contribución al ancestral arte, poniendo sus nombres en las rocas. Les deseé lo mismo que al de la lata de cerveza y la maruchan.

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Pero luego no pude evitarlo y dejé mi firma también.

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(No es cierto, eso ya estaba ahí cuando llegué).

Y así me entero de que esta es la entrada a Las Pintas, y que por donde yo llegué es más bien la salida. La ventaja es que si hubiera llegado por aquí, seguramente no hubiera ido mucho más allá y me hubiera perdido de bastante, así que me pongo feliz de haberme equivocado de entrada.

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Desde aquí hasta mi bici sólo caminé 45 minutos, contrario a las dos horas que me tomó de mi bici a las primeras pinturas que vi. Libélula me esperaba descansando bajo el árbol.

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Contento y con mil cosas en la cabeza, vuelvo a la casa. Al llegar la encuentro vacía de seres vivos. Mi imaginación juega de nuevo a inventar historias, pero al cabo de una hora, el pastor y sus ovejas aparecen de nuevo. Le digo a mi imaginación: “¿Ves? Te dije que eran reales.” Antonio me pregunta cómo me fue, mi respuesta inicia con una sonrisa, y comienza una plática que termina hasta bien pasado el atardecer.

A la mañana siguiente, a sugerencia de Antonio, tomo un raite para volver a la carretera. Cerca de aquí hay un lugar donde extraen piedra (como las de la foto de la araña en el suelo) para venderla en los EEUU, así que Antonio detiene a uno de los trabajadores del lugar que se dirige a El Rosario y le pide de favor que me lleve. Me despido del cholo retirado y le regalo la placa de Sonora que vengo cargando desde Puerto Peñasco, que tanto le gustó desde que llegué. Antonio no tiene email ni celular, pero me da la tarjeta de un primo de él que tiene un taller mecánico en el Otro lado y me pide que a él le mande las fotos de las pintas, y que algún día cuando su primo lo visite se las llevará.

Y así, en menos de una hora cubrimos lo que a mí me tomó cuatro. Les agradezco el favor a los tres chiapanecos y al michoacano y estoy de vuelta en la carretera. Mientras me alejo pedaleando siento que Las Pintas fue un mero pretexto y no el motivo para venir aquí. Mi verdadera intención era encontrarme con Antonio; mi propósito, visitar a un amigo, que no sabía que tenía.

Creo que el largo trecho de desierto ya empieza a afectarme. Y apenas llevo 50 kilómetros en él...

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